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Ingeniárselas para ser ciclista

Ander barrenetxea compaginó los estudios de ingeniería industrial con ser profesional

HABLA dibujando las palabras, midiendo las frases, calculando el discurso como si imaginara estructuras, trazara piezas, sopesara cargas y estimara fuerzas. La cautela manda sobre Ander Barrenetxea (Galdakao, 1992), aunque en realidad el corredor del Euskadi-Murias pertenece a un arrebato, a la pasión de ser ciclista, una pasión capaz de compaginarla con estudios de Ingeniería Industrial, una carrera con las aristas de un Mortirolo, una carrera de grandes rampas. “Con la edad que tengo ahora, cuando lo pienso, creo que no hubiera hecho esto: compaginar el ciclismo y el estudio de la ingeniería, pero claro, cuando me empeñé era más joven y si volviera a aquellos años, supongo que repetiría la experiencia”, confiesa Ander Barrenetxea.

Al ciclista vizcaino la mente le recitó una cosa, pero el corazón, cabezón, le pidió otra. Las cosas del querer y sus caprichos, que no entienden de lógica. Ander quiso ser ingeniero y deseó ser ciclista. Se encumbró sobre ambos retos en un deporte que exige muchísimo sacrificio e incontables horas acodado sobre el pupitre de la carretera. “No fue fácil”, rememora sobre su paso por la Escuela de Ingenieros de Bilbao. Barrenetxea se levantaba entre las 6.30 y las 7.00 horas de la mañana para acudir cada día a la universidad, que no hace distingos. “Las clases empezaban a las ocho y como éramos de los primeros con el plan Bolonia pasaban lista. Había que asistir sí o sí”, argumenta el ciclista. Una vez concluidas las clases, “sin prácticamente tiempo para comer”, Barrenetxea salía a entrenar.

Le esperaba otra carrera. A contracorriente. Por la tarde. Al regresar a casa, cuando al día no le sobraba luz, le esperaba el flexo como foco de atención y el encierro como método. “Ingeniería es una carrera que obliga a estudiar mucho”, dice. El día a día era duro, intenso, siempre cargado, sobre todo, en exámenes, cuando suben las pulsaciones y juguetea el nerviosismo. “Durante la época de exámenes no podía entrenar tanto y luego eso se nota en el rendimiento que puedes dar. Lo pasaba mal y no me llevaban a las carreras porque no estaba preparado”, explica el ciclista del Euskadi-Murias, que logró hacer el grado de Ingeniería Industrial “prácticamente curso por curso”. Para el máster, Barrenetxea se dio más tiempo. “Decidí tomármelo con más calma”. Finiquitado, Barrenetxea realizó las prácticas en el Parque Tecnológico de Zamudio en el verano del pasado año. “Finalizar los estudios supuso un alivio en el sentido de que me podía centrar más en la bicicleta”, remarca el vizcaino, que se define como “un ciclista de equipo”.

corredor de equipo Barrenetxea pertenece al Euskadi-Murias desde el nacimiento de la escuadra al calor de la Sociedad Ciclista Arratia. El galdakoztarra siempre estuvo vinculado a ese club. Allí creció hasta dar el salto al profesionalismo en 2015 desde el Opel Ibaigane, el equipo aficionado. Barrenetxea se alistó a una carrera de gran fondo que en realidad bifurcaron en dos odiseas, desde que pedaleaba en un triciclo “azul con ruedas de madera”, su primer contacto con los pedales. Aún no sabía que la cadena le llevaría al profesionalismo, tan lejano siendo tan pequeño que era un no lugar. “Mi aita me enseñó a andar en bici”, recuerda sobre el sentido lúdico que acompaña a los niños que descubren el mundo. Después se subió sobre una BH Galibier, bicicleta que aún conserva. Una montura con nombre de un puerto mítico del Tour. Antes, las bicicletas tenían apellidos románticos, sugerentes, para alimentar la imaginación y los lugares en los que uno no ha estado.

El flechazo del galdakoztarra hizo varias dianas. “De pequeño ganaba carrerillas”, dice el ciclista, como si la nostalgia le dibujara cierta felicidad. En el profesionalismo, su rol es otro. “Tengo claro que mi función es trabajar para los líderes. Cuando ellos ganan, ganamos todos”, desbroza. Esa sensación se disparó en el Tour de Turquía, el día que en medio del suspense, Edu Prades, se llevó la carrera. “Al acabar, ninguno teníamos muy claro quién había ganado. Durante unos segundos, 10 o 15, se hizo el silencio. No se oía nada por los pinganillos hasta que supimos que ganó Edu. Fue un puntazo, una explosión de alegría. Porque cuando gana uno, ganamos todos”, relata Barrenetxea, que espera que el próximo curso sea igual de bueno para el Euskadi-Murias. “Estaría muy bien repetir lo que he hemos hecho”. Mientras tanto sueña con disputar alguna gran clásica, “como la Amsteld o Lieja, mejor sin adoquines”, bromea el vizcaino después de ingeniárselas para ser ciclista.