Carla Gracia, escritora: “Tenemos que alejarnos del romanticismo perfecto”
Brotando entre las penalidades más crudas, la escritora catalana cultiva en ‘El jardín dormido’ numerosos relatos organizados en base a las palabras de un diccionario por orden alfabético para demostrarnos que en la cotidianeidad se esconde lo más importante de la vida
De forma íntima y luminosa, Carla Gracia reflexiona sobre el poder sanador del arte a través de la literatura, la pintura y la experiencia personal; trazando así en El jardín dormido un recorrido que reivindica la imperfección como forma de verdad.
¿Cómo se llega a escribir una novela romántica, que a la vez es un relato gótico y un tratado de botánica, con ecos de las grandes obras de la literatura victoriana?
No estoy segura de si es una novela romántica en el sentido tradicional de la palabra, de una mujer que busca a un hombre que la salve de una vida difícil, tipo Cenicienta. Pero sí es romántica en el sentido de los inicios del romanticismo, que empieza con Jane Austen en un momento en el que se empieza a hablar de la libertad de la mujer. No de la que busca un marido, sino de la de decidir su propio destino. Y desde Austen vamos a las hermanas Brontë, que a mí me apasionan, y es donde empieza ese romántico gótico. Esa búsqueda de las sombras. Creo que nos tenemos que alejar de ese romanticismo perfecto. Todas las mujeres del momento más gótico son normales, pero se ven muy interesantes o son las protagonistas porque se atreven, son valientes de adentrarse en este jardín dormido, en este caso, y de no seguir esa vida anodina de lo que todo el mundo espera de ellas.
Cada capítulo lleva el nombre de una flor distinta, con su descripción poética y una ilustración originada por usted. Si tuviera que elegir entre la escritura o la ilustración, ¿por cuál se descantaría?
Soy principalmente escritora, pero de lo que sí me he dado cuenta es de que todo el arte está conectado, porque la raíz es la necesidad de mostrar una herida, de no esconderla. Yo escribo desde ella, en este caso, desde la herida de no sentirme suficientemente perfecta y de tener que despojarme de esa perfección para atreverme a ser un poco más salvaje. Como las flores y las plantas, que por mucho que quieras controlarlas, no las puedes controlar del todo. Cuando era pequeña, tres profesores míos me dijeron: “Dedícate a lo que quieras menos a escribir”, porque soy disléxica. También me dijeron: “Lo de pintar no sé si se te da bien”, y ahora pinto... Mi madre me decía: “Mejor no cantes, que lloverá”, y ahora estoy empezando a hacer canciones también. Lo que estoy haciendo es lanzarme a hacer todo lo que me apetezca y me salga del corazón. A lo mejor no es perfecto, pero si transmite, vale la pena.
¿Escribir desde esa herida y el diagnóstico de TEA de su hijo es lo que le ha motivado a usar este género, healing fiction (ficción curativa), para ayudar al resto?
Sí, totalmente. Cuando te pasa algo muy fuerte en tu vida como tener un niño muy pequeño que te dice: “Mamá, mi vida no tiene sentido”, y se quiere tirar por el balcón, tiene un brote psicótico y no sabes cómo ayudarle, todo pierde sentido. Lo único que lo tiene es acompañarle y encontrar un camino. Con todo me refiero al puesto de trabajo que tan duramente te ha costado lograr, la pareja, cualquier cosa... Y lo que hice es darme cuenta, al cabo de un tiempo, de que yo también necesitaba tiempo para estar bien. Si no, no podía ayudarle, así que los lunes por la tarde me di dos horitas para mí. Fui al Centro Cívico a ver qué curso hacían y era el de pintura. Me apunté y ahí empecé a pintar flores y a crear un poco este jardín. Pero sí, a mí, mi hijo me permitió parar de la vida, del ruido exterior durante dos o tres años, escribir, pintar y entregarme a mis heridas para curarlas.
Ha sido premiada con el Alghero Donna de Literatura y Periodismo de Roma, ¿qué expectativas tiene?
Durante muchos años quería ser reconocida como escritora, porque siempre vivimos con ese síndrome de la impostura. Y en la escritura más, porque, ¿qué te hace ser escritora en nuestro país? No hay una carrera para ello. En Inglaterra es distinto, puedes hacer carrera, máster, doctorado... Aquí no. ¿Qué te hace serlo? ¿El hecho de vender mucho?, a lo mejor no. ¿El hecho de gustar?, es muy subjetivo. Entonces, quería ser reconocida por el círculo, por las personas que saben. Incluso hice uno de los doctorados más difíciles de escritura creativa que hay en el mundo. “Entonces sí seré reconocida”, pensaba. Pero cuando llegué a ese punto y lo cumplí, me daba igual. Empecé a escribir desde el corazón sin que me importara. Lo que me importa es que lo que haga a mí me ayude a entenderme y a vivir mejor, y que al otro le trasmita algo, le remueva por dentro.
Por último, sus protagonistas tienen todas nombres de flores (Abelia, Iris, Lily: lirio), y es que estas tienen su propio lenguaje. Si tuviera que regalarle una a las personas más importantes de su vida, ¿cuál regalaría, a quién y por qué?
Creo que hay una para cada ocasión, es muy difícil que una sola planta contenga todo, ¿no? A mi hijo Gael, el mayor -que tiene autismo ahora mismo-, le regalaría una pasiflora. Es una flor que solo se abre 30 segundos. Y le diría: “No te preocupes, llegará el momento de florecer”. A mi madre le regalaría una verbena, es una flor de ilusión y protección, y siempre me ha dado ese apoyo. Mi otro hijo pequeño, de 4 años, es como una mimosa, porque es el entusiasmo personificado. Y yo, a lo mejor sería un ciprés, porque quiero ser ese arreglamiento o pilar para mis hijos ahora mismo, que tengan un sitio a dónde ir, un referente. Que siempre puedan ver y digan: “Ah, ahí está el ciprés”. Esa hospitalidad, ese abrazo que te da siempre.
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