NO vestir nunca la maglia rosa fue la gran tragedia de Marino Lejarreta, que corrió y vivió tres años en Italia, mejor, en San Marino, en un hotel familiar en el que le hicieron hijo adoptivo y adoptó así, porque respiraba su aire y bebía de su agua, la intensidad religioso-admirativa con la que Italia entera, sin excepciones, adora esa túnica, rosa y santa. Quería saber Marino lo que transmitía aquel trozo de tela. Ponérsela, subirse a la bicicleta y ver qué pasaba. Si era verdad que le hacía a uno divino, querido y aclamado. Nunca lo sabrá. Quizás no lo necesite: en Italia a Marino se le ama como a un hijo al que se le perdona todo. Incluso no haber sido nunca maglia rosa.

La maglia rosa hace eterno pero no es eterna. Tiene 80 años, 22 menos que el Giro, que nació de otro color. Los cumplió ayer, una triste celebración en una jornada que honró la memoria de Weylandt. Iluminó Italia el 10 de mayo de 1931. Ese día el Giro descubrió al más potente de sus imanes. El rosa es a Italia lo que el rojiblanco a Bizkaia. Apasiona. No hay una razón. Son asuntos del corazón, del espíritu. La tela la pintó La Gazzetta dello Sport, impulsor de la carrera en 1909 y diario oficial cuyas páginas eran, son y serán siempre rosas. Se trataba de vender más periódicos. Creó un símbolo.

El 10 de mayo de 1931 entraron seis ciclistas a la Pista del Te de Mantova. Entre ellos Learco Guerra, que era un volcán. Instintivo y generoso. Vistió la primera maglia rosa, pero no ganó aquel Giro, sino el de 1934. Y 31 etapas. En 1930, después de ser segundo en el Tour tras André Leducq y ganarse 115.761 liras y 35 centímos, un tesoro, Learco se plantó en Vincenza para afrontar una crono de 130 kilómetros. Le sacó 4:40 a Alfredo Binda. El periodista Valdo Cottarelli, maravillado, le bautizó para siempre: locomotiva umana (locomotora humana). Eran, de todas maneras, los tiempos de Binda, que ganó cinco Giros, cuatro de ellos antes de que existiera la maglia rosa, y aún así le sobró tiempo para vestir la túnica sagrada durante 59 días. Más que ningún otro italiano. Más que cualquier humano. Solo le supera Eddy Merckx, que la portó en 77 ocasiones. La llevaba el caníbal, por ejemplo, la mañana del 2 de junio de 1969 en la que Felice Gimondi fue a consolarle a su hotel después de conocer que había dado positivo en un control médico. Merckx estaba descompuesto, arrojado en la cama. La maglia que heredó Gimondi estaba empapada de lágrimas.

divide y une, como con roche Llena de ira estaba la que le quitó Roche a Visentini en 1987. Eran compañeros de equipo en el Carrera y el irlandés le atacó sin rubor. Se sabía mejor. Era mejor. A la mañana siguiente Roche subió la Marmolada en un ambiente incendiario. Los tifosi le odiaban por la afrenta. Le escupieron, le insultaron y le lanzaron páginas de La Gazzetta dello Sport convertidas en aviones de papel que eran proyectiles que impactaban en su cuerpo. Días después, el irlandés traidor fue aclamado y adorado en Milán. El rosa tiene ese poder. Une. También divide. En los 40 solo había una discusión en Italia. ¿De quién es el rosa? ¿De Bartali o de Coppi? Fausto ganó más Giros, cinco, por dos de Gino, pero este vistió más veces la maglia rosa, 50. "Llevarla te hace ser el centro del universo", resume el efecto demoledor de la prenda Danilo Di Luca, que vuelve al Giro este año después de dos de sanción por su positivo por CERA en la edición de 2009, en la que acabó segundo tras Menchov y fue líder varios días. Antes, había ganado el Giro de 2007. Ahora trabaja para que Joaquim Rodríguez, jefe en el Katusha, se sienta el centro del universo.

"Te hace sentir que vuelas", suele contar Paco Galdos, el primer vasco en rosa, nueve días en 1975, cuando solo Fausto Bertoglio pudo con él, por 41 segundos, tras la etapa del Stelvio que, consuelo, se llevó el alavés. De rosa, y sin él, volaba Indurain, que ganó dos Giros, 1992 y 1993, y salió 29 mañanas con alas rosas. Volar sobre el Mortirolo hubiese querido Olano en 1996. El día antes, en el Pordoi, le había birlado la maglia a Tonkov por un segundo y soñaba con un final rosa en Aprica. Pasó el terrible Gabia, pero se quedó anclado en el Mortirolo cuando arrancó el ruso para ganar el Giro.

La novela rosa de David Arroyo en 2010 tampoco acabó de ese color, aunque solo Ivan Basso pudo derribar la resistencia del talaverano, que degustó cada día con el placer intenso de los catadores de vino. "Me vistieron de rosa de arriba abajo: culotte, casco, calcetines… Me sentía a gusto, la gente me decía que me quedaba bien. Es un orgullo vestir una prenda que han llevado tantos grandes campeones. La primera la guardé para mí, para enmarcarla, y el resto las repartí entre la familia", dice Arroyo, que aún sueña, "despierto y dormido", en volver a ser rosa y santo.