El escritor basauritarra Jon Arretxe lleva años explorando los márgenes –sociales y narrativos– con una sólida trayectoria que ha encontrado en la novela negra un territorio fértil para contar lo incómodo. Tras once entregas de la saga del detective Touré, su personaje más reconocido, Arretxe cambia de registro con Cerdos y amapolas, una historia que mantiene el pulso del género pero se permite jugar con el humor, el ritmo y una galería de personajes tan cercanos como imprevisibles. En conversación con DEIA, el autor repasa ese giro, su forma de escribir y su relación con su nuevo lanzamiento.
Después de más de una década escribiendo novela negra muy ligada a la denuncia social, sorprende encontrarse con una obra como 'Cerdos y amapolas'. ¿Qué necesitaba usted como escritor?
—Necesitaba un poco de oxígeno. La saga de Touré ya iba por once novelas, muy negras, muy sociales, muy de denuncia, de lumpen, de barrio marginal, con inmigrantes ilegales, prostitutas de la calle, gente sin techo… Y me he ido completamente al otro extremo. He hecho una novela con personajes súper autóctonos, de estos de “ocho apellidos vascos”, que son igual de sinvergüenzas que los de las novelas anteriores o más. Gente acomodada que delinque por vicio, mafiosos… y no hay crítica social, nada. Es puro humor.
Ese cambio coincide con el cierre de la saga de Touré. ¿En qué momento decide ponerle fin?
—No lo tenía previsto de antemano. Según escribía la undécima novela no sabía si iba a seguir o no. Pero llegó un momento en que pensé: no sé si no estoy empezando a repetirme. Y eso me da terror. En las sagas hay mucho peligro de repetición. Yo había intentado que el personaje evolucionase, cambiar escenarios… pero aun así decidí parar. Dije: se acabó Touré. Me lo voy a cargar al final de la novela.
¿Cómo surge entonces la idea de esta nueva obra?
—No arrancaba. No se me ocurría nada. Tenía claro que quería hacer algo diferente, en clave de humor, con toques surrealistas, pero no tenía la historia. Y fue Carmen Nieto, una amiga escritora canaria, la que me dijo: “Si vives en el pueblo de las txistorras, empieza con un atraco en una fábrica de txistorras”. En cuanto tuve ese arranque, ya me tiré a la piscina y fui improvisando según escribía.
Ese comienzo marca mucho el tono de la historia.
—Sí. El arranque es un robo en una fábrica de txistorras de Arbizu. Y ya desde el principio los propios ladrones se dan cuenta de que aquello no tiene sentido: les pagan mucho dinero por robar algo barato. Sospechan que hay algo escondido dentro. El leitmotiv es saber qué hay dentro de las txistorras, quién anda traficando con ello y cuál es la trama.
Un robo en una fábrica de txistorras en Arbizu da inicio a una trama que conecta escenarios entre tres localidades de Euskal Herria
La novela se mueve entre Arbizu, Vitoria-Gasteiz y Basauri, tres lugares muy presentes en su vida.
—Sí, son los tres sitios en los que he vivido. Soy de Basauri, viví 15 años en Vitoria en mis tiempos de estudiante universitario y llevo más de 20 en Arbizu. Pensé que era buena idea meterlos. Hay un grupo de personajes en cada sitio que se van entrelazando a lo largo de la trama. Eso le da más variedad. Y al conocerlos tan bien, me he sentido muy cómodo escribiendo.
En el caso de Arbizu, esa cercanía podía jugar en su contra.
—Sí, era el mayor miedo. En Basauri o en Vitoria no pasa nada, pero en Arbizu somos mil habitantes y nos conocemos todos. Si pones a un fabricante de txistorra psicópata, alguien se puede dar por aludido. Así que intenté inventarme un personaje que no se pareciese en nada a nadie: un tío de 120 kilos, pelirrojo, exjugador de balonmano…
Sus personajes vuelven a ser muy particulares. Hay perfiles poco habituales en la novela negra.
—Sí, por ejemplo la yudoca con síndrome de Down, que es el personaje más original de la novela. Que yo sepa, no hay protagonistas de novela negra así. Igual que en su día busqué algo diferente con Touré, aquí también quería originalidad. Y necesitaba que fuese yudoca para que fuese creíble que reparte tortazos. Luego está el gran mafioso de Basauri y su hija, que es una matarife tipo Kill Bill. Son personajes muy interesantes.
¿Es cierto que no planea mucho al comenzar un relato?
—Sí, porque yo no hago escaleta ni esquema, que es lo que recomiendan. Pero yo así me aburro. Si ya sé lo que va a pasar, me aburro. Entonces voy improvisando. Estoy escribiendo un capítulo y no sé qué va a pasar en el siguiente, pero siempre se me ocurre algo.
De la Amazonia a Bilbao, el escritor defiende escribir desde los lugares que narra para reforzar la autenticidad de sus novelas
Por lo tanto, ¿busca trasladar esa incertidumbre al lector?
—Claro. Si yo no sé lo que va a pasar, el lector tampoco. Y en la novela negra eso es clave. Si veo que la historia va hacia lo previsible, intento darle un volantazo.
Sin embargo, sí hay una disciplina clara detrás.
—Sí. Una vez que empiezo una novela, la escribo del tirón. No la dejo aparcada. Pueden ser meses, pero sigo hasta terminarla. Luego sí, repaso mucho y la paso a amigos. Te dicen cosas que a veces duelen, pero si más de una persona coincide, hay que hacer caso.
¿Ha cambiado su rutina para escribir con el tiempo?
—Sí, antes escribía de noche, a partir de medianoche, me tiraba toda la noche. Pero ahora tengo hijos y eso es más complicado. Ahora hago lo que puedo. Me suelo encerrar en bibliotecas, en casa no puedo concentrarme.
Siempre ha defendido la importancia de escribir desde los lugares donde transcurren sus historias.
—Sí, cien por cien. Siempre que puedo escribo en el sitio donde se desarrolla la novela. Eso te da una base real, hace que todo sea más creíble. Y te salen personajes por todos lados.
La obra reúne personajes diversos, desde una yudoca con síndrome de Down hasta mafiosos, en una trama con tono ágil
Esa forma de trabajar le ha llevado a situaciones muy particulares.
—Sí, la primera vez fue en la Amazonia peruana. Me fui a unos bungalows en la selva con el ordenador y escribí allí una novela del tirón. Estaba en una chabola de madera, con una tarántula enorme encima de la cabeza todos los días. Sabía que no hacía nada, pero impresiona. Aun así, escribí súper a gusto. Y dije: a partir de ahora voy a hacer esto siempre que pueda.
También ha encontrado inspiración en lugares más cercanos.
—Sí, por ejemplo en el barrio de San Francisco, en Bilbao. Durante años tuve las llaves de un piso allí. Me iba cuando quería. Salías al balcón y no paraban de pasar cosas, todo era material novelable. Esa estrategia me ha funcionado muy bien.
Después de este cambio de registro, ¿qué mensaje le gustaría que encontrara el lector en esta novela?
–Sobre todo que disfrute. Es una novela para pasarlo bien, con ritmo, con humor. Después de tantos años escribiendo cosas más duras, quería divertirme y que el lector se divierta conmigo.