Rojo sobre blanco

Solo defrauda el resultado

Para hacerse una idea de cuál es la mentalidad, basta fijarse en cómo ejecuta el Athletic los saques de banda: balón en corto y volea, sin remilgos

26.09.2021 | 01:13
Berenguer intenta llevarse el balón ante Lato.

EL partido no defraudó en absoluto. El resultado, pues sí, claro, cómo no cuando se escurren dos puntos en el añadido ante un rival que disputó en inferioridad numérica el cuarto de hora final. La cuestión a dilucidar es si es posible defender ambas valoraciones, la relativa al desarrollo del partido y la que se refiere al marcador, sin contradecirse. La respuesta es afirmativa. Y el argumento para sostener esa aparente paradoja se fundamenta en que lo visto en Mestalla es justo aquello que se preveía, la plasmación descarnada, sin aditivos ni disimulos ni trucos, de lo que hoy son el Valencia y el Athletic. Quien esperase otro tipo de función, una de dos: o no conoce a los equipos de Bordalás y Marcelino o cree en los milagros.

Las mejores imágenes del Valencia - Athletic. Fotos: EFE y AFP

Escribir en la previa publicada en estas páginas que se avecinaba una guerra de guerrillas, con una preponderancia suprema del esfuerzo físico y mínimas concesiones a la fabricación de acciones con más de cuatro pases trazados correctamente a su destino, era un vaticinio infalible. Se utilizó la figura (nada poética) de dos piedras que chocan, que rozan, que se golpean mutuamente las veces que haga falta y que pudiera darse el caso de que como consecuencia de tanta fricción saltase una chispa, el gol que liquidase la contienda. Lo único que falló en la predicción es que fueron dos los goles que subieron al marcador y esta circunstancia, que se estimaba poco probable, trajo un reparto de puntos.

Insulso desenlace porque cada uno ya tenía un punto cuando empezó la batalla, igual que al término de la misma, después de que los actores se dejasen la piel sobre el escenario. No obstante, sería ridículo negar que desde la perspectiva del Athletic esa igualada adquiere la traza de una penitencia, de una factura que abona por interpretar su papel, el que el director le solicita, sin la suficiente eficacia. Si hay que desenvolverse como este Athletic propone, entonces es imperdonable que el Valencia no se vaya de vacío a la ducha.

Pudo haber ocurrido que el cabezazo de Iñigo Martínez dictara el signo del encuentro. De hecho, así debería haber sido. Los entrenadores no buscaban algo distinto a eso, adelantarse en algún momento, el chispazo, y aguantar la ventaja. Y cierto es que el Athletic acarició tal posibilidad, acertó (de nuevo a través de la estrategia) cuando el cansancio era evidente en ambos bandos, después de que los protagonistas se metieran una pechada curiosa moviéndose a un ritmo de locos. Porque jugar así al fútbol es una locura. De acuerdo que, sin duda, es asimismo un ejemplo práctico de aplicación máxima de los jugadores, de entrega sin reservas y de carácter; pero además de la voluntad que destilan es una renuncia a utilizar gran parte de la variada gama de recursos que ofrece este deporte para intentar ganar. Esto último, a tenor de lo ofrecido por los rojiblancos desde el inicio de liga, solo puede pensarse que está perfectamente asumido.

Valencia y Athletic están moldeados para evitar concesiones, en su estilo no hay cabida para combinar en terreno propio y en el ajeno las oportunidades en que se intenta son esporádicas. La consigna es que corran las piernas, no el balón, entendiendo por correr moverse a ras de césped. Prefieren que el balón vaya por el aire y no preocupa demasiado que lo reciba en condiciones un compañero. Con tal de ganar metros, con tal de alejarlo de su área y acercarlo a la del otro, está bien. El monumento a la imprecisión que resulta de otorgar un trato tan desconsiderado al pelotón se subsana con casta, físico, constancia y fe. Para hacerse una idea de cuál es la mentalidad, basta fijarse en cómo ejecuta el Athletic la mitad de sus saques de banda: ponen el balón en corto para enganchar una volea hacia adelante, sin remilgos.

El asunto va de perseguir envíos imposibles y rivales, impedir que maniobren con una presión que solo cede si se enciende el chivato del depósito o surge el miedo a perder. En tales supuestos, repliegue en bloque, como el que siguió al 0-1. El espectáculo se completa con una copiosa ración de faltas e interrupciones que dificulta que un equipo logre gobernar con criterio siquiera una fase del partido con la posesión, la pausa, la combinación, la elaboración. Podía añadirse el buen gusto, el ingenio,... En fin, estamos advertidos, así que no pudo defraudar, salvo por el resultado.

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