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Marta Sanz, escritora: "La ultraderecha quiere acribillar el discurso feminista y a las mujeres que así nos llamamos"

Marta Sanz Pastor (Madrid, 1967) abre este jueves en Civivox Condestable (19 horas) el ciclo 'Oh, diosas amadas' con la sesión literaria 'Marguerite Duras: escribir, encarnizarse'

18.02.2021 | 16:43
La escritora Marta Sanz.

Concibe la literatura como algo "vital, nutricio, material", y la ejerce con la necesidad inevitable de convertir en cuerpo y verdad todo lo que escribe. Como lo hacía Marguerite Duras, la escritora elegida por Marta Sanz para dar arranque al nuevo ciclo 'Oh, diosas amadas: autoras frente a sus iconos literarios'. Nacido de 'Letraheridas', llevará hasta finales de mayo a Condestable a diez influyentes escritoras.

¿Cuál es el nexo de su obra con la de Marguerite Duras? ¿Por qué la ha escogido para este ciclo?

Porque si yo no hubiese leído 'El amante' cuando era una chica adolescente, estoy convencida de que mi escritura sería completamente distinta de lo que es. Me acuerdo perfectamente que en el momento en que leí esta obra de Marguerite Duras estaba enferma, de nada grave pero estaba en la cama con fiebre, y mi madre me dio el libro para que me entretuviera. Y no creo que fuera por la fiebre, pero yo abría las páginas, leía esa manera de escribir que junta los sentimientos más fríos con los sentimientos más calientes, y pensaba: quiero escribir así. O mejor: yo puedo escribir así, o yo necesito escribir así. Ese fue el vínculo. Y de hecho creo que mi primera novela, 'El frío', una historia de desamor, no sería como es de no haber leído yo 'El amante'.

En alguna ocasión ha dicho que Marguerite Duras le enseñó que el amor no es un sentimiento dulce, que ahí se reflejan todas las desigualdades.

Claro, es una escritora con la que corroboré la sospecha de que más allá del imaginario dulzarrón o trágico-romántico con el que se nos educa y que nos hace tanto daño, pues que el amor es un sentimiento que no se puede desvincular de conceptos como la clase social, la raza, la edad... En 'El amante' vi que todas esas interrelaciones se colocaban bajo el prisma de la dificultad de la extrema distancia: él es más viejo que ella, ella es francesa y él es chino, él tiene dinero y ella no..., para reflejar esa especie de lucha de poder, esa contradicción, y al mismo tiempo para crear una historia apasionante. Porque lamentablemente, en la literatura la felicidad doméstica no resulta muy atractiva para nadie.

Superar y transformar ese imaginario sobre el amor en el que todavía hoy se nos educa cambiaría el mundo.

Claro, pero eso tendrá que ser un proceso de transformación muy lento. De momento estamos tomando conciencia de que de muchas de las cosas que pensábamos que eran naturales, que pensábamos que eran normales, no lo son en absoluto. De momento lo que estamos haciendo es revisar nuestros aprendizajes, revisar por qué a veces deseamos cosas que nos hacen daño, y darnos cuenta de que lo que pasa muchas veces es que nuestro deseo responde a una expectativa masculina, a la mirada que ha dominado el canon artístico y literario durante muchísimos siglos. Estamos en el proceso de mirar con ojo crítico todos esos otros aprendizajes que hemos metabolizado, que están dentro de nosotras, que nos tienen como contracturadas y doloridas. Pasarlos bajo el filtro de una mirada crítica nos permitirá vivir con más alegría y más felicidad.

Y más justicia.

Sí.

Marguerite Duras ponía el yo y el cuerpo en el centro de la escritura. De hecho, ha titulado su sesión en Condestable 'Marguerite Duras: escribir, encarnizarse'.

Sí, y esa es otra de las cosas que yo creo compartir a mis 52 años con Marguerite Duras. A mí me interesa muchísimo la escritura autobiográfica, es más, creo que en todos los libros que he escrito, pese a que hablen de actores y actrices españoles, pese a utilizar en ellos las máscaras de la ficción, siempre estoy hablando de lo que a mí me pasa y me preocupa, de lo que a mí me inquieta. Yo creo que me encarnizo en los libros que escribo. De alguna manera me convierto en un cuerpo externo a mi propio cuerpo que puedo compartir con los demás. Yo siempre utilizo la metáfora de que para mí el cuerpo es un texto, nuestro cuerpo es el resultado de nuestros trabajos y nuestras insatisfacciones y nuestros placeres, y a la vez los textos literarios son cuerpos en los que nos proyectamos. Y luego también está la idea de que la literatura para mí no es algo accesorio, es algo vital, nutricio, material. Yo creo que nosotras metabolizamos las ficciones, y en la medida en que lo hacemos convertimos esas ficciones en cuerpo y en verdad. Por eso es tan importante que en las representaciones de las mujeres o de la violencia sobre el cuerpo de las mujeres, y esto lo digo a propósito de mi última novela, 'Pequeñas mujeres rojas', seamos capaces de reflejar esa violencia sin convertirla en algo atrayente, morboso o eróticamente seductor. Que es lo que pasa muchísimas veces con cuadros, con novelas, con películas, etcétera.

Y todo eso va formando nuestro imaginario.

Claro. Para mí es muy importante reflejar la violencia con violencia. La violencia ha de ser violenta y como también he dicho algunas veces, creo que hay que hablar feo de lo feo. Que la literatura no es un lugar donde estilicemos una vida que está llena de injusticias, de desigualdades.

¿Qué es lo que le ha hecho encarnizarse en 'Pequeñas mujeres rojas'?

Una vivencia del presente que tiene mucho que ver con el auge y el renacimiento de la ultraderecha en España, y que tiene dos objetivos prioritarios en su punto de mira: uno es acribillar el discurso feminista y a las mujeres que así nos llamamos, y en ese sentido la ultraderecha no está haciendo otra cosa que entroncar con la más rancia moral nacional católica que se ha cebado contra el cuerpo de las mujeres y nos ha tachado la sexualidad, la libertad y la vivencia del propio deseo; y el otro gran trofeo de caza que tienen en su punto de mira es el discurso de la memoria. La necesidad de la recuperación de la memoria histórica, porque yo creo que somos seres habitados de voces del pasado, y, por seguir con las metáforas de la carne y del cuerpo, nuestro pasado está lleno de heridas y de cicatrices que de algún modo tenemos que supurar. Lo que no podemos permitir es que nos roben la Historia, la tergiversen y la conviertan en una falsa verdad. Yo me escandalicé mucho cuando escuché a Abascal decir en el Parlamento que este es el peor gobierno que hemos tenido en los últimos cuarenta años. Es alucinante que una declaración así no sea piedra de escándalo, es alucinante que se consideren fundadores de la democracia española. A mí estas cosas me producen inquietud, desasosiego, incluso miedo, y desde mi pequeño espacio ético, ciudadano, cívico, desde mi posibilidad de establecer conversaciones como escritora, pues las comparto con las personas que me quieran leer.

Se habla mucho en esta pandemia de la cultura, y la literatura, como bálsamo, como tabla de salvación; pero yendo más allá, debería ser algo transformador.

Yo así lo creo. No tengo nada en contra de la literatura de entretenimiento, ni de la literatura humorística, ni de esa literatura que aparentemente es tranquilizadora. Pero tengo la sospecha de que toda esa buena literatura de entretenimiento, tranquilizadora, humorística, por debajo está dando casi siempre visiones críticas de la contemporaneidad. Por lo menos los libros que a mí me interesan. En ese sentido creo que la literatura nos amuebla la cabeza, nos cambia el cuerpo, nos ensucia el ojo, nos produce un tipo de lucidez que en un primer momento puede ser dolorosa pero que, después, puede servir para intervenir en lo real. Me interesa una literatura que sea performativa, y esa literatura puede ser de muchas maneras: trágica, o cómica, o fantástica, o realista o pornográfica. Pero de lo que se trata es de hacerlo bien.

¿En qué sentido?

En el sentido de que las escritoras y los escritores que para mí son importantes son los que son capaces de ayudarnos a replantearnos el mundo en el que vivimos e incluso darnos una visión novedosa del mismo. Sacarnos de las frases hechas con las que nos movemos todos los días. Y de alguna manera, subvertir. Con hacerlo bien me refiero a hacerlo con ese nivel de compromiso y con ese nivel de ambición. A veces parece que está mal visto tener ambición en la escritura, y no. Yo creo que en los trabajos hay que tener un nivel de exigencia, de rigor y de ambición grande, y eso es lo que nos permite evolucionar.

¿Ve en esta pandemia un antes y un después?

Yo creo que a pesar de que ahora haya, de alguna manera, una necesidad de escapar, de entreternerse, y yo soy la primera que me quiero escapar y me quiero entretener, la pandemia estará en todos los libros que escribamos de aquí a muchos años. Y con muchas caras distintas, pero va a estar ahí. Porque como sociedad hemos cambiado; no necesariamente a mejor. En este sentido soy un poquito pesimista, pero cruzo los dedos para que esté equivocada.

"Si no hubiese leído siendo adolescente 'El amante' de Marguerite Duras, mi escritura sería totalmente distinta de lo que es"

"Me interesa una literatura performativa, que te cambia el cuerpo, te ensucia el ojo y te da lucidez para intervenir en lo real"

"Hay que reflejar la violencia con violencia, hablar feo de lo feo; la literatura no es un lugar donde estilizar una vida llena de injusticias y desigualdades"

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