El precio del carburante lleva semanas siendo noticia. La situación internacional ha empujado al diésel por encima de los dos euros por litro en varios puntos y, aunque la reducción del IVA al 10% ha supuesto un pequeño alivio, el coste de llenar el depósito sigue siendo una presión constante para millones de conductores. En ese contexto, la elección y el mantenimiento de las ruedas pueden explicar hasta el 20% del consumo total de un vehículo.

El mecanismo detrás de esa cifra se llama resistencia a la rodadura, es decir, la energía que el neumático necesita para girar y avanzar. Cuanto mayor es esa resistencia, más esfuerzo exige al motor y más combustible consume el vehículo. Los factores que la determinan son el compuesto de la banda de rodadura, la estructura interna del neumático y, de forma muy directa, la presión de inflado.

Cuatro neumáticos, preparados en un taller.

Circular habitualmente por debajo de la presión recomendada aplasta la goma contra el asfalto, amplía la superficie de contacto y dispara la fricción. Según datos del sector, conducir con una presión inferior a la correcta puede elevar el consumo hasta un 7%. Algunas empresas especializadas cifran en un 3% el ahorro que se obtiene simplemente manteniendo la presión adecuada, y añaden que una alineación y balanceo correctos pueden sumar hasta un 2,2% adicional.

Un cambio importante

A lo largo de la vida útil de un neumático, que ronda los 45.000 kilómetros, esa diferencia se traduce en cerca de 440 litros de combustible ahorrados al pasar de un neumático de clase G a uno de clase A. En términos económicos, un mantenimiento y una elección correctos pueden suponer un ahorro de hasta 660 euros durante la vida útil del neumático, según los cálculos de empresas del sector. Un estudio reciente revela que el 79% de los conductores opta por neumáticos de bajo coste, y que el 95% prioriza el ahorro inmediato por encima de la seguridad.

Un neumático con desgaste irregular o deformaciones provoca que el vehículo tienda a desviarse de la trayectoria recta, lo que obliga al conductor a corregir constantemente y al motor a compensar una resistencia adicional que no debería existir. En los vehículos eléctricos, donde no hay depósito que llenar pero la autonomía es la variable más vigilada por el conductor, una mayor resistencia a la rodadura se traduce directamente en menos kilómetros por carga. Un neumático de clase G frente a uno de clase A puede consumir, en un coche con un gasto medio de siete litros a los 100 kilómetros, hasta 0,6 litros adicionales por cada 100 kilómetros recorridos. Con un kilometraje anual de 15.000 kilómetros, eso supone cerca de 90 litros de combustible extra al año.