Primero va una H, luego una O, después pronuncias la L y por último la A. Hola. Fácil, ¿verdad? Y aun así, parece que a mucha gente le pesa en la lengua como si fueran cinco sílabas. En Euskadi, además, no será por opciones. Tenemos el “epa”, tan breve y tan nuestro; el “aupa”, que sube el ánimo aunque solo pases por delante; el batua ofrece su propio “kaixo”, elegante y funcional; y variantes como “eup”, “iepa” o incluso un gesto con la barbilla. El repertorio es amplio, democrático y oye... ¡Que también es gratuito! No exige batería, ni conexión, ni inteligencia artificial que te sugiera alternativas. De hecho, ni siquiera hace falta hablar: con levantar la mano basta; con un leve movimiento de cabeza también. El saludo es una llave sencilla para abrir la convivencia y, sin embargo, parece que cada vez nos cuesta más usarla. Tal vez por prisa, esa excusa universal; tal vez por timidez disfrazada de indiferencia; o quizá por esa manía moderna de mirar el móvil antes que al de al lado. Pero el resultado es el mismo: calles más frías, portales silenciosos, ascensores donde cada cual mira al techo como si fuera arte contemporáneo, y una distancia que se agranda sin necesidad. Saludar no compromete, no exige conversación eterna. Es solo una forma mínima de reconocernos humanos, un gesto de educación que sostiene más comunidad que mil discursos. ¿De verdad cuesta tanto saludar? Quizá si recuperáramos ese gesto simple, descubriríamos que convivir tampoco era tan complicado.
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