En Bizkaia la política suele amanecer como una marea baja: uno cree que todo ha cambiado durante la noche, pero al bajar a la playa descubre las mismas rocas de siempre, brillando con otro ángulo de luz. La noticia dice que la Diputación foral ha encargado a Ikerfel un estudio de tendencias electorales, 3.002 entrevistas telefónicas, una cifra que suena a multitud ordenada, a coro doméstico, y que el resultado es previsible como el canto del gallo: el PNV volvería a ganar, incluso con uno o dos escaños más. Nada nuevo bajo el sirimiri. Eso sí, seguirá necesitando apoyos, como quien gana una partida de mus pero no puede pagar el café solo.
Las encuestas tienen algo de confesionario laico. El ciudadano descuelga el teléfono, se aparta un momento de la cazuela o del partido en la televisión y, con voz anónima, dice lo que piensa o lo que cree que debería pensar. A veces no responde por convicción, sino por inercia, como quien marca la misma parada en el metro desde hace treinta años. El PNV, en ese sentido, es una costumbre bien planchada: no promete abracadabras, pero abriga; no promete aventuras, pero garantiza que el tejado no se caerá durante la tormenta.
Que gane con uno o dos escaños más no es una victoria épica, sino doméstica. Es el triunfo del orden sobre el ruido, del gestor sobre el profeta. En Bizkaia se vota muchas veces como se elige panadería: no por el pan revolucionario, sino por el que siempre sale caliente a la misma hora. Sin embargo, la encuesta también recuerda algo esencial: el PNV no gobierna solo ni siquiera cuando gana. Necesita apoyos, es decir, necesita negociar, pactar, escuchar a quienes no llevan su txapela. Ahí está el verdadero dato político, escondido entre porcentajes y horquillas: la soledad es imposible incluso para el vencedor. El poder, como el amor maduro, se sostiene a base de concesiones. La aritmética parlamentaria se parece cada vez más a una mesa de Nochebuena, donde nadie se levanta satisfecho del todo, pero todos aceptan quedarse porque hace frío.
Es la propia Diputación la que encarga el estudio, como quien se mira al espejo antes de salir a la calle para comprobar si el traje sigue sentando bien. Hay algo de narcisismo institucional en esa pulsión por saber, pero también una inseguridad comprensible: los tiempos cambian, los votantes envejecen o se cansan, y las certezas se vuelven frágiles como copas de cristal fino. Veremos.