¿Enseñanzas de un punto de inflexión?
Muchos y muchas han huido de la red social X despavoridos por la ciénaga negra y pútrida en que se ha convertido: un pozo negro en el que conviven muchos extremistas dogmáticos de la derecha más rancia con unos cuantos –menos– de una izquierda vetusta y fosilizada, ambas estancadas en la primera mitad del siglo pasado. El otro día quedé fascinado con un sujeto de ortodoxia estalinista envuelta en telarañas, que hacía todo un ejercicio de negación de las barbaridades del Holodomor y del Gulag. Hoy la negación del holocausto es delito. Por pura analogía, la negación de barbaridades de ese calibre debería estar penalizada siempre, eso sí, en su justa medida: pues no es lo mismo perpetrar un genocidio u otras barbaridades similares que negarlas. Las perpetren israelíes en Gaza, birmanos contra rohingyas o chinos contra uigures. Confieso mi activa alergia al dogmatismo, sea cual fuere su color.
Pero dicho eso, en ese charco de dogmas políticos extremos, me supuso todo un soplo de aire fresco la derrota de Orbán en Hungría. Básicamente por lo que supone de dogma llegado al extremo, derrotado por un ejercicio de razón. Y ese ejercicio de razón fue llevado a cabo tanto por opciones políticas de derecha como de izquierda en ese país. Porque, para conseguir el vuelco electoral, fue preciso superar obstáculos que no suelen existir en democracias al uso. Hungría tiene un régimen “antiliberal” –denominado así por el propio Orban– con una normativa electoral diseñada para su perpetuación, en el que su partido, el Fidesz, había conseguido dominar férreamente a buena parte de los resortes del poder, incluso económico y mediático, haciendo que el régimen derivara en otra cleptocracia más.
Creo que son varias las enseñanzas de lo ocurrido en las elecciones en Hungría.
La primera es que Orbán no sólo fue derrotado en una campaña electoral al uso, ni por un discurrir político nuevo, sino con la concepción de un movimiento social de base amplia y diversa, superando incluso las barreras ideológicas al uso. Por ejemplo, me extrañó que el nuevo parlamento no tuviera ni un solo diputado de izquierda, ni uno de muestra. Inicialmente pensé que acaso sería por la rémora que dejó la época soviética, y el otoño húngaro brutalmente aplastado con tanques rusos en 1956, así como la represión propia de toda la época soviética. Pero, aun así, me extrañaba que no hubiera ni un solo diputado de izquierda siquiera. Pero luego me enteré de que el Partido Socialista húngaro, y otros grupos de izquierda, directamente no se presentaron a las elecciones. Pero ¡ojo! No porque pensaran que no fueran a salir elegidos, sino para concentrar el voto y sortear así el mecanismo electoral establecido por el régimen de Orban para no perder nunca.
No creo que sea necesario llegar a esos extremos por estos lares, pero no pude evitar que me vinieran a la cabeza imágenes de interminables debates de los Monty Python sobre lo que los Romanos han hecho por nosotros. Y también el sentido común detrás de las propuestas de fusionarse en aquellos lugares en los que las matemáticas resultan positivas.
La segunda enseñanza está en lo fundamental que es que exista una prensa independiente. Los grandes medios eran todos calificables de prensa oficialista. Ni un atisbo de propaganda electoral de la oposición en los mismos. Tampoco en la calle, por cierto. Toda la propaganda electoral emitida o visible en cartelería trompeteaba las consignas de Orbán, que hablaba de todo un contubernio extranjero contra Hungría. Una de las consignas más fantasiosas iba de que Ucrania estaba a punto de invadir Hungría, como si no tuviera nada mejor que hacer frente a los drones rusos. Y los pocos medios de comunicación no vinculados a Orbán dejaron muy claro de dónde procedían las influencias extranjeras era a través de conversaciones filtradas entre los ministros de exteriores ruso y húngaro. Y como todo soplo de aire fresco en ambientes cerrados y cargados, aireó todas los rincones y estancias del país. Al conseguir el punto de inflexión, y al hacerlo así, puede que la oposición húngara haya puesto las semillas del cambio en la política de todo el mundo. Primero, en lo psicológico: se ha llevado directamente por delante esa especie de inevitabilidad fatalista de que las autocracias no sólo están destinadas a ganar, sino a mantenerse en el poder para siempre, por contar con el apoyo de eso que llaman el “pueblo de verdad”.
En segundo lugar, en lo simbólico: Orbán recibió el apoyo de lo mejorcito de su ala ideológica: Netanyahu, Marine Le Pen, Donald Trump, JD Vance, Alice Weidel y de otros líderes antiliberales de Argentina, Polonia, Eslovaquia, Brasil y más sitios. No es que no sirviera de nada, es que acaso incluso sirvió para desacreditar aún más a Orbán.
En tercer lugar, buena parte del electorado más joven del país votó por la inflexión. Eso contrasta con lo que viene a decir la demoscopia aquí. Los jóvenes cuestionan lo que perciben como “ortodoxia”, es verdad. Pero incluso la “antiortodoxia” acaba siendo ortodoxa. Los jóvenes no tienen un pelo de tontos. “Rusos ¡a casa!”, coreaban en un concierto de rock justo antes de las elecciones, igual que sus abuelos en 1956. Y eso que Putin no es de izquierdas.
En cuarto lugar, no debemos descorchar, en mi opinión, el champán aún. Volver a una democracia equipada con controles y contrapesos nunca es un proceso sencillo. Y aún queda batalla contra el dogmatismo del color que sea, por doquier.
@Krakenberger
