Rojo sobre blanco

El mejor

26.11.2020 | 00:31
El rostro de Maradona, en la feria del libro de Fráncfort, el pasado mes de octubre.

eN el juicio implacable que persiguió a Maradona desde su aterrizaje en Europa hasta el final, fue muy común el afán por diferenciar al futbolista de la persona. Error. Su grandeza en el campo solo puede calibrarse a partir de sus flaquezas como ser humano, las que le han hecho abandonar este mundo a una edad impropia.

En el atractivo debate para elegir al mejor jugador de la historia, ocupa un lugar preferente al lado de los Matthaus, Di Stéfano, Pelé, Beckenbauer, Cruyff o Messi, sin que se haya alcanzado un consenso. Una primera pega nace de comparar épocas distintas en un juego en constante evolución, algo improcedente. Por otra parte, cómo abstraerse de la carga de subjetividad que el fútbol lleva aparejada. Quizá lo que definitivamente impide una decisión rigurosa sea la inexistencia de documentación visual referida a buena parte del siglo anterior. Los candidatos nacidos más tarde salen muy beneficiados gracias a la sobreexposición televisiva del fútbol en las últimas décadas. Maradona entraría en este grupo, igual que Messi.

En el duelo de este par de argentinos (descartado por los motivos expuestos un tercero, Di Stéfano), la opinión general tiende a inclinarse por Messi. Modelo de regularidad certificado por títulos y galardones individuales, Messi representa de algún modo la antítesis de Maradona justamente por su perfil apocado y una vida social discretísima que contrasta con el protagonismo estelar que rezuma vestido de corto. Messi es una estrella del fútbol y punto; Maradona fue estrella en el fútbol y además gozó de una proyección social que acaso cueste entender, pero que nadie osaría cuestionar. La devoción que Maradona despierta en su país y en Nápoles es un fenómeno único, al que Messi jamás podrá aspirar.

Messi enlaza tres lustros deleitando, pero es innegable que su éxito se circunscribe al confortable hábitat brindado por la sólida estructura de su club. Prueba de ello, que no le ha ido ni la mitad de bien en la selección argentina. En cambio, Maradona es amado por conducir a la gloria a su nación con el titulo en México 86 y el subcampeonato en Italia 90. Es venerado además por subvertir la jerarquía deportiva del calcio y devolver el orgullo a una región abandonada por la administración, despreciada por los habitantes del norte y el centro de Italia. Tras su fallido desembarco en el Barcelona, ingresó en un Nápoles que flirteaba con el descenso y lo impulsó a la conquista de cinco títulos, equiparándolo a los intratables Milan, Inter y Juventus.

Todo lo anterior coincidió con una etapa en que el fútbol desprotegía a los genios hasta extremos increíbles. Nada que ver con el circo de las mil cámaras y el maldito VAR por si algo se escapa. No era un conductor de la pelota al estilo de Messi, que sale intacto de muchos partidos, él era un saltador de obstáculos (piernas segadoras, suelas de tacos que impactaban en su cuerpo al menor descuido); era el saco de los golpes, los agarrones, las agresiones, pues en ausencia de ese maltrato consentido por los árbitros, resultaba imparable. Dan fe de ello, entre otros, los nobles defensas de Inglaterra que pasaron a la historia por encajar el denominado Gol del Siglo.



 

Contaba Valdano que solo cuidó su puesta a punto física de cara al Mundial que ganó. Jugó lesionado el siguiente y llegó a la final. Se entrenaba con los cordones sueltos, le molestaba sentir los pies apretados. Perezoso en el día a día, en el partido asumía toda la responsabilidad, consciente de su magia. Aún no se ha oído una mala palabra de los cientos de compañeros con los que compartió caseta y no será ahora que se ha ido, claro.

Maradona no necesita la baza laudatoria de la muerte para que se le considere el mejor.

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