Jorge Sanz (Madrid, 1969) regresa a la gran pantalla con 9 lunas (2026), la nueva película de la directora Patricia Ortega. En esta comedia, el actor participa en una historia que aborda la identidad, la masculinidad y la familia desde la ternura y el humor. La cinta sigue a Ángel (Zack Gómez-Rolls), un joven entrenador personal y hombre trans cuya vida da un giro inesperado cuando descubre que está embarazado.

Una noticia que pondrá a prueba sus planes de futuro y su manera de entenderse a sí mismo. Hablamos con Jorge Sanz sobre su personaje y los temas que plantea la película, en una conversación en la que también repasamos algunos momentos de su vida y de su trayectoria profesional.

'9 lunas' está dirigida por Patricia Ortega. Julio Vergne

9 lunas aborda la realidad de un hombre trans embarazado, algo que todavía genera incomodidad o desconocimiento en parte de la sociedad. ¿Qué cree que puede aportar el cine cuando se acerca a estas historias desde la naturalidad y no desde el prejuicio? 

-De alguna manera, ayuda a normalizar situaciones que cada vez se dan más, que existen y que creo que todos deberíamos aprender a afrontar con cierta naturalidad.

Su personaje, el padre de Ángel, pertenece a una generación educada con una idea muy concreta de lo que debía ser un hombre. ¿Cómo se construye a un padre que quiere entender a su hijo, aunque no siempre tenga las herramientas para hacerlo bien? 

-Creo que mi personaje representa a toda una generación que ha vivido, crecido y sido educada con unas reglas y unas normas sociales más o menos estrictas. Es una generación que ve cómo los tiempos avanzan y que tiene que decidir entre cambiar o quedarse en el pasado, pensando que aquello que ha vivido y la educación que ha recibido son lo correcto. También puede entender que la vida y la sociedad evolucionan y que hay que evolucionar con ellas o, al menos, intentarlo. Mi personaje no entiende lo que está pasando, pero sí comprende que lo correcto es intentar aprender, adaptarse a los nuevos tiempos y mejorar de alguna manera.

¿Se ha sentido a gusto bajo la dirección de Patricia Ortega?

-Muchísimo. Antes de trabajar con ella ya era fan. Desde que vi Mamacruz me hice admirador absoluto de Patricia. Cuando me llamó para trabajar en la película, me metí de cabeza. 

Viene de una familia con un padre militar y una madre empresaria. ¿Cómo encajaron en su casa que quisiera dedicarse a este oficio? 

-Cuando empecé, era la época del destape y de la farándula. Fue mi padre quien me dijo que uno debía dedicarse en la vida a aquello que le hiciera feliz. Si a mí me hacía feliz trabajar en esto, se me daba bien y podía ganarme la vida con ello, tenía que luchar por conseguirlo. De alguna manera, fue él quien me puso la alfombra roja para que siguiera adelante. Eso sí, dentro de su orgullo, siempre decía: “A mí no me pidáis que vaya a los estrenos, porque ese no es mi mundo”. Sin embargo, con el tiempo descubrí que estaba mucho más orgulloso de lo que reconocía. Una vez se me acercó un hombre que había sido soldado a sus órdenes, porque mi padre era coronel, y me dijo: “Estuve con tu padre en un regimiento en León y todos los domingos nos ponía Conan el Bárbaro”. Mi padre decía que no, pero, al final, estaba más orgulloso que nadie.

Estuvo a punto de ser Tito en la serie Verano azul, pero sus padres no le dejaron por la duración de las grabaciones. Mirándolo ahora, ¿lo ve como una oportunidad perdida o como una decisión que quizá le protegió? 

-Ellos lo hicieron para protegerme. Me permitían hacer películas siempre que no me volviera gilipollas y sacara adelante mis estudios. Pensaron que dos años de rodaje era demasiado tiempo fuera de mi ambiente, de mis amigos, de mi colegio y de mis estudios, así que, de alguna manera, intentaron protegerme. Creo que hicieron bien y que aquella decisión ha marcado mi carrera. No sé cómo habría sido de otra forma, pero, echando la vista atrás, estoy más que satisfecho y contento con cómo ha sido.

Con Belle Époque llegó su proyección internacional. ¿Fue consciente en aquel momento de que estaban haciendo una película que iba a quedar en la historia del cine estatal? 

-Sabíamos desde el primer momento que estábamos haciendo algo grande. En el rodaje había un clima de mucha euforia: a todos nos gustaba muchísimo lo que estábamos haciendo, todo era muy bonito y muy divertido. Cuando haces una película, no piensas en la repercusión que puede tener ni en los premios que puede ganar. Piensas en hacerla lo mejor y lo más bonita posible, para que la gente que la vea disfrute al máximo. Belle Époque es una película que solo nos ha dado satisfacciones. El rodaje fue idílico, la historia era idílica y la acogida del público también lo fue. No se puede pedir más.

Ha contado con mucho humor episodios complicados de su carrera, como cuando Almodóvar le sustituyó en Carne trémula. ¿El humor ha sido una forma de protegerse de los golpes de la profesión? 

-El humor es una forma de protegerse de la vida en general. La propia vida ya se ocupa de intentar ponerle la zancadilla al sentido del humor, pero creo que es una buena manera de afrontarla: tomándose las cosas con la ligereza que merecen. 

En ¿Qué fue de Jorge Sanz? se interpretó a sí mismo en un mal momento profesional, económico y personal. ¿Fue una terapia, una broma muy seria o una forma de recuperar el control sobre su propia imagen? 

-Fue una manera de hacer lo que yo quería. Lo que pasa es que nos salió demasiado bien y la gente me preguntaba: “Oye, ¿de verdad estás mal?”. Y yo les decía: “No, estoy haciendo una serie de televisión, ganando mucho dinero y, además, haciendo lo que me gusta”. Estaba haciendo algo original, algo que no se había hecho nunca en España: un falso documental. El formato ya existía, pero aquí no se había hecho antes. A nivel profesional, no podía sentirme más gratificado. Estaba haciendo lo que quería, como quería y con quien quería. No me podía ir mejor. De alguna manera, estaba triunfando. Eso es lo que me gustaría hacer siempre: lo que me gusta y con quien me gusta. Creo que también fue una manera de reinventarme. En este oficio es muy importante saber hacerlo y ofrecerle de repente al público algo nuevo, sorprenderlo. Para eso fue ideal. Es uno de mis mejores personajes, y pensar que uno de ellos sea yo mismo, o la imagen que la gente tiene de mí, me parece maravilloso.

Ha hablado abiertamente de problemas económicos y de la ayuda de amigos como Antonio Resines o Santiago Segura. ¿Cuesta más reconocer la vulnerabilidad cuando uno ha sido una cara tan conocida durante tantos años? 

-Creo que reconocer la vulnerabilidad también supone reconocer la grandeza de este oficio. Sobre todo cuando llevas tantos años, lo difícil no es estar bien, sino seguir estando. Este oficio tiene momentos muy grandes y otros en los que hay que saber aguantar. Para eso está la vida: para enseñarte, siempre que tú quieras aprender. Hay que saber estar cuando tienes mucho trabajo y también cuando tienes poco. No pasa nada, forma parte del oficio. Lo importante es aprender a vivir sin depender de este trabajo ni de ningún otro. Este oficio también está lleno de momentos en los que hay que pagar facturas y decir: “Oye, tronco, échame una mano, que no llego a fin de mes”.

Jorge Sanz ha hablado con sinceridad sobre momentos duros de su trayectoria. Julio Vergne

Ha pasado por cine, televisión, teatro, comedia, drama, realities y hasta programas como MasterChef Celebrity o El desafío. ¿Le molesta que a veces se mezcle al actor con el personaje televisivo? 

-No, creo que también forma parte de este oficio. De alguna manera, cada uno decide cómo quiere llevar la fama y la repercusión. He descubierto que, cuando te conviertes en un personaje público, se abre un abanico de posibilidades. Mi intención es trabajar en el cine y en la interpretación toda mi vida, pero también sé que esa exposición puede darte otras oportunidades y otras formas de ganarte la vida. Estoy dispuesto a aprovecharlas todas.