Uno de los narradores más influyentes de la literatura vasca contemporánea, Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951), parece vivir siempre con un cuaderno a mano. De esas notas dispersas, a veces, nacen libros como Golondrinas (Alfaguara, 2026), en el que se aproxima a la azarosa vida de José Manuel Urtain, uno de los grandes juguetes rotos del boxeo. A través de la voz de cuatro ángeles infernales, Atxaga construye una reflexión sobre el olvido, el desamparo y sus consecuencias, y sobre cómo ciertas circunstancias pueden empujar a una vida hasta el límite.
¿Por qué ha elegido a Urtain como eje de Golondrinas? ¿Qué encontró en su figura que le permitiera contar esta historia?
-Es un punto de partida. Hay que imaginarlo en círculos, porque tú puedes tomar el caso de Urtain y entrar, si me lo permites, en el círculo de Obaba, el círculo del mundo rural, de las apuestas. Podrías entrar también en un círculo más convencional: el del boxeador que alcanza la gloria y que se convierte en un juguete roto. Ese es el que menos me ha interesado.
¿Y el que más?
-El círculo que sí me ha interesado y que aparece a lo largo del libro en diferentes personajes y de diferente manera es el desamparo. Se produce cuando una persona deja su espacio, normalmente protegido, y salta a otro muy diferente con otras fuerzas, con otras personas. Un espacio en el que no se acomoda. El de Urtain es un caso clásico. Supe por un amigo suyo cómo era su lápida. Y lo que figura en ella es el buey. ¿Alguna referencia al boxeo? Ninguna. No estaba en su mente, era un mundo ajeno. Y ese es su desamparo.
Nos la cuenta desde la perspectiva de un ángel caído y sus tres compañeros de comando, con una mirada atravesada por cierta crueldad y humor negro. ¿Le resulta más fértil narrativamente que una mirada compasiva?
-Aquel que solo ve ángeles buenos está condenado a no hablar públicamente sobre el genocidio de Gaza. Si solo quieres saber de ángeles buenos y no leer la versión de los malos, estás condenado a ser indiferente al mal que ocurre delante de tus ojos.
Por cierto, dijo que no regresaría a la novela y, sin embargo, aquí está con su nueva obra ¿Qué le hizo cambiar de opinión y regresar a este territorio?
-Dentro de la novela hay un momento en el que un pintor está en horas bajas. Entonces, el ángel Uzariel le dice: “Tú tienes dentro de ti la dinamo, el don”, que es las ganas de pintar, que son a lo mejor las mismas que en el Paleolítico en la cueva, cuando pintaban a pesar del frío, a pesar de todo.
Pero, ¿en su caso?
-En mi caso, yo acabo una novela y termino muy fatigado por la tensión que trae consigo la propia novela. “Se acabó”, digo. Realmente, me sale del corazón. Pero, pasan unos meses, y ese motor, esa necesidad de escribir, me lleva a tomar apuntes… Te puedo contar cómo comienza esta novela exactamente.
¿Cómo?
-Estaba paseando por Zestoa con mi mujer cuando pensé: “¿Y dónde estará Urtain?”. Pregunté a un vecino y me dijo que no estaba en ningún sitio. Pasaron 25 años de su muerte y lo quitaron todo. Su tumba desapareció y la hierba es lo único que se ve. Eso me impresionó. Es el hombre que más televisores ha vendido. Cuando tenía combates, se vendían como rosquillas porque todo el mundo quería verle. Imagínate el nivel de fama y presencia que tenía.
Impresionante.
-Ese detalle, que ya no existiera ni rastro…, es que va más allá que el barroco, porque ahí aparece un príncipe con todas sus galas, pero hay una calavera. En este caso, ni eso. Y, de ese apunte, entré a la novela.
Un apunte sobre lo fugaz de la existencia y del olvido.
-Es un tema muy grande que cada cual lo puede aplicar a su propia vida, porque los grandes temas tienen un mensaje para cada uno de nosotros. A mí me afectó recordarle cuando le conocí, esa ligereza al caminar, cómo saltaba, era un héroe con todas las chicas del pueblo… Y, de repente, no hay nada.
Además, llega con el Premio Nacional de las Letras Españolas. Después de tantos reconocimientos, ¿qué lugar ocupan hoy los premios para usted?
-Los premios son muy importantes cuando eres joven. Cuando gané el concurso de cuentos en Ciudad de San Sebastián -creo que era- tenía poco más de veinte años. Para mí fue, no sé cómo decirlo, como una descarga eléctrica, como si me hubieran galvanizado. Todo eso fue muy importante. A partir de ahí, sencillamente, los premios…, bueno, los agradeces. Si no, no estaríamos aquí.
La novela también aterriza en un momento en el que el suicidio ha vuelto al centro del debate público. ¿Qué nos dice el caso de Urtain sobre esta realidad? ¿Cree que la literatura puede ayudar a pensar sobre ello?
-No es fácil, pese a la literatura, iluminar cuestiones que, en el fondo, no pueden explicarse del todo. Pero hay algo importante que subrayar: como ocurre con la soledad, todo depende de las circunstancias. No creo que lo importante sea la condición psicológica del sujeto. Eso viene, digamos, por añadidura. Lo que mata es una determinada situación: mata la demencia, puede ser una enfermedad tremenda, y también puede ser la ruina económica. Sin haber salido de mi pueblo natal, he conocido tres suicidios, y los tres por motivos económicos, por la ruina en la que se vieron sumidos. Así que, a mi juicio, cuando se habla del suicidio, hay que hablar, sobre todo, de las condiciones sociales.
Explíquese.
-Yo sé que ahora todo el mundo tiende a hablar de lo individual. Pero lo individual, antes que nada, es social. Y a mí me parece que, cuando se habla de los suicidios, hay que tener eso en cuenta. Hubo una época -la de la antipsiquiatría- en la que se decía que no existe el loco, sino el enloquecido: aquel a quien las circunstancias, la sociedad, llevan a la locura. Pues bien, en este caso podríamos decir algo parecido: no existen los suicidas, sino los “suicidados”, es decir, personas a las que se empuja al suicidio por determinadas condiciones. En el caso de Urtain fue, sobre todo, por su circunstancia económica.
"Hoy en día los libros se pueden hacer a precio de cebolla"
Golondrinas se mueve en la frontera entre lo real y lo fantástico. ¿Qué le interesaba explorar desde ahí?
-Yo utilizo lo fantástico como unos prismáticos. Es decir, los personajes que no son de este mundo, que no son de carne y hueso, me sirven para hablar más -y, a poder ser, mejor y con mucho más detalle- de lo que me importa de la realidad. Es un tipo de realismo que es el que más me interesa. A mí me interesa lo que ocurre en la realidad, lo real. Pero, para contarlo, me sitúo en un punto de vista distinto: por ejemplo, a través de un fantasma, de un animal o, en este caso, de unos ángeles militares, que me permiten centrarme solo en aquello que considero esencial de eso que es real.
El mercado editorial atraviesa un momento de efervescencia, con una altísima producción de títulos. ¿Cómo valora el panorama literario actual? ¿Cree que la literatura en euskera cuenta con el apoyo suficiente en este contexto?
-El gran problema es la distribución. La producción hoy en día no tiene gran significado, porque prácticamente los libros se pueden hacer a precio de cebolla. Existen técnicas para ello. Lo que requiere de mucho esfuerzo es que ese libro tenga un recorrido. Ahí está la clave. Y eso hace que algunas literaturas, como la que está escrita en euskera, tenga dificultades. Hay autores y autoras muy interesantes. Además, no solo es un problema económico, sino también ideológico.
Hablando de libros, ¿qué novela ya escrita le hubiese gustado escribir y por qué?
-(Bernando guarda silencio y medita la pregunta). Me hubiera gustado escribir Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi. Me impactó mucho.