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Cincuenta años comprometidos de apoyo a la causa vasca

La premiada periodista catalanafrancesa Elena de la Souchère trabajó en la delegación vasca de París donde negoció la posible creación de las brigadas vascas y con De Gaulle, la ayuda a la resistencia anti-nazi

Cincuenta años comprometidos de apoyo a la causa vascaSABINO ARANA FUNDAZIOA

Premio Sabino Arana en 1989 por su compromiso con la causa vasca, Elena Ribera de la Souchère fue durante más de medio siglo una de las voces europeas más lúcidas en defensa de la Segunda República y del exilio vasco. Periodista, escritora y testigo directa de la guerra de 1936 y de la Segunda Guerra Mundial, su importancia histórica reside en haber documentado desde dentro la acción política del Gobierno Vasco en el exilio, especialmente en Londres, en los años decisivos de 1940 y 1941.

Como muestra un botón: su artículo Un aporte interesante al conocimiento del Consejo Nacional Vasco de Londres. En él la propia autora reconstruye, con tono testimonial, la figura del jeltzale Manuel de Irujo y el papel que desempeñó al frente del Consejo Nacional de Euzkadi, constituido en Londres tras la caída de Francia en manos nazis.

Quien residió en Cannes comienza evocando su larga relación con Irujo —a quien llama constantemente, como era costumbre en la época, Don Manuel— y recuerda su actuación previa como ministro de Justicia de la República. Pero el núcleo del artículo se centra en la etapa londinense. Describe cómo, tras la ocupación nazi de Hitler, el lehendakari José Antonio Aguirre quedó –a su juicio- “incomunicado en la Europa ocupada” y fue Irujo quien asumió la responsabilidad política en Londres.

Según explica, el Consejo Nacional Vasco buscó un doble objetivo: mantener la legitimidad institucional vasca y posicionarse junto a los Aliados en la lucha contra el fascismo. Elena relata con detalle las negociaciones con la Francia Libre y con el entorno británico, subrayando la voluntad de Irujo de que “Euzkadi y los demócratas españoles figurasen en la guerra para figurar a continuación en la victoria y tener su lugar en el mundo de la posguerra”.

La periodista describe incluso los esfuerzos por constituir batallones de voluntarios vascos y republicanos integrados en las fuerzas aliadas. De hecho, consultada la enciclopedia Auñamendi al respecto, esta abrevia que en la capital regada por el Támesis negoció, junto a Irujo, la creación de las Brigadas Vascas, y con De Gaulle, la ayuda a la resistencia anti-nazi y la formación de la Brigada Vasca en territorio francés. La propia Elena señala que el proyecto llegó a tomar forma con “miles de hombres dispuestos en Inglaterra y Venezuela, aunque finalmente fracasó por las divisiones internas del exilio republicano y por el cambio de orientación estratégica británica”. Para la periodista, ese fracaso no resta talla política a Irujo, al contrario, lo presenta como un dirigente con “visión universalista”, adelantado a su tiempo.

Una parte significativa del texto recuerda, además, la actuación anterior de Irujo durante la guerra del 36 en defensa de los católicos perseguidos en zona republicana. Elena aporta testimonios y escenas concretas: la protección de obras de arte religiosas en Barcelona, la intervención para evitar saqueos y la organización de redes de protección para sacerdotes amenazados. En ese contexto menciona la capilla de las Emakumes –mujeres patriotas del PNV- en la calle del Pino y describe el clima de la ciudad tras los bombardeos de 1938.

Sus textos combinan memoria personal, reivindicación política y voluntad de dejar constancia histórica

La escena del raid contra Barcelona, que ella evoca con fuerza, conecta memoria personal y análisis político. Recuerda un domingo de marzo de 1938 y la serenidad con la que Irujo y Aguirre afrontaban la devastación, reforzando la imagen de liderazgo moral en medio del caos. Entre los testimonios que cita, Elena destaca los escritos de Jesús de Galíndez, discípulo de Irujo, intelectual vasco que años después sería asesinado por orden del régimen dictatorial de Trujillo en República Dominicana. Galíndez simbolizaba para ella la continuidad del compromiso vasco en el exilio y “el precio que algunos pagaron por mantenerlo”.

Al incorporar su nombre, Elena amplía el marco temporal del artículo y sugiere que la historia del Consejo Nacional Vasco no termina en 1941, sino que forma parte de una trayectoria más larga de lucha democrática. La intelectual insiste en su prisma político, que la neutralidad adoptada por Franco durante la Segunda Guerra Mundial alteró los planes del exilio. Si la Segunda República hubiera entrado en la guerra junto al Eje –sostiene en su relato-, la participación vasca en el bando aliado habría tenido consecuencias decisivas.

El retrato final de Irujo es el de un hombre “bueno y generoso”, de “cultura enciclopédica” y “perfecta dignidad”, a quien —según lamenta— las circunstancias históricas no permitieron demostrar plenamente su talla de estadista. El valor del artículo aportado a este diario y puesto en valor por el senador jeltzale Iñaki Anasagasti reside en que no es un estudio académico distante, sino el testimonio de alguien que estuvo allí. Elena Ribera de la Souchère trabajó como secretaria en el 11, Avenue Marceau, “el edificio de nuestra biblioteca, que en la época albergaba la sede de la delegación del Gobierno Vasco en París y colaboró activamente en Londres con el entorno del Consejo, escribe desde la experiencia directa”, confirmaba Irujo en otro documento. Sus textos –según hemeroteca- combinan memoria personal, reivindicación política y voluntad de dejar constancia histórica.

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Por eso su figura, tal vez desconocida, es relevante: no sólo fue una periodista reconocida internacionalmente, sino una testigo comprometida que ayudó a preservar la memoria del exilio vasco en uno de los momentos más críticos de Europa. Y en esas dos páginas sobre Londres, Irujo y el Consejo Nacional Vasco, deja algo más que información: deja “una interpretación política y moral de aquella encrucijada histórica”.

En 1989, siendo encargada de prensa en la embajada mexicana en París, recibió el Premio Sabino Arana de la fundación bilbaina de mismo nombre en reconocimiento a más de 50 años de apoyo a la causa vasca.