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Estado de gracia

Un cuarto de hora es suficiente para el Madrid, arrollador ante un Milan apático

Estado de graciaEfe

REAL MADRID 2 - 0 MILAN

REAL MADRID: Casillas; Arbeloa, Pepe, Carvalho, Marcelo; Khedira, Xabi Alonso; Özil (Min. 82, Lass), Di María (Min. 84, Granero), Cristiano Ronaldo; e Higuaín (Min. 89, Benzema).

MILAN: Amelia; Zambrotta, Nesta, Bonera, Antonini; Pirlo, Gattuso (Min. 58, Boateng), Seedorf, Ronaldinho (Min. 71, Robinho), Pato (Min. 87, Inzaghi); e Ibrahimovic.

Goles: 1-0: Min. 13; Cristiano. 2-0: Min. 14; Özil.

Árbitro: Pedro Proença, portugués. Amonestó a Bonera, Boateng, Antonini y Di María.

Estadio: Unos 80.000 espectadores en el Santiago Bernabéu.

bilbao. El Real Madrid chutaba y chutaba en su afán por el gol y algunos hablaban de ansiedad. José Mourinho, que tiene palabras para todo, uno de los tipos con más frentes abiertos del mundo, decía armado de pausa y calma: "Algún día, alguien lo pagará". Palabras cuasimesiánicas que auguraban el porvenir más cercano sin tarot. Simple y llanamente hablaba la voz de la experiencia. Cuestión de tiempo, de toparse con una de esas gloriosas etapas de gracia de las que tanto dependen quienes apuestan por la pegada ofensiva. Ayer, frente al Milan, en lo que Casillas consideraba "el primer partido serio de la temporada" -palabras cuanto menos curiosas habiendo perdido la pasada Liga por tres puntos-, el conjunto blanco atropelló dicho estado de fortuna, no sin hacer méritos para cazarlo. Eso sí, 15 minutos de explosividad bastaron para desarbolar a un endeble Milan, tan apático como vetusto, tan desdibujado como plano.

El Madrid saltó al césped del Santiago Bernabéu con la fuerza de un ciclón, arrollador. Máxima intensidad y gas a fondo al sudor, los hombres de Mourinho encajonaron a un expectante bloque italiano que se defendía como lo hace un sparring en boxeo, limitándose a esquivar los envites del rival. Una oda a la supervivencia la de los rossoneri. Una propuesta escenificada tan modesta como esperpénticamente para un grande de Europa, para un equipo que defiende el honor de siete Copas de Europa en sus vitrinas.

Los blancos alternaban posesión con celeridad buscando la flaqueza física italiana propiciada por la edad media visitante. Y los pocos balones controlados por los transalpinos eran incomprensiblemente jugados en pro del lucimiento personal más que del bien colectivo. Seedorf y Ronaldinho vivieron otrora tiempos mejores. Las malas decisiones engordaban a un Madrid sediento de victoria. Y ante la tempestad, cuajó la fortuna. En el minuto 13 y de falta directa, Cristiano Ronaldo decantó la balanza con la colaboración de una barrera hueca que puso alfombra roja al disparo. Lo que no venía entrando, entró. Arrivederci ansiedad. Ciao desatino.

La euforia trajo resaca. Acto seguido al tanto, en la siguiente jugada de ataque, el Madrid, con Ronaldo de baluarte ofensivo, omnipresente el portugués, halló el camino hacia el segundo. El luso recibió en banda izquierda y asistió al invisible pero más que nadie imprescindible Özil -con la salvedad del maestro Xabi Alonso-. Al germano, que no le hace falta hacer ruido para ser aplaudido en el exigente Bernabéu, instaló el 2-0 en el luminoso. Y, al igual que en el primero, la fortuna obró de manera que el rebote del disparo dejó al guardameta Amelia de mero espectador. Era la confirmación definitiva de que el Madrid había visitado a la gracia frente a un Milan noqueado en el primer intercambio de golpes. 15 minutos que rayaron la perfección para los madridistas mandaron al traste la ambición visitante.

un milan errático El segundo mordisco para los de casa dejó un Milan malherido y casi enterrado en su vaga propuesta, e Higuaín pudo ejercer de sepulturero antes de que Zambrotta, en el minuto 25, protagonizara el primer zurriagazo italiano. Algo anecdótico, si bien dio paso a las dos mejores oportunidades del Milan en la primera mitad. Pirlo mandó el esférico al larguero -tocó Casillas antes- y Seedorf marró solo ante la portería. Los rossoneri economizaban esfuerzos con balones directos, verticales, pero ni Pato ni Ibrahimovic ejercían de dianas. La ansiedad era obvia y contraproducente. No en vano, antes del descanso el Madrid (Ronaldo, Di María y Özil) pudo sentenciar a la contra. La jovialidad se armaba con velocidad.

El segundo acto fue casi trámite; el Milan nunca creyó en la remontada, cediendo incluso la posesión a un Madrid que seguía causando estragos con sus movimientos entre líneas. Los blancos trabajaban con armonía apoyados en las transiciones. Se llegó incluso a un estado de sopor interesado. Una liza en coma, de encefalograma plano. Y eso que Ibracadabra y Robinho -a quien le regalaron semejantes perlas: "Muerto de hambre, muérete"- pudieron sembrar nerviosismo. No obstante, el estado de gracia tenía dueño.