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El hantavirus: Europa ante el espejo sanitario

La crisis del hantavirus que ha obligado a activar mecanismos de coordinación internacional entre varios Estados europeos, la Organización Mundial de la Salud y las autoridades sanitarias nacionales vuelve a demostrar que las amenazas sanitarias ya no entienden de fronteras ni de competencias administrativas fragmentadas. Lo ocurrido en el buque MV Hondius ha puesto sobre la mesa una realidad incómoda para la Unión Europea: mientras los riesgos epidemiológicos son cada vez más globales, la capacidad política y operativa de respuesta sigue dependiendo en gran medida de estructuras nacionales desiguales. Europa ha avanzado mucho en materia económica, comercial o monetaria, pero continúa construyendo lentamente una verdadera política sanitaria común. Y cada nueva crisis revela con crudeza las consecuencias de esa carencia estructural.

EL APRENDIZAJE DE LA COVID-19

La Unión Europea ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para integrar mercados, coordinar políticas monetarias o construir marcos regulatorios comunes extremadamente complejos. Sin embargo, cuando se trata de salud pública, el proyecto europeo continúa funcionando bajo una lógica fragmentada y dependiente casi exclusivamente de las capacidades nacionales. La Covid-19 obligó a improvisar mecanismos de cooperación inéditos, desde compras conjuntas de vacunas hasta sistemas compartidos de vigilancia epidemiológica. Aquella crisis abrió incluso el debate sobre la autonomía estratégica sanitaria europea y sobre la necesidad de reforzar agencias como el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades. Pero una vez desaparecida la urgencia política y mediática, muchos de aquellos debates quedaron congelados entre desacuerdos presupuestarios y resistencias competenciales de los Estados miembros. El hantavirus vuelve ahora a recordar que los virus no esperan a que Bruselas termine sus discusiones institucionales.

LA EUROPA DE LA SALUD

La llamada Europa de la Salud no debería entenderse únicamente como una estructura de respuesta ante epidemias o emergencias sanitarias. El desafío es mucho más amplio y afecta a la propia capacidad estratégica de la Unión Europea para proteger a sus ciudadanos en un escenario internacional cada vez más incierto. Europa necesita reforzar su capacidad de producción farmacéutica, reducir dependencias exteriores en medicamentos esenciales, coordinar reservas estratégicas y garantizar sistemas de información sanitaria interoperables entre los distintos Estados miembros. También necesita protocolos comunes de actuación rápida y mecanismos permanentes de coordinación capaces de actuar con agilidad cuando aparecen amenazas sanitarias inesperadas. Porque en una Unión Europea basada precisamente en la libre circulación, cualquier debilidad nacional termina convirtiéndose inevitablemente en una vulnerabilidad colectiva. La salud pública ya no es solo una cuestión asistencial. Es también política industrial, seguridad estratégica y estabilidad económica.

PROTECCIÓN CONTRA AMENAZAS

La crisis actual probablemente quedará contenida y terminará desapareciendo rápidamente de la agenda pública europea. Pero precisamente ahí reside uno de los principales errores de la Unión Europea en los últimos años: olvidar demasiado deprisa las lecciones que dejan las crisis. La integración europea siempre ha avanzado empujada por situaciones límite que obligaban a tomar decisiones que antes parecían imposibles. Ocurrió con la moneda única, con la política financiera y con los mecanismos de recuperación económica tras la pandemia. La salud debería ser ahora el siguiente gran paso político del proyecto comunitario. Porque los ciudadanos europeos no medirán la utilidad de Europa únicamente por su capacidad regulatoria o económica, sino por algo mucho más básico y decisivo: su capacidad real para protegerles frente a amenazas que ningún Estado puede afrontar ya completamente solo.