El eterno dilema entre significantes y significados ha gozado de cierta pulsión dentro del seno de la sociedad vasca. De esta manera, en multitud de conflictos, aquellos ávidos en la retórica y la manipulación de la realidad han logrado convenir y sacar provecho de particular relato. Estos truhanes de la posverdad han logrado ejecutar con atino aquella frase manida de, “¿A quién van a creer antes, a mí o a lo que ven sus propios ojos?” Así, eventos que tendrían que unir al conjunto de los vascos y los amantes del euskera han derivado en tristes involuciones lobistas. Meros actos, ya defenestrados por una oscura mancha, que han sufrido de la instrumentalización de aquellos que más daño perpetraron. Un decepcionante resumen para quien, al ver las imágenes de la Korrika, observa con horror a niños portando la imagen estampada de cierto miembro de ETA con delitos de sangre a sus espaldas. Todo ello en riguroso primer plano y con el beneplácito de la organización. 

Y quizás, este comportamiento no responda a una manida manipulación de “su realidad”. Sino más bien a una profunda incoherencia de aquellos que dicen luchar por la inclusión de los excluidos, al tiempo que discriminan a aquellos que más sufrieron, perpetuando un juego injusto y doloroso: el juego del gato y el ratón.