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Caso Galíndez: desaparición no esclarecida, 70 años de impunidad

Se cumplen siete décadas de la desaparición del profesor de la Universidad de Columbia, hora de que el gobierno dominicano arroje luz sobre el histórico asesinato

Caso Galíndez: desaparición no esclarecida, 70 años de impunidadGOBIERNO VASCO

El 12 de marzo de 1956 secuestraron en Nueva York a Jesús de Galíndez. Al entonces profesor de la Universidad de Columbia lo secuestraron y trasladaron de forma clandestina en avioneta a la República Dominicana y su presidente se hizo cargo de su final. Su cuerpo nunca apareció. Era el delegado del Gobierno Vasco en la ciudad estadounidense de los rascacielos. Se cumplen 70 años de un crimen que nunca llegó a esclarecerse judicialmente. Ocurrió bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. En el Madrid sitiado de la guerra de 1936, Galíndez había colaborado con el ministro Manuel de Irujo. Oriundo de Amurrio, aunque diversas investigaciones sostienen que nació en Madrid, fue una de las figuras más singulares del exilio vasco. Tras su pérdida, el dirigente socialista Indalecio Prieto exigió al gobierno dominicano que aclarara lo ocurrido sin lograrlo. Hoy, siete décadas después, también podría hacerlo el actual dirigente del país americano, Luis Abinader, del Partido Revolucionario Moderno (PRM).

La desaparición de Galíndez tuvo foco en la opinión pública internacional. No era anónimo. Era jurista, escritor, profesor universitario y una figura conocida del exilio republicano. Además, ejercía como delegado del Gobierno Vasco en Estados Unidos, vinculado al ejecutivo en el exilio presidido por el lehendakari José Antonio Aguirre, quien mantuvo viva la legitimidad institucional vasca tras la derrota republicana ante otro dictador, el español Franco, y que moriría cuatro años después de la pérdida de su camarada.

El secuestro del docente universitario ocurrió cuando residía en su apartamento de la Quinta Avenida de Nueva York. Aquella noche desapareció sin dejar rastro. Las investigaciones posteriores apuntaron a una operación organizada por el régimen de Trujillo, uno de los dictadores considerados más férreos de América en el siglo XX. El plan consistió en trasladarlo clandestinamente por avión hasta la República Dominicana, donde –se estima- fue interrogado, torturado y finalmente asesinado. Su cadáver nunca apareció.

La razón del crimen estaba ligada a un libro. Galíndez acababa de terminar su tesis doctoral en la Universidad de Columbia, titulada La Era Trujillo. En cerca de setecientas páginas analizaba con rigor el funcionamiento de la dictadura dominicana y su sistema de poder. Aquella investigación académica representaba una amenaza para la imagen internacional del régimen.

El historiador David Mota Zurdo, profesor de la Universidad Isabel I, recuerda que la desaparición provocó una fuerte reacción en el mundo universitario estadounidense. Galíndez era un profesor muy querido y valorado por su alumnado. Su desaparición generó protestas en la Universidad de Columbia y en otros centros de Nueva York. Profesores y estudiantes denunciaron la falta de avances en la investigación y reclamaron una actuación más decidida de las autoridades estadounidenses.

Según detalla en su trabajo Mota Zurdo, once organizaciones norteamericanas firmaron un comunicado dirigido al fiscal general de Estados Unidos solicitando una investigación exhaustiva. En el propio campus surgió una plataforma estudiantil, Columbia Students for Galíndez, que organizó movilizaciones para exigir respuestas. Al mismo tiempo, algunos profesores impulsaron la publicación de su tesis doctoral, que con el tiempo se convertiría en una obra de referencia para el estudio de las dictaduras personalistas en América.

La figura de Galíndez también quedó envuelta en polémicas relacionadas con su colaboración con los servicios de inteligencia estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, cuando informó sobre redes nazis y falangistas en el Caribe. Pero, como estima Mota Zurdo, reducir su trayectoria a esa faceta sería simplificar una biografía mucho más rica: la de un intelectual del exilio, jurista brillante y profesor comprometido con su alumnado.

Jesús de Galíndez Suárez nació el 12 de octubre de 1915. Aunque a menudo se le considera natural de Amurrio, en Araba, diversas investigaciones sitúan su nacimiento en Madrid, donde ejercía su padre como médico. Tras la muerte de su madre poco después del parto, se crio con sus abuelos en la localidad vasca a la que siempre se sintió profundamente ligado.

Se licenció en Derecho en la Universidad Central de Madrid en 1936 y desde muy joven se vinculó al nacionalismo vasco. Durante la Guerra Civil trabajó en Madrid en tareas relacionadas con el PNV y colaboró con Manuel de Irujo, dirigente del PNV y ministro de Justicia de la República.

Tras la derrota republicana en 1939 comenzó el exilio. Pasó primero por Francia y posteriormente se trasladó a la República Dominicana, donde desarrolló una intensa actividad docente y jurídica. En 1946 –se cumplen 80 años- se instaló en Nueva York a petición del lehendakari José Antonio Aguirre, incorporándose a la delegación del Gobierno Vasco y comenzando su carrera como profesor en la Universidad de Columbia.

Su desaparición provocó una fuerte reacción entre los exiliados de la guerra de 1936. Indalecio Prieto, uno de los dirigentes históricos del socialismo español y antiguo ministro de la Segunda República, denunció públicamente el secuestro y exigió al gobierno dominicano que investigara el crimen.

El propio Trujillo no sobreviviría muchos años a aquel episodio. El dictador dominicano fue asesinado el 30 de mayo de 1961, cuando su automóvil fue ametrallado en una emboscada organizada por un grupo de personas que buscaba poner fin a su régimen tras más de tres décadas de poder absoluto.

Galíndez nunca olvidó Amurrio. En un texto escribió: “Me declaro cristiano y vasco. Como tal quiero ser enterrado en la fe y en la tierra de mis antepasados cuando esto sea posible. Y ruego a quien se haga cargo de mi cuerpo y bienes que mis restos sean llevados un día a Amurrio, en la provincia de Araba, Euzkadi, para ser enterrados allí”. Su deseo hasta la fecha no ha podido cumplirse. ¿Puede mover ficha el gobierno dominicano?