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Donativos para la reconstrucción de Bizkaia, 1812-1819: “Por honor y lealtad a vuestra madre”

Reales de a vellón y pesos –incluso una caja de puros de La Habana– llegaron en tres buques al puerto de Cádiz, donde las donaciones fueron recibidas por un responsable del operativo y enviadas a Bilbao. El amor entre hijos y Patria seguía más vivo que nunca en un mundo en conflicto permanente

En imágenes: donativos para la reconstrucción de Bizkaia, 1812-1819

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Mientras España combatía contra Napoleón y los territorios de Iberoamérica luchaban por su independencia, vizcaínos en ambos lados del Atlántico lograron ponerse de acuerdo para auxiliar a su Patria. Las consecuencias de la guerra fueron devastadoras para Bizkaia, especialmente para Bilbao, donde la economía había sido abruptamente detenida y la muerte era devastadora. En este contexto, los vizcaínos “ausentes”, aquellos que habían marchado al Nuevo Mundo para obtener riqueza o mejores condiciones de vida, donaron parte de sus fortunas a la Diputación de Bizkaia. Para ello, se puso en marcha un engranaje mucho más complicado de lo que parece.

La investigación, resumida en este artículo, llevada a cabo tras el análisis del expediente AJ01301/013 del Archivo Histórico de la Diputación Foral de Bizkaia, concluye que durante 1812 y 1819 los vizcaínos y descendientes de estos donaron distintas sumas de dinero para que “socorran generosamente en la presente guerra”. Aún así, esto no fue posible sin una organización y diferentes partes involucradas.

La mayoría de los donativos procedentes de las colonias hechos en esta época, eran para la Casa Real, por ejemplo, aquellos enviados por el virrey de Perú José Fernando de Abascal para paliar las consecuencias de la guerra de Independencia. Sin embargo, los donativos de este estudio se hicieron directamente a la Diputación vizcaína, siendo únicos. En las 55 páginas de las que consta este expediente se puede encontrar distinta documentación: cartas, contratos y listas de donantes. Esta información permite saber más sobre en qué condiciones y cómo se llevó a cabo esta operación, así como la cantidad de donaciones, donantes, detalles de las transacciones y responsables.

¿Cuánto llegó?

Según los diversos documentos recogidos en el Archivo, las donaciones se realizaron entre 1812 y 1819. Existen distintos documentos que indican que, además de dinero, también se entregaron diversos obsequios, como un “cajón de cigarrillos”. En lo que respecta al dinero, se encuentran diferentes paquetes enviados con distintas cantidades. En el expediente hay referencias a tres grupos de donaciones: dos procedentes de Perú (1815 y 1816) y el tercero con varias donaciones de Cuba (durante 1814-1815). Aún así, podrían existir más donativos ya que se citan responsables en otras ciudades como México o Montevideo y que no se recogen en este documento.

Plano de Lima, Perú.

La primera donación procedente de Perú se realizó el 6 de julio de 1815. En la transacción se cargaron 4.000 pesos fuertes. No obstante, aunque la carta hace referencia a 4.000 pesos, el total en las listas asciende a 4.632 pesos. En la correspondencia relativa a esta donación se pueden encontrar intercambio epistolar, uno correspondiente al aviso desde América a los vizcaínos de la salida del dinero y otro en respuesta para agradecerlo, así como un resguardo del pago al capitán del barco, realizado el 7 de febrero de 1815, quien obtuvo el 2% de la plata transportada.

La segunda donación procedente de Perú se envió el 13 de julio de 1816. En este caso, en total, se enviaron 316 pesos y medio de plata quintada, además de los gastos de la comisión para el capitán del barco. Al igual que en el caso anterior, encontramos las cartas de agradecimiento tanto de Cádiz como de Bizkaia.

Las donaciones procedentes de la isla de Cuba fueron realizadas entre 1814 y 1815. Ascendieron a un total de 5.631 reales de vellón y una caja de puros de La Habana. Por su parte, el capitán del barco que transportó las donaciones a Cádiz recibió 318 pesos. Aunque no se menciona el precio de la caja de puros de La Habana, también incluida en este paquete, el documento sugiere que se utiliza como forma de pago ya que, además de que la administración se queda con ellos, hay solicitudes de pago por los mismos. Asimismo, encontramos el intento de Antonio de Artechea de comprar la caja en la aduana.

Como se puede contemplar, cada donación fue hecha en distinta divisa. El peso o peso fuerte era uno de los nombres otorgados al real a ocho hecho con plata buena. La plata quintada era aquella que ya había pasado el impuesto real, generalmente del 20%. Mientras que el real de vellón era una moneda creada a partir de la mezcla de poca plata y cobre con un valor inferior.

Los donativos llegaron en tres buques distintos: el navío de guerra Asia y las fragatas Tagle y Venganza. Las tres arribaron al puerto de Cádiz, donde las donaciones fueron recibidas por un responsable del operativo y enviadas a Bilbao. Sólo se hace referencia a un envío en barco desde Cádiz a Bilbao, pues se encuentra el contrato con un capitán, en el que se hace referencia al transporte de la caja de puros de La Habana. De ello se deduce que las donaciones llegaron al Señorío por mar. Al capitán se le pagaron 30 reales de vellón por transportar el contenido de la caja de puros que estaba “rotulado de donativos para los defensores de dicha provincia”.

Real de a ocho de Fernando VII, 1820.

A lo largo del documento aparecen los nombres de diversas personas que participaron en estas transacciones económicas. Además de las listas completas de donantes, como las que figuran en las páginas 26 y 27, hay varios nombres que se repiten a lo largo de todo el documento. Entre ellos se encuentran: D. Martín de Guisasola, D. Manuel de Barreda, Miguel de Antuñano, Santiago de Unceta, José María de Loizaga y Antonio de Artechea. A continuación, se detalla información sobre estas personas.

Con nombre y apellido

En primer lugar, don Martín de Guisasola y don Manuel de Barreda eran los representantes de los “hijos ausentes” en Perú y los mediadores entre los donantes y los apoderados vizcaínos en la península. La información que hemos podido recabar sobre ellos indica que ambos eran comerciantes.

Por un lado, Guisasola, originario de Gipuzkoa, figura en la lista de comerciantes de las rutas entre Cádiz y Perú. En su caso, se sabe que tenía esclavos. Un documento de la Biblioteca del Bicentenario demuestra el pasado esclavista del comerciante.

Por otra parte, no se ha encontrado información personal sobre Barreda. Se han hallado documentos relacionados con la venta de esclavos y con los negocios realizados con la familia Tristán de Arequipa, datados el 14 de febrero de 1814. Además de las relaciones con la esclavitud, Manuel de Barreda fue cónsul de la Corte Consular de Lima entre 1819 y 1821.

En segundo lugar, Miguel de Antuñano y Santiago de Unceta eran los representantes ante las cortes del Señorío de Vizcaya. Ambos son nombrados “Padres de Provincia” en octubre de 1812 y enviados a la corte para defender los derechos de los vizcaínos.

Antuñano, a pesar de que había nacido en Cantabria en 1770, participó en la Guerra de la Independencia como vicario-capellán, siendo párroco de Gordexola. En mayo de 1812 fue nombrado miembro de la Junta. Aunque accedió a su cargo por su condición eclesiástica, lo mantuvo cuando regresaron los poderes seculares. Formó parte de la corte regente y de la corte del rey Fernando VII, residiendo en Madrid desde 1814. Por lo que se conserva de sus textos fue un fiel defensor de los fueros y los derechos del Señorío, pero no por ello dejó de elogiar la Constitución de 1812.

Miniatura de navío.

Unceta, el otro representante, había nacido en Lekeitio en 1770. Fue alcalde de Lekeitio entre 1804 y 1814. Al igual que Antuñano, se mostraba a favor de la Constitución, aunque con reservas respecto al papel que en ella desempeñaban los fueros. Además de esto, formó parte de diferentes comisiones de la junta, así como de la comisión de servicios a la Corona o de la comisión de la donación.

En tercer lugar, José María de Loizaga fue diputado general durante la Guerra de la Independencia. Llegó a la Diputación General en 1812, como diputado político suplente, pero acabó siendo diputado general hasta 1813. Tras la aceptación de la Constitución de Cádiz y el establecimiento de la Diputación Provincial, fue diputado provincial. Participó en el acto de “restablecimiento de la Diputación General de Vizcaya y supresión de la Diputación Provincial”. Cuando se reinstauró la Diputación General volvió a ocupar su antiguo cargo. Durante su mandato, la deuda de la institución contraída por las guerras y por las donaciones realizadas al rey llevó a Loizaga a promulgar la Concordia de 1815, mediante la cual se consolidó e institucionalizó el poder de la Diputación y su gobierno.

Por último, Antonio de Artechea era un comerciante vizcaíno, residente en Cádiz. Según se explica en el documento, se encargaba de recibir las donaciones y de administrarlas. Artechea era originario de Gernika. Abandonó su localidad natal para viajar de Cádiz a Buenos Aires, con el fin de formarse como comerciante. Más tarde, regresó a Cádiz y trabajó para la empresa “del señor Terry”.

La autora

Haizene García-Echave es graduada en Historia por la Universidad del País Vasco. Sus principales áreas de interés se centran en la historia americana, especialmente en el estudio de las relaciones económicas y sociales entre América y la Península Ibérica.

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Como ya se ha mencionado, hay que añadir que existen otras figuras responsables en otras ciudades y puertos importantes de América Latina, tales como: en La Habana –el señor Cuesta y Manzanal–, en Veracruz –D. Manuel Antonio Isasi y D. Pedro Miguel Echavarri–, en Montevideo –D. Zacarias Pereira y D. Juan Domingo de las Carreras– y en Ciudad de México –D. Antonio Basoco y D. Gabriel del Yermo–. Esto lleva a pensar que las redes creadas por el gobierno eran más extensas de lo que podría parecer. La mayoría de ellos eran comerciantes importantes, y no siempre procedían del área vasca, como es el caso de Zacarias Pereira, que era de La Coruña.

En conclusión, ambos lados del océano estaban conectados, y la solidaridad de un pueblo se mantenía más fuerte que nunca contra la adversidad. De todos modos, este análisis deja más preguntas que respuestas, la mayoría relacionadas con la logística o con el destino final de las donaciones. Pero el verdadero misterio es la relación de un pueblo para con su Patria; cómo se ayudó para poder restituir su tierra de la que se habían marchado hacía años o que nunca habían pisado. En un mundo donde las tensiones entre metrópolis y colonias habían crecido, el amor entre hijos y Patria seguía más vivo que nunca.