La construcción sostenible se ha consolidado como uno de los ejes clave de transformación del sector edificador en Europa y, de forma creciente, también en Euskadi. No es una moda o una tendencia a seguir, sino que se trata de un cambio estructural que redefine cómo se diseñan, construyen y gestionan los edificios, con el objetivo de reducir su impacto ambiental y mejorar la calidad de vida de las personas.

En este sentido, el concepto de construcción sostenible abarca todo el ciclo de vida de un edificio: desde la selección de materiales hasta su uso y posterior demolición o reutilización. Y si esto se traslada a la parte más práctica se traduce en la apuesta por soluciones que reduzcan el consumo energético, limiten las emisiones de CO₂, optimicen el uso del agua y prioricen materiales de bajo impacto ambiental.

La relevancia de este modelo de construcción es creciente si se tiene en cuenta que el sector de la edificación es responsable de cerca del 40% del consumo energético y de alrededor del 36% de las emisiones de CO₂ en la Unión Europea. Estos datos han impulsado una batería de normativas y estrategias comunitarias orientadas a descarbonizar el parque inmobiliario, con objetivos ambiciosos de cara a 2030 y 2050.

Este ámbito es uno de los más contaminantes a nivel global debido a su elevado consumo de recursos y energía.

En el caso de Euskadi, esta transición ya está en marcha. El impulso a la rehabilitación energética se ha convertido en uno de los principales motores del sector, apoyado por fondos europeos y programas públicos que incentivan la mejora de la eficiencia en viviendas antiguas. Se estima que más del 60% del parque residencial vasco fue construido antes de 1980, lo que abre un amplio margen de actuación en términos de renovación y adaptación a los nuevos estándares energéticos. 

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Sin embargo, el camino hacia una construcción plenamente sostenible no está exento de desafíos. Uno de los principales es el coste inicial de estas soluciones, que en muchos casos sigue siendo superior al de la construcción convencional, aunque se compensa a medio y largo plazo con el ahorro energético. A esto se suma la necesidad de formación especializada y la concienciación.

Aunque la demanda de viviendas sostenibles va en aumento, todavía existe cierto desconocimiento entre los consumidores sobre sus beneficios reales. La colaboración entre administraciones, empresas y ciudadanía será clave para acelerar este cambio.