NADIE se sorprenderá si hablamos de una parálisis en Europa. Las afirmaciones contradictorias entre los líderes de diferentes estados miembros, la reticencia ante la acción geopolítica conjunta, una sensación de pasividad cada vez que la Casa Blanca toma una nueva decisión desestabilizadora.

Uno detrás de otro, llegan sucesos históricos decisivos a los titulares que, hasta ahora, parecían ser el mecanismo por el que los 27 se veían obligados a dejar a un lado sus diferencias y emprender nuevos esfuerzos de integración: frente al covid-19, surgió la Europa de la salud; ante la invasión rusa de Ucrania, la Europa de la defensa coordinada en el apoyo a Kiev. Todos ellos fueron avances que no se anticipaban en los tratados fundacionales y que han tenido efectos inmediatos en la vida de todos los ciudadanos continentales; pasos hacia delante en la integración.

Sin embargo, ha cambiado la dirección del viento durante los últimos años, como si las bases y presupuestos sobre los que actuamos ya no fueran las mismas: la Europa que vemos en las noticias es un foro en el que se manifiesta división e incertidumbre, con cada país tratando de sobrevivir a las decisiones de Washington, por un lado, e intentando coexistir con Moscú por el otro. Recordemos que de Rusia nos distancia la guerra, sí, pero también nos mantienen ligados los gaseoductos por los que muchas partes del continente todavía reciben gas crucial. En definitiva, las declaraciones que todos los estados miembros puedan firmar en materia internacional parecen ser especie en peligro de extinción.

Sorprende, ya que venimos de un horizonte de integración en una Europa de los derechos y las libertades, de la prosperidad y la eficiencia, aunque asumíamos claroscuros en la puntillosa materia de la inmigración, pero era un escenario prometedor de todas formas. Ahora parece haberse cegado esta visión, y sin duda los nubarrones están marcados por la segunda presidencia Trump. Pero para Europa en particular, ¿qué representa?

Es difícil desentenderse de América cuando entra en crisis de identidad, más que nada porque somos nosotros, el Viejo Mundo, uno de sus juguetes favoritos: el origen grecorromano y judeocristiano que tanto gusta invocar a Vance, Rubio y Hegseth, una historia hecha mito reflejada en sus discursos y tatuajes. Las visitas de estos dos primeros a Múnich han sido fieles representaciones del juego transatlántico, alternando entre palo y zanahoria. En ellas no sólo representan a un imperio y hablan a sus socios y aliados, sino también a una internacional ultraderechista cuyos socios cada vez se solapan más con aquellos. Cada una de esas estructuras, imperio e internacional ultra, atan a Europa y América de formas distintas, y lo que no queda claro es si la relación puede sobrevivir a su simultaneidad.

El imperio, por su parte, se sustenta en la unidad de Occidente bajo hegemonía yanqui, con armas de la OTAN mediante, y admitida por democratacristianos y socialdemócratas; la pertenencia al club europeo ha implicado tradicionalmente al noratlántico también. Por su parte, la internacional ultra ha crecido a la sombra de estas estructuras, uniendo a los nuevos y viejos radicales de la derecha a ambos lados del océano; lo novedoso viene a ser su coordinación en la era de la información, ya que los grupos y sus ideas son tan antiguos como las instituciones que asaltan. En América han tomado la dirección del imperio, sacudiéndolo para adaptarlo a su visión del mundo, mientras que en Europa vemos que Italia, Polonia, Hungría y Eslovaquia se encuentran total o parcialmente gobernados por la extrema derecha, y en Francia, Alemania y Reino Unido lideran encuestas. Si lo pensáramos como un cáncer, diagnosticaríamos una metástasis.

El resultado es un bloqueo con una doble faceta: entre continentes primero, y dentro del europeo después. Ante ello, se siente impotente el liderazgo estratégico de París y Berlín, que en otros tiempos fue referente para quienes buscaban posiciones alternativas a Washington desde dentro de Occidente y su ejemplaridad supuesta. No sólo se ha desvanecido esa fuerza, sino que se encuentra a la espera de sus respectivas elecciones y a las que no parece que sobrevivan ni el centrismo de Macron en las presidenciales de 2027, ni la CDU de Merz en el largo camino a las parlamentarias de 2029.

Todo esto mientras Trump no cesa en sus intentos por antagonizar al electorado europeo en su conjunto, llegando muchos partidos de extrema derecha a distanciarse cada vez más de su política y manteniendo la vía ascendente en las encuestas aquellos que nunca llegaron a depender de sus redes directamente: Agrupación Nacional de Marine Lepen y Alternativa por Alemania (a la que tocará gestionar el rearme alemán, recuérdese), ambos con un historial de alianza con el Kremlin, más que con el MAGA. La caída de Orbán el pasado mes de abril fue confirmadora de este trayecto de los neofascistas europeos hacia una posición propia y alejada de la Casa Blanca.

El pronóstico de conclusión es de estancamiento por nuestra parte. La propia Comisión Europea ha sido la primera en tirar la toalla con respecto a los ideales del viejo orden de normas y acuerdos (ya se verá cómo se explica su existencia fuera del mismo). Figuras como Meloni, ahora calificada de moderada por muchos, se han convertido en facilitadoras de la transición a una hegemonía ultraderechista inminente en Bruselas. Pero todavía falta el desenlace en el eje francoalemán, que sigue teniendo el potencial indispensable para dirigir el continente.

A pesar de la amargura de la panorámica, es necesario entender su gravedad: si los acontecimientos mantienen su curso actual, estamos a las puertas de la toma de Europa por un neofascismo que busque acomodación con Rusia en Ucrania, y distancia con respecto a Estados Unidos a través de las instituciones europeas que adaptará a sus criterios, cuando no fundando nuevas. Si estas maniobras no suenan tan alarmantes, es porque la geopolítica pasa por encima de los derechos y libertades de millones, cada vez más silenciados.