LIVORNO. Show must go on cantaban extasiados los seguidores de Queen en Wembley a coro con Freddie Mercury, de pie en el escenario cuando todos sabían que le quedaba un mes de vida. "El Tour debe continuar", decía Jean Marie Leblanc cada día del convulso Tour en el que estalló el caso Festina, el momento histórico en el que los ciclistas pudieron reivindicarse como colectivo y en lugar de eso hicieron que el Tour siguiera pese a la humillación continua. Dejaron pasar la oportunidad de dignificarse y hay quien todavía lo lamenta. "El Giro debe continuar", dijo ayer Angelo Zomegnan, que respetó la decisión de los corredores de neutralizar la etapa en señal de respeto hacia la memoria del belga Wouter Weyland, pero apeló a una recuperación inmediata del pulso competitivo.
No admite Zomegnan un renglón torcido en la novela de acción de su Giro, una narración vertiginosa y excitante, siempre en el filo, que es su antídoto a la apatía y al descrédito que amenaza con cerrar el libro del ciclismo. No permite interrupciones. Interferencias insumisas que, en la sombra al inicio del Giro, afloran ahora, tras la tragedia, la muerte de Weylandt, y piden una reflexión profunda, un diálogo serio sobre la seguridad de la carrera rosa, siempre en entredicho.
Los ciclistas, enormemente sensibles, claman por que impere la cordura, no se les trate como a monos de feria y se ponga por encima de cualquier otra cosa el respeto a su vida. "Sabemos que somos ciclistas y que cada día nos jugamos la vida en la carretera. Solo pedimos que los riesgos estén controlados". Los corredores trazan una postura común para afrontar lo que queda de Giro y preguntan a los equipos, los manager, qué piensan hacer ellos. Pero de momento, no hay respuesta.
Tres tramos de tierra. Y es algo que urge porque hoy mismo el pelotón pedalea sobre la tierra blanca de la Toscana, los tramos sterrato, que son pistas sin asfaltar, el invento que el año pasado encumbró a Zomegnan, su artífice, con aquella maravillosa etapa, bajo la lluvia que convirtió el polvo en barro, que ayudaron a canonizar Cadel Evans y Alexandre Vinokourov, ciclistas como los de antes, duros y valientes, sin el corsé modernista. Son tres tramos de tierra. El primero, en el kilómetro 152, en plena subida que lleva a la cima del Croce de Fighine, un tercera. El asfalto no llega en el alto. El descenso también está descarnado e incluye tramos del 15% de desnivel. "En la bajada, con las piedras sueltas, es difícil controlar la bicicleta. En cualquier momento se te puede ir la rueda", teme Antón, que no arriesgará lo más mínimo pese a que ello implique perder tiempo. El tiempo no le preocupa en exceso a Igor, que quiere llegar vivo a la segunda mitad del Giro para luchar por el objetivo supremo de la etapa.
El primer trozo de tierra tiene once kilómetros. El segundo, más corto, apenas dos y es en subida. El tercero, último, casi diez, y acaba a quince kilómetros de la meta de Orvietto tras una ascensión suave que tiene algún tramo del 10%.