Ustedes disculpen la pedantería de explicárselo. El bálsamo de Fierabrás es una poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano. La pócima -sólo comparable a esa otra, secreta, cuyos ingredientes sólo conoce el druida galo Panoramix- forma parte de las leyendas del ciclo carolingio. Según la épica, cuando el rey Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron en dos barriles los restos del bálsamo con que fue embalsamado el cuerpo de Jesucristo, un bebedizo que tenía el poder de curar las heridas a quien lo bebía; de abrir todas las puertas.
Pues bien, el bálsamo de Fierabrás es verde. Al menos de ese color se pinta si su existencia se usa como metáfora para explicar la amplitud de miras y la cantidad de puertas que abrirá a partir de este verano el creditrans, un inquilino asiduo de bolsos y carteras de miles de vizcainos, vecino de puerta de las tarjetas de crédito y los billetes -¡benditos sean cuando están!- de cincuenta euros. Hasta la fecha la gran desalojada de esta llave maestra del transporte público era Renfe. El viejo establo del caballo de hierro estatal no había modernizado sus cuadras a las exigencias del mundo moderno, donde las tarjetas, en todos sus formatos y de cualquier tipo de material, son las reinas del día a día.
Desde la tarjeta SIM del móvil, a la todopoderosa Visa -he oído hablar de la American Express pero sospecho que se trata de ciencia ficción o de una leyenda como la del bálsamo antes citado-, pasando por la tarjeta de fichar, la roja que se saca a los futbolistas díscolos o el chip que maneja todos los hilos de cualquier artilugio eléctrico que se precie, nada es ajeno a este mundo cuadriculado que hemos construido. Conozco gente adicta al plástico y al carnet -de esta segunda dependencia dependen, incluso, muchas vidas-, tipos que no pueden vivir sin sentirse identificados o con el poder de desenfundar toda su fortuna desde el fondo de la cartera.
Ahora, ya digo, creditrans se suma al poder total con la adhesión de Renfe al amplio club de campo que da refugio a los usuarios del transporte público. Era una noticia esperada pese a las reticencias de la compañía que, al fin, a dado su brazo a torcer. Mejor compartir vagón a que éste vaya vacío.