Editorial

Cuentas y relatos

13.11.2020 | 00:44

Desbastar la herramienta presupuestaria de restos doctrinarios que además repercutirían en su eficacia es condición indispensable que debería haber sido previa al diálogo sobre el empleo concreto de la misma

LA segunda jornada del debate sobre el proyecto de presupuestos del Gobierno de Pedro Sánchez no solo sirvió para el previsto rechazo a las enmiendas a la totalidad que da vía a la negociación de las modificaciones pertinentes y la suma, en su caso, del apoyo que exige su aprobación. También reveló un nítido contraste entre modos de la práctica política. Por un lado, el de quienes la fundamentan en hipotéticos principios ideológicos irrenunciables que condicionan la opinión sobre los presupuestos pese a que poco tienen que ver con el pragmatismo necesario en estos, el de quienes anteponen el relato a las cuentas. Por otro, el de quienes ven en la aprobación del capítulo presupuestario el mecanismo, siquiera inicial pero imprescindible en tiempos de pandemia y crisis, para dotar a la sociedad de los instrumentos necesarios para sortear ambas e iniciar una transformación. Que la resistencia al acuerdo de la derecha española se apuntala con el empecinamiento en el relato es más que notorio ya que la excusa ideológica copa toda su argumentación. Y también resulta obvio el interés particular de quienes anuncian sin razón concreta su apoyo a unas cuentas alejadas, cuando no opuestas, de las teorías socioeconómicas y la práctica política que han defendido por décadas. Quizá sea, sin embargo, menos evidente la pretensión gubernamental, que se antoja consciente y por tanto no exenta de ideología, de emplear los presupuestos –y la distribución de los fondos europeos que incluyen– como horma en la que moldear la relación del Estado con las CC.AA., obviando que esta ni es ni puede ser homogénea; en el caso de Euskadi, que está previamente acordada como bilateral además de sujeta en numerosas materias, entre la que no es precisamente la menor la fiscalidad y su concertación, a las condiciones expresas del Estatuto y el Concierto. Superar esa desviación, esmerilar la herramienta presupuestaria hasta desbastarla de restos doctrinarios que además pueden repercutir en su eficacia, es condición indispensable y que debería haber sido incluso previa al diálogo sobre los empleos concretos de la misma siquiera para no minar confianzas. Y, superado el trámite de las enmiendas a la totalidad, es asimismo una urgencia si de verdad las cuentas se consideran el principal útil de la política para enfrentar la compleja situación sanitaria y socioeconómica y no otro pertrecho en el enfrentamiento entre relatos.