Seixas sentencia la ItzuliaUnai Beroiz
En el Santuario de San Miguel de Aralar cuelgan las cadenas que arrastró el penitente Teodosio de Goñi, que mató a sus padres por culpa de una equivocación.
Cuenta la leyenda que el diablo le aseguró a su regreso tras la guerra, que su mujer, Constanza, tenía un amante. Cegado por la ira, Teodosio blandió la espada y cometió el horrendo crimen al confundir a sus padres con los amantes.
Teodosio comprendió entonces el engaño del maligno. Fue condenado a la penitencia de vagar, encadenado durante años, con una cruz de madera en la espalda, por los bosques, valles y montañas de Hayedo, Andia y Aralar.
En una sima de la montaña, un dragón que escupía fuego acababa con el ganado y todas las personas que merodeaban el escondite de la criatura mitológica. Un día del año 714, el monstruo surgió de la caverna y Teodosio se encomendó a San Miguel.
El arcángel atendió la plegaria de Teodosio. Descendió del cielo portando sobre su cabeza una cruz, fulminó al dragón y rompió las cadenas que apresaban a Teodosio.
Liberado de su penitencia, Teodosio, regresó a la cumbre de Aralar. Consagró el resto de su vida al culto a San Miguel.
Construyó un templo en su honor. La tradición popular sugiere que la efigie de madera del Arcángel fue dejada por San Miguel en su aparición.
Ese mismo relato propone que las cadenas que permanecen colgadas en el exterior de la capilla son las que llevó Teodosio hasta su liberación y que el conjunto del Santuario se alzó sobre la morada del dragón.
Inalcanzable Seixas
En ese paraje de leyenda se desencadenó Paul Seixas, voraz, enérgico, para echar el candado de la Itzulia y erigir un monumento al ciclismo.
Alguien recordará su hazaña en la venerada montaña navarra y la contara a sus herederos. El astro francés, joven alocado, descarado, izó la grandeur para sentenciar la Itzulia.
Desde la cumbre de San Miguel Aralar, finiquitada cualquier oposición con la violencia de un ataque demoledor, oteó el horizonte para fortalecer su jerarquía con otro golpe formidable a la carrera vasca.
Amplió su arrollador dominio en la montaña con más entidad de la Itzulia antes de adentrarse en las grutas, entre las estalactitas y estalagmitas de las Cuevas de Mendukilo, donde descorchó su segunda victoria de etapa. Burbujeante y dorado Seixas. El mejor champán de la Itzulia. Oro líquido.
La gloria de Seixas fue desgracia para Mikel Landa, que se cayó de mala manera en el descenso de San Miguel de Aralar. La maldición del alavés continúa.
Itzulia 2026
Segunda etapa
1. Paul Seixas (Decathlon) 4h11:48
2. Mattias Skjelmose (Lidl) a 1:25
3. Primoz Roglic (Red Bull) m.t.
4. Cian Uijtdebroeks (Movistar) m.t.
5. Ben Tullet (Visma) m.t.
6. Alex Baudin (Education First) m.t.
7. Ion Izagirre (Cofidis) m.t.
8. Florian Lipowitz (Red Bull) m.t.
11. Isaac del Toro (UAE) a 1:43
12. Juan Ayuso (Lidl) a 2:29
13. Markel Beloki (Education First) m.t.
18. Pello Bilbao (Bahrain) a 2:34
21. Igor Arrieta (UAE) a 3:30
General
1. Paul Seixas (Decathlon) 4h28:10
2. Primoz Roglic (Red Bull) a 1:59
3. Florian Lipowitz (Red Bull) a 2:08
4. Mattias Skjelmose (Lidl) a 2:14
5. Ben Tullet (Visma) a 2:27
7. Ion Izagirre (Cofidis) a 2:36
8. Isaac del Toro (UAE) a 2:49
13. Pello Bilbao (Bahrain) a 3:37
15. Markel Beloki (Education First) a 3:45
El pasado Giro padeció un duro accidente. Después de completar una buena actuación en la crono, Landa se rompió, aunque pudo terminar.
El quebranto de la impotencia apresó al resto, minimizados por Seixas, joven e insolente. El galo, una exageración, celebró su segundo triunfo con una renta de 1:25 sobre el grupo con Skjelmose, Roglic, Lipowitz, Izagirre, Baudin... Más atrás, Del Toro, sin embestida, y peor aún, Juan Ayuso, perdido.
Todos a años luz del cometa francés. Seixas domina la Itzulia con 1:59 sobre Roglic y 2:08 respecto a Lipowitz. Estruja la carrera con puño de hierro Seixas a pesar de la seda de su sonrisa. Asesino con cara de niño. Billy the kid. El extraterrestre que viene.
La Itzulia esperaba a los exploradores en un templo horadado por las manos húmedas de la naturaleza en la roca. Como Seixas. Tallado en mármol en la foto victoriosa de Astitz.
El astro francés deseaba asaltar las paredes de San Miguel de Aralar, la gran fortaleza con su mentón elevado, su estampa agresiva.
La entrada al puerto es estrecha, un embudo. Se armaron los equipos, sacando los codos, acelerados, apretados por la urgencia en una estampida para encontrar hueco en el desfiladero que abría la puerta a la ascensión, que se anuncia con rampas de cemento.
Los porteadores de Seixas fijaron el compás con el diapasón que exudaba de la montaña. La fuga, aunque resquebrajados Mintegi y Armirail, mantenía intacto el decoro sobre el suelo de hormigón. Una catapulta para Paul Seixas, que mostró la cresta exuberante de la juventud.
Seixas, en solitario.
Ataque lejano
“Tal vez el plan era un poco ambicioso. Igual he atacado un poco antes de lo planeado, pero quería irme solo. La general nunca está acabada hasta el último día. Manejo una buena renta que hay que gestionar porque quedan etapas muy duras”, dijo el francés.
Seixas derribó la puerta sin pedir permiso a nadie. En el retrovisor quedó la percha del olvido, el polvo acumulado en la memoria.
Destempló a todos, estatuas de sal ante el atrevido y portentoso Seixas, que levitaba sobre el suelo rayado y quebrado de San Miguel de Aralar.
El despegue del francés, un cometa, plegó en la impotencia a Juan Ayuso, dando cabezazos, negado en la montaña. Encontró refugió en el grupo de Pello Bilbao y Mikel Landa a modo de consuelo.
Seixas era una punto amarillo, incandescente, que escalaba con furia. Un fulgor que cegó al resto, deslumbrados ante el desafiante galo.
A 55 segundos reptaban tras el rastro lejano del francés Del Toro, Lipowitz, Izagirre, Roglic… El destrozo del Principito, el hombre que aguarda Francia para reconquistar cuatro décadas después el Tour fue formidable. Subió el puerto más intimidante de la Itzulia en menos de 25 minutos.
Una exhibición demencial. La epifanía en San Miguel era el Arcángel Seixas. Poderoso dragón, capaz de arrasarlo todo a su paso.
Un estrella fugaz sobre el cielo azul de la Sierra de Aralar. La imponente montaña navarra (9,8 kilómetros al 7,4% de media) ponía las pesadas cadenas a la Itzulia.
El puerto, el más afilado de la carrera, escondía el dragón dispuesto a aniquilar con su lengua de fuego, con su entrada estrecha, su asfalto cuarteado, sus rampas hoscas, de mirada torva. Un calvario para los ciclistas, en su vía crucis.
Armirail, que fue líder virtual, Iker Mintegi, del Euskaltel-Euskadi, Joan Bou, Hayter, Raúl García Pierna y Van der Broek, animosos fugados por las carreteras cimbreantes, juguetonas y añejas, montañas rusas de la naturaleza, abrieron el paso desde el encendido de la jornada en Iruñea hasta alrededor de los dominios de la Sierra de Aralar.
La fuga cató descarada las ascensiones a Etxauri, Zuazarrate y Aldatz con la ilusión de los aventureros entre bosques que mudaban la piel, que se desprendían de las hojas sobrantes para seguir con el curso de la vida, con sus ciclos. Verde la explosión de primavera.
De verde prestado vestía Vauquelin, segundo en la crono de Bilbao, que se fue al suelo en el descenso de Aldatz. Recompuso la figura y continuó adelante, aunque después se evaporó.
Ajeno a las penas de otros, Seixas, amarillo fogoso, ordenaba a sus coraceros la persecución. Del trote, al galope. Se desbocó entonces el líder. Solo y al comando. Directo al cielo. En busca de su planeta. El fenómeno Seixas sentencia la Itzulia.