Propulsados por el grito de guerra ¡Hey Ho, Let´s Go!, Ramones abrieron la puerta al punk hace 50 años, adelantándose a sus máximas referencias británicas: Sex Pistols y The Clash. Y lo hicieron con un debut homónimo ya legendario, con 14 canciones de letras sencillas y sonido minimal, sucio y tan veloz como melódico despachadas en apenas media hora y grabadas en tiempo récord y con una inversión mínima de poco más de 6.000 dólares. A tumba abierta, hicieron historia con un pie en el depauperado distrito neoyorquino de Queens y otro en el del cómic.
Aunque nunca gozaron de un éxito comercial a la altura de su genio ni de su influencia posterior, conviene reivindicar a Ramones, un cuarteto que abrió una senda –alimentada años antes por proto punks como la Velvet, The Stooges o MC5– por la que alumnos aventajados –y estilistas como los que diseñaron su logo omnipresente todavía en el siglo XXI en camisetas– se colaron y se hicieron de oro mientras el cuarteto fue dando tumbos y diluyendo el atractivo de su propuesta mientras las relaciones personales entre sus miembros se descomponían –Joey, el vocalista, y Johnny, el guitarrista, dejaron de hablarse por una mujer y debido a sus enfrentamientos políticos– y la banda acabó actuando en lugares de mala muerte hasta su disolución.
De lo que no cabe duda es de la maestría de sus primeros discos, si me apuras incluso su aventura fallida junto a Phil Spector y su experiencia más dulcificada junto al productor Ed Stasium. “Los Beatles de mi generación”, en palabras de J. Carlos Parlange, el líder de los vizcainos Bonzos, hicieron historia especialmente con su debut. El próximo domingo, 26 de abril, se cumplirá medio siglo de su edición, ese disco de la portada inolvidable en la que el cuarteto –todos sus miembros fallecidos hace años por distintos motivos– se apoya en la pared de un callejón con sus orgullosas chupas de cuero, sus vaqueros y sus deportivas, con el largirucho Joey medio encorvado para no sobresalir demasiado, y Tommy, el batería, al contrario, de puntillas para llegar a la media de sus colegas.
Rápido y barato
Tras esa portada en blanco y negro que sirvió de modelo y casi se acabó copiando en el posterior Rocket to Russia, obra de Roberta Bayley, por entonces fotógrafa de la revista Punk, deslumbran 29 minutos de música inolvidable y pionera por parte de un grupo que salió propulsado del templo del underground CGBG para acomodarse en los estudios Plaza Sound de Nueva York y hacer historia en solo 14 días al grabar –por 6.400 dólares, lo que les costaba una farra de cocaina a Fleetwood Mac o el arreglo de un sintetizador a los grupos de rock progresivo– el considerado primer disco punk de todos los tiempos. El álbum, que no alcanzó la certificación de Disco de Oro hasta 2014, suena como un tiro todavía –y su posterior It’ s Alive como una ráfaga de metralleta–, y muestra a una banda real y sin trucos, a tumba abierta, mezclando melodías y guitarras con la mejor música de los 60, incluida la surf y el soul y r&b, y la fiereza del punk aderezada con la subcultura pop y la estética del cómic. “Energía en estado puro sin trucos, sin instrumentos pregrabados” y alejados de la megalomanía y el virtuosismo del rock progresivo y sinfónico de mediados de los 70, tal y como nos explicó Marky Ramone, su segundo batería, en una visita a Euskadi.
Batería de clásicos
Arropados por Sire Records, sello pequeño que daba cobijo a grupos de rock progresivo, surgió un disco que, cuenta la leyenda, se grabó con las mismas técnicas de ubicación de micrófonos de las orquestas en un cuatro pistas. Las guitarras se escuchan por separado en los canales estéreo: el bajo y la guitarra rítmica en la izquierda, en el derecho la batería y las voces se mezclan en el medio. La producción corrió a cargo de Craig Leon, con el asesoramiento de Tommy.
El resultado fue la captura de un sonido amateur para una serie de himnos imperecederos con unas letras tan primitivas y cortas como su música, varias de ellas basada en una única estrofa repetida hasta la exasperación. El repertorio –13 originales y la versión del clásico de Jim Lee Let´s Dance, de Jim Lee, pero famoso gracias a Chris Montez, que incorpora como único lujo del álbum un teclado– se abre con una de sus canciones más icónicas: Blitzkrieg Bop. Sí, la de su grito de guerra: “Hey Ho, let´s go”. Lo vocifera Johnny con la batería atronando detrás mientras entra el bajo y la trituradora se pone en marcha.
Con esa introducción rápida, sucia y veloz cuyo título aludía a una técnica alemana de ataque en la Segunda Guerra Mundial, se aferran a la yugular del oyente y no le ofrecen descanso en los 27 minutos siguientes. Sobre todo en los cortes más punkarras, como en Chain Saw, que se inicia con una motosierra con guiños a la película La matanza de Texas; el minimal I Don´t Wanna Go Down to the Basement, que va de las típicas chicas macizas que huyen hacia un sótano sin salida en las pelis de terror, o su hermana Loudmouth, donde Johnny grita, “eres un bocazas y te voy a dar una paliza”. Y ahí queda Now I Wanna Sniff Some Glue, de guitarras hard y velocidad espídica, que retrata el aburrimiento de los adolescentes de la época y su afición por el pegamento, la droga de los pobres.
Como contrapunto a esa faz ruda, Ramones, liderados por el más sensible Joey, despliega su gusto por la melodías del pop de los 60 en cortes como Beat on the Brat, que puede considerarse un medio tiempo a pesar de la violencia de la letra; Judy is a Punk, veloz pero de innegable corte melódico apuntalado por unos molones coros y palmas, o I Wanna Be Your Boyfriend, la única balada estándar del álbum. Es puro pop eléctrico heredero de los 60 y su letra tan romántica como sencilla. “¿Me quieres, chica? Quiero ser tu novio”, canta Joey con una guitarra que emula las de 12 cuerdas de The Byrds entre campañas tubulares.
Un espía cubano para la CIA en Havanna Affair, con su sonido arquetípico y el fondo de la Guerra Fría; el dolor por una relación fallida y otra melodía gloriosa en Listen to my Heart; la historia como chapero del bajista Dee Dee cuando estaba colgado de la heroina en 53 rd & 3 rd o la provocación final en Today Your Love, Tomorrow the World, donde el bajista se declara nazi tras sufrir acoso por tener sangre materna alemana, cierran un álbum glorioso con una distorsión final. El mundo era suyo; las pelas se las quedaron otros.