bilbao. Parten del norte, Liguria, cerca de Génova, la arena de la playa de Quarto. Es la Spedizione dei Mille. Lo hacen de noche, entre las sombras y a la sombra de Giuseppe Garibaldi, el brazo militar de Cavour, estandarte político de la rebelión. Desembarcan en Sicilia. El norte y el sur se unen con sangre. Italia es una. Turín, su capital. Risorgimento, festejan los jóvenes agitadores de la unifación de Italia de 1861.

Risorgimento, podrían volver a gritar 150 años después, en las mismas calles de Turín, donde parte mañana el Giro de las grandes pasiones, Coppi y Bartali, cogido por los pelos en las últimas ediciones, convertido en una cuestión local, la cossa nostra, salvo excepciones, y reanimado en el centoanni -2009- que se agarraba a la leyenda como a un clavo ardiendo. Risorgimento, parece gritar la sonrisa abierta de los organizadores de una carrera que dignifica la presencia de Alberto Contador, el mejor ciclista del planeta, el ganador inagotable que no ha perdido ninguna de las grandes que ha corrido desde 2007 -tres Tours, un Giro y una Vuelta-; el campeón que desembarca en Italia tres años después de hacerlo en chancletas y bermudas, con la arena de la playa de Chiclana entre los dedos de los pies, reclutado por Johan Bruyneel a última hora, para acabar de rosa y venerado en Milán; el atleta a quien los italianos respetan, aplauden y agradecen su regreso al Giro. A pocos les importan que su presencia sea circunstancial, que la provoque el renglón torcido del clembuterol en la loca historia del madrileño y que la legitimidad de su dorsal siga en manos del TAS. Contador está en Italia. Punto. Nadie se cuestiona nada más.

Nibali, el 'terroni' Ni siquiera pese a que su presencia eclipse a los italianos, mermados sin Ivan Basso, su último vencedor. A Contador todo el mundo le ve de rosa. El rosa de las páginas de la Gazzetta dello Sport, periódico que propulsó la carrera y que prestó el color a la tela que viste el líder del Giro, el mejor pegamento social de una Italia, unida pero desmembrada, que no es el sueño de los mil de la expedición de Garibaldi porque la distancia entre el norte y el sur sigue siendo abismal. Son dos mundos. El norte mira al sur con soberbia y desprecio. Son los terroni, el grito feroz que se escucha atronador en los estadios del Calcio cuando los equipos del sur viajan al norte. El grito burlón con el que los tifosi hablan de que jamás existió un gran campeón ciclista que fuera terroni salvo Di Luca, que es de Spoltore, de los Abruzzos, que es el sur digno y respetado por el norte. Ningún campeón terroni, dicen, antes de encontrarse con la circunstancia de que el gran rival de Contador en el Giro es un siciliano de Messina, 26 años, que en 2010 fue tercero tras Basso, al que ayudó como un buen trabajador abnegado y obediente, y David Arroyo, y que meses después, en septiembre, ganó la Vuelta a España en la que reinaba Igor Antón, un líder fuerte, joven, escalador e ilusionante, que se quedó atornillado al asfalto cántabro que alfombra el inicio de la subida a Peña Cabarga.

El Giro del Risorgimento es también el de los jóvenes, los ciclistas de la generación de los nacidos en los 80 que lidera el propio Contador y que rompe el encanto de los viejos de los 70 que han dominado el Giro, salvo en 2008 cuando irrumpió de improviso de Alberto, en la última década y que han demostrado que la resistencia y la experiencia es la mayor de las virtudes del ciclismo.

Es el Giro de Nibali, el primer campeón terroni que encarna como nadie el ideal de la unificación de una carrera, pasión de pasiones, que nace en la primera capital de Italia, Turín, mañana, una crono por equipos, baja rápida por la costa mediterránea, hasta Regio Calabria, salta a Sicilia, sube dos veces el Etna y regresa al norte para empezar una maratón montañosa terrorífica, los Dolomitas sublimes, los Alpes de piedra, y acaba por decidirse en una crono en Milán. Es el Giro, también, de Igor Antón, 28 años, el escalador en el que confía Euskaltel-Euskadi para acabar con una historia breve pero intensa, de lágrimas e infortunio en Italia, pues jamás el equipo naranja ha tenido nada que llevarse a la boca en sus cuatro participaciones anteriores salvo el dolor infinito de las caídas que acabaron con las carreras deportivas de Alberto López de Munain en 2005, año del debut de bloque vasco, y Roberto Laiseka, lastimosamente astillado en 2006. Antón, dice, sueña con una etapa, un logro mayúsculo, pero hay quien piensa que el don para la escalada, los genes de su amama, la ama de su aita, una mujer coraje, le debe acercar a sueños mayores que Igor elude desde el conformismo de los felices.

La segunda mitad de Giro se corre en las alturas. Terreno Contador. Terreno Antón. Terreno, también, Joaquim Rodríguez, que no es joven, tiene 32 años, pero es ligero y ágil y se adapta de maravilla a los puertos del Giro, las paredes que descubre Angelo Zomegnan al rastrear el mapa de Italia, Zoncolan, Crostis, y habla sin censura de luchar incluso "por ganar". A Purito le ayudará Danilo di Luca, que ganó el Giro de 2007 y fue segundo tras Menchov, antes de que le descalificaran por dopaje, en el de 2009. El ruso es el faro de la vieja guardia de la generación de los setenta. Su palmarés es el más musculado. Ha ganado un Giro y dos Vueltas. Su compañero Sastre, 36 años, un Tour.