El año de la rata

18.04.2020 | 00:21
El año de la rata

eN Occidente no se la tiene mucho aprecio, pero a 9.000 kilómetros de aquí la rata goza de cierta reputación. De hecho, es uno de los doce animales que conforman el calendario lunar chino y el que inauguró el Año Nuevo este pasado 12 de febrero. Según su simbología zodiacal, este roedor provee de inteligencia, astucia, riqueza, carisma y orden. Pero, como en todo dogma oracular, también se lo asocia a la muerte, la guerra, lo oculto y la peste. Tal y como vienen los acontecimientos, no podía ser más preciso en su pronóstico.

En el año de la rata, el coronavirus se ha adueñado de la racionalidad global, hasta convertirla en una pandemia de histeria colectiva. Se dice que el foco infeccioso surgió en la ciudad de Wuhan, en un mercado de animales salvajes donde se suele traficar con especies protegidas, por tanto, sin control sanitario, algo muy común en China, pueblo de costumbres milenarias y tecnología G5. Con todo, aunque el transmisor del patógeno aún se desconoce, lo más seguro es que se trate de un contagio por zoonosis. Lo insólito es que, además del bestiario de criaturas implicadas en esta contingencia, como la rata, el pangolín, el murciélago o la serpiente, virtuales eslabones intermedios del virus, lo que ha hecho saltar las alarmas sanitarias a nivel mundial ha sido su velocidad de transmisión, que ha acabado por poner en guardia nuestros instintos de defensa ante el pánico, esa pulsión universal capaz de amplificar la irracionalidad.

Hace más de 70 años, Albert Camus lo dejó escrito con mano profética en La peste. La novela, ambientada en Orán, colonia francesa en la Argelia de los años 40, relata la impotencia de su población ante un brote de peste bubónica propagado por las ratas. Una vez se desata la epidemia, irrumpe el miedo generalizado. Las autoridades, desbordadas y sin saber qué medidas adoptar, comienzan a restringir preventivamente los movimientos de sus habitantes con idea de protegerlos, hasta que las mismas normas, viciadas por el pánico, van cercenando las libertades individuales con el pretexto de priorizar la seguridad ciudadana. Se dice que Camus esbozó una suerte de metáfora sobre la resistencia francesa durante la ocupación nazi. En todo caso, el relato, bajo una claustrofóbica atmósfera contagiada por El proceso de Kafka, revela la irracionalidad de un mundo absurdo e ingobernable que siempre se nos dijo que giraba conforme a las leyes de lo previsible. Nunca lo ha sido, pero desde comienzos de este siglo esa percepción, tan idealizada como errónea, cada vez se vislumbra más lejana.

La epidemia nos restriega por la cara un par de certezas. La primera, que nuestra sociedad del bienestar cada vez soporta peor el riesgo y la incertidumbre. La segunda, que la globalización –verdadero mal endémico de este siglo– ha convertido el suelo que pisamos en un terreno movedizo de consecuencias insospechadas. De hecho, más allá del covid-19, ahora tenemos en liza dos nuevos agentes patógenos, la infodemia, venida del proceloso piélago de Internet, esto es, la cantidad de basura mediática que navega por la red en forma de mentiras, patrañas y tergiversaciones, servidas en caliente a una ciudadanía sobrecogida por las noticias y tendente casi siempre a mitigar sus miedos por vía emocional. Y, en un mundo interdependiente, el otro foco infeccioso siempre será el que caiga en picado sobre la economía.

Aunque nada de esto es nuevo, el mapa del covid-19 muestra cómo la enfermedad y el pánico al contagio llegan a socavar los cimientos políticos y económicos de una sociedad global. No es la primera vez que una multitud reacciona así ante sus terrores atávicos. Sucedió con la peste bubónica durante el siglo XIV, cuando diezmó un tercio de la población europea. En aquella época, la llamada "muerte negra", transmitida por las pulgas que portaban los roedores, fue capaz de alterar las condiciones demográficas, económicas y sociales, incluso fulminar a una parte de su oligarquía dominante.

O la tragedia más reciente de la mal llamada "gripe española", ocurrida durante la Primera Guerra Mundial, con más de 50 millones de víctimas a sus espaldas. Nunca se llegó a saber su verdadero origen, pero la prensa de los principales países implicados en el conflicto, envuelta en informar sobre los desastres en el frente de batalla, no quiso minar la moral de sus abatidos ciudadanos y acabó cargando el muerto a España, que era neutral. Aún más excéntrica fue la epidemia de cólera ocurrida en Argentina en 1991, durante el mandato de Carlos Menem. La noticia saltó a los medios cuando su ministro de Salud dijo a la prensa que el cólera había surgido en la frontera con Bolivia a causa de la pobreza extrema en esa región. Menem, que se había adjudicado el mérito de meter a Argentina en el club del Primer Mundo, cesó de inmediato al ministro declarando que el cólera no era una enfermedad de la pobreza, sino que la gente no se lavaba las manos. Lo que estos sucesos reales ponen de manifiesto es que, detrás de una pandemia, siempre se esconde un trasfondo político.

En este mundo de posverdad, la actual crisis del coronavirus no está exenta de teorías del miedo que apuntan a razones geoestratégicas que nadie se atreve a mencionar, aunque casi siempre se distinga a lo lejos la sombra de Trump y Xi Jinping, ambos envueltos en oscuras maniobras referidas a la gran transformación digital que el planeta está a punto de estrenar. Es cierto que vivimos tiempos de relevos; y la potencia hegemónica americana tiene, por vez primera desde el final de la Guerra Fría, un serio competidor en el gigante asiático. Pero más allá de contubernios conspiranoicos, lo previsible es que, más pronto que tarde, del coronavirus solo quede la estela de una febril pesadilla. No faltan razones para creerlo, lo dice la OMS, lo reitera el Gobierno español y lo expone Fernando Simón, director del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias, un rostro y una peculiar voz que quedarán indisociablemente unidos al covid-19. Todo eso es pan comido. Lo complicado ante futuras epidemias será encontrar un retroviral eficaz contra el pánico colectivo, algo que hoy por hoy se antoja misión imposible.

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