Rojo sobre blanco

Pesadilla sin fin

08.02.2020 | 17:20
Columnista Jose Luis Artetxe

COMO parte de la liturgia de los prolegómenos, cada vez que toca jugar con el Barcelona salen a colación las hazañas de Messi: que si nunca pierde ante el Athletic en liga, que si le ha marcado tal o cual número de goles (porque el dato va variando, por desgracia), que si esto que si aquello. En fin, lo que define a Messi no sería su desmedido talento o el espectáculo que habitualmente brinda, sino la durabilidad.

Es lo mejor y lo peor que tiene, lo peor desde la óptica de quien se cruza en su camino. Son tantos partidos contra el Barcelona en la última década que en Lezama existe una pizarra (llena de borrones, correcciones y enormes signos de interrogación) dedicada en exclusiva a detectar por dónde se le ocurrirá al argentino dejar su sello. Y no hay manera de evitar que lo haga por más que se analicen movimientos, ubicaciones, zonas de influencia o asociaciones favoritas del 10 del Barcelona. La desesperación que provoca la resumía con acierto uno que le ha sufrido: "Cuando coge el balón sabes qué es lo que va a hacer, por dónde va a salir, y aunque te preparas para impedirlo, él hace la jugada igualmente".

Estamos ante un fenómeno que alcanza la categoría de obsesión en todos los equipos. Pero es también un sentimiento que embarga al propio equipo azulgrana y a su entorno. Las gradas del Camp Nou coreando su nombre mientras un Madrid discreto controlaba las torpes embestidas de Malcom, el único argumento ofensivo con el 0-1 en el marcador, escenifican lo que el genio representa para su gente.

Esos gritos, que se supone que no pueden ser agradables para los demás jugadores del Barcelona pese a que lo tengan asumido, en realidad iban dirigidos a Ernesto Valverde. Eran una reclamación explícita, querían que Messi resolviese una situación delicada y especialmente indigesta por la presencia de las camisetas blancas. Queda la duda de quién dio la orden de que Messi se pusiera a corretear por la banda, aunque sea algo secundario, pues lo principal es el efecto que el detalle produjo en ambos bandos.

Ya entró al campo con el empate y no fue casual que su ingreso coincidiera con un doble cambio de Solari. La última media hora tuvo otro guión, no cabe afirmar que con sus acciones Messi voltease el clásico, ni mucho menos, sin embargo al Madrid le entró el miedo, su seguridad se resintió, empezó a repartir más candela. Hasta vimos cómo el correoso Casemiro se dejaba robar la cartera cuando, agobiado por el esprint de Messi a su espalda, perdía de vista una pelota que le pertenecía.

Antes de la semifinal de Copa se había especulado con la lesión de Messi y la ceremonia de la confusión se repetirá de cara a la cita del domingo en San Mamés. Bueno, de hecho ya ha comenzado. Tras la ducha, Piqué declaró: "Parece que Leo no sentía molestias". O sea, que el central culé no estimó oportuno preguntar al capitán por su estado, ni siquiera por cortesía. Vaya. No se olvide que se trata de una lesión sin diagnóstico. En términos llanos, una treta promovida por los responsables de la entidad que viene a confirmar el alto grado de dependencia en que está sumida una plantilla que cuenta con dos internacionales por demarcación.

En Lezama tendrán que desempolvar la dichosa pizarra y esperar a que Valverde notifique su alineación para saber si los garabatos de Garitano tienen o no sentido. Mejor si ocurre lo segundo. Significará que las opciones de triunfo se multiplican.