NOS gusta creer que el mundo se rige por la justicia, las normas y el derecho internacional. Pero hace dos mil quinientos años, el ejército ateniense nos dio una brutal lección de realidad que, aún hoy, define la filosofía política, conocida como el diálogo de Melos.

El diálogo de Melos es un famoso pasaje de la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, que detalla un encuentro real ocurrido en el año 416 a. C., en el que la poderosa Atenas exigió a la neutral isla de Melos que se uniera a su imperio, lo que dio lugar a un duro debate sobre el poder, la justicia y la moralidad, resumido en la famosa frase: «Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Atenas replicó sin piedad que el poder da la razón, rechazando las apelaciones de Melos a la justicia o la ayuda divina, viendo solo el interés propio, mientras que Melos se aferró a la esperanza en la justicia y el apoyo espartano -que no se dio- lo que condujo a la destrucción de Melos tras negarse a rendirse.

Y lo cierto es que en el año 416 a. C., Atenas era la superpotencia regional. Dominaba la zona con su riqueza y sus fuerzas armadas. Así que Atenas utilizó su poder para exigir que la pequeña isla de Melos se rindiera y pagara un tributo. Los melios argumentaban desde un punto de vista moral. Dijeron que era injusto atacar a una parte neutral y que los dioses protegerían su causa justa. La posición meliana se basaba en el idealismo, la moralidad. Apelaron a la justicia, equidad y al favor de los dioses para los justos. Creían que la neutralidad era posible y que su aliada Esparta les ayudaría.

A los atenienses no les importaba la moralidad, y su respuesta es ahora la base de lo que se conoce como realismo o realpolitik en las relaciones internacionales. Afirmaron que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Para los conquistadores atenienses, cualquier sentido de la justicia es una conversación entre iguales. Cuando existe un desequilibrio de poder, cualquier apelación a la equidad es una especie de ilusión. La sumisión ofrece la supervivencia; la resistencia trae la ruina. El poder dicta la acción; los debates sobre la justicia solo tienen lugar entre iguales. Afirman que los dioses y los hombres respetan el poder, y que ellos actúan según esta ley natural.

Al final, los melios se negaron a someterse, basándose en su sentido del honor. Y los atenienses mataron a todos los hombres de la isla y esclavizaron a las mujeres y los niños. Es un escalofriante recordatorio de que, aunque queramos vivir en un mundo de deberes y obligaciones, vivimos en un mundo de realidades.

Debemos siempre apelar a la justicia y a la rectitud, está clarísimo, pero no hemos de ignorar la fría realidad del poder, que debemos vigilar y controlar.

Con el diálogo de Melos, Tucídides nos ofrece una ilustración clásica del realismo político, que muestra las relaciones internacionales impulsadas por el poder, no por la ética. Destaca el conflicto entre los ideales a perseguir (justicia, moral) y el interés propio pragmático en la labor de gobernar. La frase «Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben» resume, como ninguna otra, la brutal lógica de la política del poder.

El paralelismo con los Trumps y Putines y similares -incluso de algunos de a pie que conocemos- es claro. De moral nada. El poder, la riqueza y la venganza es lo que les mueve. Lo cual me lleva a lo que se viene a denominar “la crueldad de la indignación moral”.

La historia nos ha enseñado repetidamente que la mayoría de las personas están a solo un empujón de poder abusar, torturar y asesinar a otros seres humanos. Solo necesitamos un empujoncito para ser malvados. Como dijo el escritor Aldous Huxley, la forma más segura de organizar una cruzada en favor de una buena causa es promover que la gente tenga la oportunidad de maltratar a alguien.

Esto se conoce como la crueldad de la indignación moral. Nietzsche argumentó que siempre habrá personas en primer o segundo plano que disfrutarán enormemente con algún estallido insaciable de violencia, todo por alguna ofensa, imaginaria o no, y disfrutarán de que se dañe a personas porque lo verán como una especie de justicia. Pero ojo, la bajeza moral no es patrimonio exclusivo de ninguna ideología. Hay gente que busca y encuentra justificación para que se mate a gente siempre que sean de la correa contraria. Basta con enaltecer al perpetrador, y ejemplos de esto lo vemos por todas partes. También hay quien viste las perpetraciones que apoya con argumentos morales e ideológicos. En alguna ocasión incluso he visto intentos de vestir crímenes como fruto de “pragmatismo”.

Huxley lleva esta idea más allá señalando que hay un elemento de sadismo justiciero en muchas personas que solo necesita un mínimo combustible para encenderse. Huxley decía que ser capaz de destruir con la conciencia tranquila es el más delicioso de los placeres morales.

Y así, los manipuladores jugarán fácilmente con estas emociones, etiquetarán algo obviamente cruel como algo por el bien común y derramarán lágrimas de cocodrilo por algún daño triste pero inevitable que se tenga que hacer a otras personas para alcanzar alguna utopía. Los caminos al Edén estarán pavimentados con los cadáveres de los enemigos muertos y los mutilados. Cuidado con aquellos que parecen amar la crueldad de la indignación moral, no buscan un mundo mejor, solo buscan el placer del castigo.