El domingo 7 de febrero de 1937, con Bizkaia sometida al asedio militar y político de la guerra, el Gobierno vasco impulsó una intensa movilización social para sostener el esfuerzo bélico y humanitario frente a la ocupación y avance franquista. Entre esas iniciativas, se organizó la campaña Pro Avión Euzkadi en San Mamés, destinada a recaudar fondos para la adquisición de un aeroplano que reforzara la defensa republicana y vasca en un contexto de inferioridad material y aislamiento internacional.
El fútbol, entonces uno de los principales espacios de sociabilidad popular, se convirtió también en herramienta de resistencia y solidaridad. En ese marco se puso en marcha partido extraordinario entre equipos vinculados a Acción Nacionalista Vasca (ANV) y al Partido Nacionalista Vasco (PNV), concebido no solo como espectáculo deportivo, sino como acto político y solidario. El encuentro fue anunciado como un acontecimiento excepcional, con donativos, bonos y propaganda específica, y reunió a algunas de las figuras más destacadas del fútbol vasco del momento, muchas de ellas atravesadas ya por la guerra, la militancia, el frente o el exilio y, como se demostrará más adelante, también traición.
Aquel encuentro de 1937 no fue un encuentro más. Sobre el césped se reunieron algunos de los mejores futbolistas vascos del momento. Al frente de ambos equipos comparecieron José Txato Iraragorri Ealo y José Mandaluniz Ealo, curiosamente primos carnales y capitanes de Eusko Ekintza y Euzko Gudarostea respectivamente. Dos referentes del Athletic que simbolizaban, incluso en partidos políticos distintos, una misma generación comprometida. Fue Iraragorri quien lanzó la idea del partido como escaparate solidario y mecanismo de recaudación de fondos Pro Avión Euzkadi desde las páginas de Tierra Vasca en enero de 1937. Integrante de la columna de Sanidad del batallón Olabarri, había vivido en primera línea la muerte de su compañero Ángel Kareaga en la batalla de Txabolapea, “una experiencia que le marcó profundamente”, valora Eduardo Renobales, quien junto a Joseba Gotzon, serán los ponentes de una conferencia organizada por Sare Antifaxista y Zirika! Herri gunea, en el local de igual nombre en Erronda kalea, de las Siete calles de Bilbao el 4 de febrero a partir de las 19.00 horas. En ella, abordarán el significado político, social y deportivo de aquel partido fraternal, considerado germen de la futura selección vasca de fútbol y testimonio de una época en la que el balón también fue herramienta de compromiso colectivo.
Mandaluniz portó el brazalete entre tensiones internas dentro de Euzko Mendigoxale Bazta, “organización enfrentada políticamente al PNV”, valora Renobales. Casado con la activista y oradora Polixene de Trabudua, pasó la guerra recorriendo caminos en motocicleta como enlace entre los batallones Lenago II y Zergatik ez? Tras la caída del frente norte fue encarcelado, pero acabaría logrando huir a Francia y prolongó su carrera futbolística en el Stade Français y el Rouen.
En el terreno de juego también destacaba Martín Markuleta Barberia, futbolista de sólida trayectoria y heredero de una profunda tradición obrera y solidaria. Su padre, conocido como El Vasco Matxin, había sido una figura relevante del sindicalismo cenetista en Buenos Aires y Donostia. “La familia Markuleta fue ampliamente respetada por su compromiso social: pan gratuito para comedores populares, ayuda a parados y necesitados en los momentos más duros previos al asedio”, agregan los historiadores. Martín brilló en la Real Sociedad desde 1924 y jugó en el Athletic de Madrid antes de la guerra, sin renunciar nunca a su militancia en ANV y la CNT.
Junto a él figuraba Agustín Sauto Arana, Bata, una de las grandes estrellas del Athletic Club. Procedente de una familia profundamente vinculada a ANV, su biografía está marcada por la represión franquista: el bar familiar fue clausurado y multado, y el avión que debía sacarlo de Bizkaia rumbo a París para unirse a la selección de Euskadi fue derribado en Zarautz. Atrapado en el Bilbao sitiado y señalado por el régimen, nunca pudo regresar a la élite del fútbol, cerrando su carrera en campeonatos regionales bajo el nuevo orden.
En la portería se encontraba José Luis Ispizua Gezuraga, guardameta solvente del Athletic durante nueve temporadas, con cuatro Ligas y cuatro Copas en su palmarés, a la sombra del mítico Blasco. Fue protagonista de la histórica victoria 12-1 frente al Barcelona. El golpe de Estado militar fracasado frustró su fichaje por Osasuna; combatiente en un batallón jelkide, pasó por prisión y acabó su carrera en Valladolid tras recuperar la libertad.
En la zaga, dicen que imponía respeto Leonardo Zilaurren Uriarte, medio defensa de fuerza y elegancia, “tan contundente en el campo como cordial fuera de él”. Exiliado a América por motivos políticos, terminó sus días en Madrid, al frente del restaurante Gernika, dejando fama de “hombre generoso y cercano”.
En el ataque brillaba Guillermo Gorostiza Paredes, la legendaria Bala Roja. Extremo veloz y goleador del Athletic, “su trayectoria vital fue tan intensa como contradictoria”, agrega Renobales. De familia tradicionalista, abandonó la selección de Euskadi tras la caída de Bilbao para alistarse en el bando contrario: en el requeté navarro. El talento futbolístico de este traidor contrastó con una vida personal desordenada que le llevó a dilapidar su fortuna y acabar sus días en el “asilo municipal de Santurtzi”.
Completaba el cuadro Victorio Unamuno Ibarzabal, delantero centro de jerarquía internacional. Campeón con el Athletic y pieza clave del histórico Betis campeón de Liga en 1935, regresó a Bilbao tras la guerra para seguir sumando títulos y compartir vestuario con otra leyenda: Telmo Zarra. Aquellos futbolistas se vieron sitiados por la geopolítica.