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La octava sinfonía de Orts

El alicantino, imparable, se hace en Tarancón con el campeonato de España de ciclocross tras otra exhibición

La octava sinfonía de OrtsRFEC

Ocho dedos. Ocho triunfos. Ocho coronas. Ocho festejos. Por ahora. La Ermita de la Virgen de Riánsares, centinela y vigía del estatal de ciclocross, que enraizó en Tarancón, bendijo desde el promontorio la enésima exhibición del imparable Felipe Orts, otra vez campeón de España de ciclocross.

Felipe VIII, el omnipotente. Un ciclista de época. El alicantino enlazó su octavo laurel de la especialidad. Indiscutible su trono en una disciplina en la que nadie es capaz de sombrearle.

Compite Orts contra sí mismo, frente al espejo en el que se refleja dorado, áureo. Espectral el resto, perseguidores de un ente, del que solo perciben la presencia. Precisan prismáticos para poder rastrearle.

Solo en la parrilla de salida, cuando la colmena de ciclistas se agolpa, vieron de cerca al alicantino, que estrenaba casco. donde imprimió el paisaje de Villajoyosa, su hogar. El sentido de pertenencia y el corazón le guiaron hasta otro triunfo histórico.

Siempre es un buen día para darse un capricho, más si cabe cuando uno va a posar con sonrisa de ganador y la silueta de los campeones. La rutina de lo extraordinario. Mostró los ocho dedos para celebrar otro paseo por las nubes. No se baja del cielo el alicantino, que fijó un registro de 57:45. En otra dimensión, Kevin Suárez agarró la plata, a 1:05 del vencedor. El bronce lo celebró Mario Junquera, a 1:21 de Orts, tallado en oro.

El gran campeón eligió la pausa y la calma desde el silbido de arranque hasta la campana de la última vuelta. Le alcanzó con eso. Mordía el frío, apenas cuatro grados en la matinal de Cuenca. El alicantino pensaba en entrar en calor, en tomar temperatura, arrullado entre los competidores antes de desprenderse de la ropa de abrigo y de desbrozar el camino hacia la gloria, que llevaba impresa su nombre.

Campeonato de España


Élite masculina

1. Felipe Orts (Ridley) 57:45

2. Kevin Suárez (Nesta) a 1:05

3. Mario Junquera (Unicaja) a 1:21

Se centró el campeón en curso en hacer ejercicios de calentamiento para encender la mecha y configurar un monólogo, que era el único escenario que se contemplaba en la competición. Orts se desperezó sin demasiadas prisas, observando el fogueo de sus rivales hasta que el circuito, seco y duro, elevó el mentón en la zona de pateo. Se descabalgó la mayoría.

Orts, por contra, levitaba sobre su bicicleta. En la primera exigencia se lanzó al frente. Cuando asomaron los tablones en el trazado, que él superó a modo de un jinete en su montura en un concurso de hípica mientras los demás necesitaban saltarlos a pie, se destacó del todo. Todo acabó aunque la primera vuelta no había terminado todavía.

Campeón de punta a punta

El debate murió antes de que comenzara. En realidad no podía plantearse una discusión. Mandaba la voz y el argumento de Orts, un ciclista que rueda en el escaparate internacional del ciclocross, ingrávido ante el nivel terrenal de los otros.

En el momento en el que Orts chasqueó los dedos y elevó el tono de los decibelios, nada quedaba en su retrovisor, salvo el vago recuerdo de la reunión de la salida, donde todos estaban cerca. Después se quedó en soledad, en la elegida. Libre ante el horizonte era suyo. Le pertenecía el futuro, que pedaleaba a un ritmo imposible para sus perseguidores.

En la primera vuelta, de 7:22 minutos, el alicantino estableció su imperio en lo que dura una canción de rock progresivo. En el siguiente giro rebajó el registro para abrir la brecha y fijar una renta cómoda para atender cualquier contratiempo y desmoralizar a quienes le sufrían en cada recodo del recorrido.

En ese ecosistema, Orts era un rayo. Centrifugaba los pedales. Molinillo. Avanzaba sin oposición, a paso marcial. Su marcha, acaso un entrenamiento de calidad, era un esprint para los demás. Lo de Orts era la cabalgada de un ciclista que se eleva varios cuerpos sobre el resto.

La falla entre Orts y sus rivales crecía inexorablemente. Placas tectónicas. Continuaba martilleando los pedales mientras tarareaba una victoria rotunda, desde el prólogo hasta el epílogo. Sin mácula ni desvíos.

El alicantino, sideral, festejó el triunfo entre la algarabía del público y la satisfacción del deber cumplido. Dio un par de palmadas, lanzó un puño al cielo y después posó para la historia. Mostró ocho dedos. La octava sinfonía de Orts.