Neil Young, en el pozo del dolor y la desesperación
Cuando los fantasmas de dos amigos y colaboradores cercanos sobrevuelan las sesiones de grabación de un disco que rezuma olor a tequila y a resaca de noches bañadas en cocaína, te puede salir un disco tan dolorosamente bello y trágico como Tonight’s the Night (Warner)… si eres tan buen músico como Neil Young, claro. El álbum, que muestra al canadiense enfangado en el pozo del dolor y la desesperación, cumple 50 años y se reedita su contenido, un clásico de rock, country, blues y baladas escalofriantemente emotivas, ampliado y con inéditos.
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Imagínate que eres músico y quedas con los colegas con los que compartes discos y conciertos para exorcizar tus demonios haciendo lo que mejor sabes: tocar. Eso sí, tienes el alma rota y acabas pasándote con la bebida y las drogas. ¿El resultado? Una auténtica obra de arte de la música popular del último medio siglo, bañada en efluvios de tequila y nauseas provocadas por el bajón de la cocaína. De cada verso y nota de Tonight’s the Night se desprenden dolor y melancolía. De sus letras desesperadas, de su piano nocturno y tabernario, de sus furibundas guitarras y sus baladas country con armónica que le cantan a perdedores.
El álbum, denostado por algunos por su escaso cuidado técnico y tomas vocales e instrumentales descarnadas, se reedita con una nueva portada –colorista frente a la oscura y tétrica original– y seis temas extra. Young grabó el disco en el verano de 1973, tras el éxito del plácido Harvest, pero no incluía piezas delicadas ni sensibles como A Man Needs a Maid, Heart of Gold, Old Man o Are You Ready for the Country. La nota discordante, más por su contenido que por su acabado formal, era The Needle and the Damage Done, esa crónica sobre la dependencia de la heroína.
Young venía de ese disco superventas y de una gira en estadios cuando se vio sumido “en la calle del dolor, donde acecha la decepción”, en sus propias palabras. Debido a la dependencia de la heroína de su guitarrista Danny Whitten, se vio obligado a echarlo de los Crazy Horse. No pasó tanto tiempo hasta su fallecimiento por sobredosis, del que Young se sintió culpable. El siguiente golpe fue la muerte en circunstancias similares de un miembro de su equipo de gira, Bruce Berry. Esas circunstancias le condujeron al músico a su “trilogía del dolor y la desesperanza”.
El mejor de la trilogía
Esa época oscura y deprimente de Young en el pozo del dolor arrancó con Times Fade Away (1973), un curioso directo con canciones inéditas, al que siguió On The Beach (1974), el disco de portada metafórica con el coche deportivo sepultado en la arena de la playa y obra cruda alejada de los grandes éxitos. Y la cumbre de los tres es el álbum que nos ocupa, que no se publicó hasta 1975, tres años después de ser grabado y que incluye a Whitten todavía a la guitarra y alguna voz principal.
Para grabar Tonight’s the Night, la armónica, piano, guitarra y voz de Young se rodeó de colegas de Crazy Horse como Billy Talbot (bajo), Ralph Molina (batería), Ben Keith (guitarra) y el pequeño gran guitarrista Nils Lofgren, lugarteniente de Springsteen desde hace más de 30 años. Otros colaboradores como Jack Nitszche le ayudaron a concluir un disco entre sesiones que se iniciaban a por la tarde, entre juegos de billar y alcohol previos a ensayos y grabaciones nocturnas registradas con un sonido crudo. El disco se inicia y concluye con dos tomas de la canción titular, entre un ambiente de ensayo sin pretensiones, con Young esputando su dolor entre falsetes, un piano tabernario de bar de carretera, un bajo marcadísimo, guitarras sucias y el recuerdo a su roadie Bruce Berry, quien “cargaba la furgoneta” y cantaba con “voz temblorosa”. En un verso le canta: “me dio un escalofrío en la espalda cuando oí que había muerto”.
Musicalmente, el disco da una cal y otra de arena. Siempre con un sonido arisco, crudo y emocionalmente al borde de la ruptura, nos zarandea con la melodía electrificada de World on a String; un blues donde colisionan las guitarras eléctricas y el piano renqueante, caso de Speakin’ Out, o la trotona, beoda y furiosamente eléctrica Come On Baby Let’s Go Downtown. A la vez, nos emociona con piezas de aliento country como Roll Another Number (For The Road) o ese guiño con banjo a los Crosby, Still and Nash titulado New Mama.
Baladas memorables
Y sus piezas más sentidas y lentas están entre las mejores de su autor, empezando por Borrowed Tune, en la que reconoce robar la melodía de Lady Jane, de los Stones, porque su depresión, soledad y una borrachera descomunal le impiden crear algo original y propio. Miente, porque lo son, y de altura, baladas como Alburquerque y, sobre todo, Mellow My Mind, con armónica, su voz desafinada y rota cuando canta “cariño, tranquiliza mi mente, hazme sentir como un colegial en un buen momento”, o Tired Eyes, el retrato de un perdedor que divisa un paisaje con muertos, cocaína y hasta cuerpos quemados.
“Intentó hacerlo mejor, pero no pudo”, canta. Parece referirse a sí mismo con una voz doliente, parte recitada, que provoca escalofríos. El disco, que a veces remite al sonido de los hielos chocando en los vasos de alcohol que les sirvieron de aliento, se amplía ahora con tomas diferentes y rarezas como Everybody’s Alone o el blues pesado Raised on Robbery, con la voz inclasificable de otro mito, Joni Mitchell. Demasiada carga a los hombros... y tanto dolor como belleza.
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