En situación de guerra la desinformación es usada como arma. Y aún más en la época de la IA. Cada bando emite sus noticias interesadas y tendenciosas que hay que tomarlas con cautela. La finalidad de la propaganda bélica es conmover y confundir a la población, y así impulsar una opinión pública unilateral. Y también convencer a los países neutrales para que se unan a la causa, o evitar que apoyen al contrario. Ninguna de las partes admite desear el conflicto. De esta manera pretenden evadir responsabilidades al señalar al contrincante como el único culpable. Y, paradójicamente, los que dicen querer menos la guerra son los que la provocaron. Además el enemigo es un ser execrable, un gobierno opresor, un peligro para el mundo. Y aquí entra en escena la noble finalidad, el pretexto por el que se justifica la guerra. Los ataques del contrario son siempre atroces, incluso en ellos se usan armas no autorizadas; mientras que los propios son errores involuntarios o para defenderse del enemigo. Las perdidas del bando opuesto son cuantiosas; las de uno, escasas. La causa por la que se invade un país y se inicia la guerra está respaldada por un carácter sagrado, divino o sublime. Y los que pongan en duda la propaganda de guerra emitida por los países en conflicto son unos traidores. En este contexto de “fuego cruzado” mantener un país su neutralidad, percibida desde fuera como indiferencia o como complicidad, es una tarea difícil no exenta de presiones externas. Las naciones beligerantes aprenden a mentir no solo al enemigo sino también a la sociedad para hacer de la guerra una causa justificada.