Durante décadas, el Cinturón de Hierro ha sido presentado como un proyecto monumental inacabado, una vasta línea defensiva levantada contra reloj, víctima tanto de la presión militar franquista como de la traición que posibilitó quebrarlo. Sin embargo, un nuevo estudio del historiador Aitor Miñambres Amezaga (Bilbao, Bizkaia), una de las voces más autorizadas sobre la Guerra Civil en Euskadi, aporta una pieza clave mejorar el relato: el Cinturón sí contó con una guarnición propia, con tres batallones asignados, un comandante al frente y un comisario político cuidadosamente designado por el Gobierno de Euzkadi. Esa constatación rompe mitos y devuelve protagonismo a quienes, desde la retaguardia, defendieron el perímetro de la villa capitalina.

El hallazgo, recogido en su nuevo libro El Cinturón de Hierro, ayer y hoy. Historia completa de las defensas de Bilbao (Ed. Galland Books), aporta luz donde antes había conjeturas. Miñambres, director del Museo Memorial del Cinturón de Hierro y profundo conocedor de las fortificaciones vascas, combina en esta obra investigación documental, arqueología bélica y revisión crítica de fuentes militares. El resultado es una imagen más completa –y más vasca– de un episodio decisivo: la defensa de Bizkaia en la primavera de 1937.

El 29 de marzo de 1937, el Ejército ya franquista desde octubre de 1936, fijó su orden de operaciones contra Bizkaia. Según ilustra a DEIA, los generales golpistas Mola y Dávila planearon romper el frente vasco en el macizo de Albertia y avanzar hacia Otxandio y los puertos de montaña que daban acceso a Bilbao. A partir del 31 de marzo –día de los bombardeos italianos contra Elorrio y Durango-, brigadas navarras, artillería abundante y aviación de raid desplegaron una ofensiva que, pese a la resistencia vasca, obligó a reorganizar todos los recursos.

El coronel de Infantería José Givelondo. El Liberal

Ese contexto explica que, el 8 de abril, el Gobierno vasco hiciera un llamamiento urgente a todos los hombres aptos no movilizados, para destinarlos a labores de fortificación. Era un esfuerzo colectivo, gestionado por partidos, sindicatos y ayuntamientos, y coordinado por una Comisión Ordenadora del Trabajo de Defensa del País. Aquel empuje social constituye uno de los símbolos más intensos de la resistencia vasca. Pero el gran aporte del estudio de Miñambres es demostrar que, además de los gudaris de primera línea, existió una brigada estable destinada a la defensa interna del Cinturón de Hierro. Algo que, según se deduce, rara vez ha sido reconocido.

El 2 de mayo de 1937, el comandante Modesto Arambarri nombró al coronel José Guivelondo Mendezona jefe de las fuerzas militares encargadas de guarnecer permanentemente la línea fortificada. Esta unidad —conocida también como Brigada de Montaña— estaba formada por los batallones de Montaña nº 1, 2 y 3, herederos del histórico regimiento bilbaino de Garellano. Eran tropas disciplinadas, destinadas a estar allí donde el Cinturón fuese atacado y previamente necesitase manos que reforzaran alambradas, cavaran refugios o completaran camuflajes.

Isidoro Olaizaola, comisario del Cinturón. Familia Olaizola

Según documenta el ensayo ya a la venta, el lehendakari José Antonio Aguirre, consciente del valor estratégico de aquella defensa, exigió personalmente a Guivelondo informes diarios y redobló los recordatorios para que la brigada trabajara con intensidad: alambradas más densas, trincheras ocultas, refugios antiaéreos sólidos. A su manera, Agirre repetía la convicción de Leizaola, quien siempre defendió la necesidad de que la retaguardia vasca fuese también un frente moral y organizado.

Meses después, Guivelondo reconocería que la línea presentaba irregularidades, un “cinturón de goma” según sus palabras, que exigía redoblar esfuerzos. Herido en un bombardeo el 4 de junio en Lezama, fue hospitalizado; su brigada permaneció en el puesto hasta el final.

Miñambres rescata además el papel del comisario del Cinturón, figura clave para garantizar no solo la disciplina, sino también la moral política de unas tropas de pluralidad ideológica. “A Aguirre no le gustaba la idea del comisariado, porque lo veía como una forma de adoctrinamiento de inspiración soviética, pero acabó nombrando un comisario de cada una de las siglas que luchaban juntas”, agrega.

Carátula del libro. AHE

Así, el presidente vasco acabó aceptando la figura de los comisarios solo bajo un modelo propio: el Comisariado General de Guerra de Euzkadi, creado el 17 de mayo con una composición plural —ANV, PNV, CNT, PSOE— para frenar cualquier hegemonía comunista. Según el libro, esa estructura singularmente vasca, surgida en plena guerra, simboliza la voluntad del Gobierno vasco de mantener autonomía política, incluso en los momentos más oscuros.

Dos días antes, Isidoro Olaizola —oficial vasco, militante de Acción Nacionalista Vasca y jefe del Batallón de Ingenieros 8 Azkatasuna— fue nombrado Comisario Delegado de Guerra para el Cinturón y, por tanto, su guarnición. Su doble función, como técnico en fortificaciones y como referente político, fue decisiva. Participó en los trabajos prioritarios en Peña Lemoa y en el subsector de Fika, precisamente la zona debilitada por la traición del ingeniero elorriano Alejandro Goicoechea Omar, jefe de la obra evadido al campo franquista, nacido hace justo 130 años.

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El capitán Santiago Zubiaga dejó para la memoria una frase que Miñambres recupera: “Nunca trabajó con más ganas el batallón, aunque tampoco nunca tuvo una compensación más desagradable e injusta por su sacrificio y esfuerzo”.

El Cinturón cayó por su punto más débil el 12 de junio de 1937, allanando el camino hacia Bilbao. Pero lo que este nuevo estudio demuestra es que los antifascistas vascos defendieron aquella línea con estructura, con mando, con guarnición y con convicción política propia. “No fue improvisación: fue resistencia organizada”. Con “El Cinturón de Hierro, ayer y hoy”, Aitor Miñambres devuelve nombre y rostro a quienes custodiaron la última frontera de Bilbao que acabaría cayendo en manos del enemigo golpista el 19 de junio de 1937.