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Gabriela Wiener: "El colonialismo mata, muta y sigue vivito y coleando"

Con su última novela, 'Huaco retrato', la peruana Gabriela Wiener indaga en su origen familiar teñido por el expolio y busca la sanación erigiéndose en la memoria del conflicto

24.04.2022 | 17:34
Gabriela Wiener, en su reciente estancia en Bilbao.

Gabriela Wiener firmó en 2021 uno de los mayores éxitos de ventas del panorama editorial, cosechando además muy buenas críticas en su estreno en ficción. La escritora peruana se adentra en su genealogía hasta dar con su tatarabuelo Charles Wiener, el explorador austriaco que a finales del siglo XIX saqueó los territorios andinos. A través de Huaco retrato, posa la mirada en la violencia colonial, en las omisiones de la memoria histórica y en las secuelas del racismo en las relaciones personales. En su reciente paso por Bilbao, donde participó en el festival Gutun Zuria, la autora argumentó cómo el imperialismo pervive en el Estado español, donde reside desde hace 20 años.

¿De qué forma atraviesa el colonialismo mutante, un concepto ideado por Iván de la Nuez, su novela?

—En el caso de mi libro, la revisión histórica es una manera de hacer una memoria acerca de la herida de unas violencias fundacionales, racistas, que se originan con la llegada de Colón a América. Y cómo eso sigue vivo. Su latencia se puede ver en el trato descarnado a las migraciones, en la presencia saqueadora de las multinacionales, en el expolio en los países del sur global... por parte de las que han sido grandes potencias coloniales y que ahora también son quienes dominan el mundo y representan el sistema de la blanquitud.

Su libro va más allá de la crítica desde el punto de vista historicista.

—Quería analizar también el impacto de esas realidades coloniales en nuestras vidas íntimas, en nuestras familias, en nuestras relaciones afectivas, sexuales... en nuestros cuerpos, en general. El colonialismo mata, muta y sigue viviendo y coleando.

Un huaco retrato es una pieza de cerámica que trataba de capturar el alma de las personas.

—El huaco es una metáfora constante en el libro, es la representación del rostro andino descendiente, es el espejo en el que nos vemos muchas, que somos la encarnación del proyecto civilizador llamado mestizaje. Nosotras queremos revertirlo a través de autodefinirnos como la bastarda, la abyecta, como dice la filósofa Carolina Meloni. La protagonista de mi libro es alguien que se mira como huaco pero también ve ese otro lado suyo, que es el de huaquero, porque su presunto tatarabuelo, Charles Wiener, llega a América a huaquear.

Se atreve a meter el bisturí en la historia.

—Es un trabajo arqueológico, porque en lugar de querer borrar las huellas, lo que intentamos es excavar para volver a poner ciertas historias en el mundo, relatos que no se escucharon, unas voces que se borraron.

¿Este libro captura su alma?

—Si capta el alma o no, es una manera de escribirlo. Si me lo preguntas a mí, a Gabriela Wiener como escritora, este libro tiene una gran parte de mi historia personal aunque es un libro que está cosido con la ficción, con diversas luchas, experiencias que he vivido y trabajado en mi literatura. Hay un crisol que me representa.

Lleva el apellido de su tatarabuelo, ¿cómo le pesa esa herencia?

—No me ha pesado, más bien ha sido un salvoconducto a lo blanco, a lo occidental. En Perú tener un apellido europeo te protege, blanquea tu vida. Ahora, si tienes cara de huaco como tengo yo, tampoco te lo resuelve todo. Sí que me he parapetado mucho detrás de mi apellido, y hasta ahora sigo firmando como Gabriela Wiener. El racismo internalizado, la sociedad de castas, la jerarquización de razas y cuerpos, como herencia directa de la colonización, todavía rige los destinos de la gente de mi país y de muchos países de Latinoamérica.

¿Cómo afronta la protagonista el encuentro con su antepasado?

—Ironiza mucho. Cuando empieza a militar en el antiracismo, empieza a hacer el trabajo inverso. Descolonizarse también es ir en contra de ese apellido, pelearse con él. Es empezar a pensar en el Bravo, que es mi segundo apellido, o en todos esos nombres que se perdieron en el camino para que ese apellido blanco aflorara.

¿Escribir el libro le ha servido para ver el lado humano de un hombre ambicioso que no consigue lo que desea y se resarce con el robo de piezas e incluso un niño?

—En el libro Charles Wiener es el antagonista ideológico-político de la voz narrativa. Pero hay un momento en el que la protagonista conecta con él, lo ve como un personaje fraudulento, buen escritor pero poco científico, que se atribuye los méritos de otros, y empieza a sentir un poco de piedad por él. Así que ahí, renuncia a ese linaje del apellido y a la pregunta de si es o no su descendiente y construye su propia manera de entender que los dos son migrantes, aventureros de la vida. En algún momento sus destinos se han cruzado y ahí hay una serie de espejos crueles. Hay en el libro maneras de soñar con la sanación aunque la protagonista reivindica ser la memoria del conflicto.

¿Cree que algún día se llegará a la descolonización de los objetos que fueron saqueados en América?

—En países que están mirando su pasado y presente colonial se lo están planteando. Sin embargo, España está a la cola de esas iniciativas. Es muy triste de ver, pero el 12 de octubre sigue siendo el día de la fiesta nacional del país. Además, en los discursos de la derecha, el imperialismo sigue vivo, el hecho de que España haya sido una potencia colonial sigue siendo motivo de orgullo nacional.

Entonces no lo ve posible.

—Si España aún no ha podido ni recoger sus propios cadáveres, que están en las cunetas de sus ciudades, imagínate lo que queda todavía por hacer respecto a la memoria de lo que ocurrió hace tantos años, al otro lado del charco, que sigue sin ser importante.

Aunque quede mucho por hacer.

—Hay que repatriar, devolver, reparar, quitar toda esa glorificación monumental, pero sobre todo hay que abolir la ley de extranjería. La iniciativa legislativa popular por la regularización extraordinaria de 600.000 migrantes fue un proyecto de ley que se quedó en la puerta del horno durante la pandemia. Estamos intentando llevarla a cabo. Es de justicia social y puede que España, así, sea más grande. Porque otra manera de ser más grande se llama fascismo.

Aseguraba recientemente que estaba pensando en traicionarse a sí misma y salirse del yo para escribir. ¿Se puede separar la experiencia personal de la escritura?

—Estoy por la traición de todo, la traición de la literatura puramente autobiográfica a lo mejor es algo que podría hacer, porque de hecho ya he traicionado la no ficción. No creo que pueda abandonar del todo mi estilo, pero sí que voy a intentar hacer algo diferente. Llevo escribiendo desde mí misma desde hace mucho tiempo y todo el rato tenemos que estar escuchando que ya murió la autoficción. Quienes son los que van formando o deformando el gusto o los valores literarios ya sabemos quienes son.

¿Tiene algo que ver con que la autoficción ha sido muy practicada por las mujeres?

—Cada vez que las mujeres o las disidencias escribimos algo, eso ya pasó de moda, no es literatura o es algo menor. Este es un momento poderoso, no en términos de canon, sino porque están apareciendo voces y gracias a ellas están apareciendo relatos que no se conocían. Esto tiene una fuerza política que acciona la realidad.

Cuando una está en las antípodas del perfil privilegiado de hombre blanco, heterosexual, monógamo y occidental, ¿se puede permitir decir que está cansada de batallar?

—Sí, pero se me pasa rápido. Estar en pie de guerra todo el rato o en primera línea acaba contigo, hay mucha violencia y mucho reaccionariado. Pero no nos vamos a victimizar. El activismo tiene un lado muy duro, pero al final terminas haciéndolo desde tu lugar en el mundo. En mi caso es a través de la escritura y de la visibilidad de nuestras vidas.

Transversalmente el libro también habla del amor y del deseo. ¿Cómo afectan la clase o la raza?

—Es uno de los temas más importantes del libro, porque cuando se habla de descolonización se habla de desconolonización del cuerpo y del deseo. Nos enseñaron a amar y a desear los cuerpos blancos, que eran los bellos, y a despreciar a los que se parecían al nuestro, el marrón, el negro, el no normativo, porque no encaja en el patrón de belleza occidental. Es doloroso.

¿También ocurre en Perú?

—Las niñas en el Perú se odian a sí mismas por ser cholas, por ser marrones. Hay un profundo racismo que todavía impacta en la relación con nuestros cuerpos. Y esa herida es algo que cuando crecemos se arrastra. La tesis de la que partimos es que al racializar nuestros cuerpos también se les ha expulsado del mercado del deseo, somos periferia. Y entre otras periferias, lo queer tampoco te quita lo racista. El poliamor pretende que nos relacionemos a través del amor libre, ¿pero que libertad puede haber para ciertos cuerpos en este mundo?

Decantarse por el poliamor en una sociedad pensada para la familia normativa, ¿es además de una opción afectiva también política?

—El poliamor ha sido durante un tiempo una bandera, pero no la reivindico. Hace mucho tiempo que también lo cuestiono desde mi experiencia antiracista. De hecho, en mi obra Qué locura enamorarme yo de ti, si bien visibiliza mi relación real, que vivimos en tres, en no monogamia con dos hijos compartidos, es verdad que hay una dimensión que es crítica con el poliamor. Tiene que haber espacio para ver las desigualdades de estos núcleos amorosos porque ninguna experiencia es universal en el poliamor.

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