Ángel Vicioso (A. Giocattoli)3h57'38''

David Millar (Garmin) m.t.

Pablo Lastras (Movistar)m.t.

GENERAL

David Millar (Garmin)10h 04' 29''

Ángel Vicioso (A. Giocattoli)a 7''

Konstantsin Sivtsov (HTC)a 9''

Etapa de hoy, 4ª: Quarto dei Mille-Livorno, 216 km. ETB-1, Eurosport y Veo7 (14.55 h.).

RAPALLO. Los milagros ocurren, algunas veces, pero les ganan por goleada las desgracias. El ciclismo ha abotonado así su leyenda. La gloria eterna, la miseria, la muerte, caben todas en el mismo bolsillo del maillot. Hace dos años, Pedro Horrillo salió disparado en la curva de un descenso malo y arriesgado cerca de Bérgamo, voló 80 metros barranco abajo y se quedó quieto y ovillado, golpeado por todo lo que encontró a su paso, plantas, ramas, árboles, piedras, pero vivo, respirando, en un saliente de roca que proponía otro vuelo dramático. A Horrillo lo sacaron de allí en helicóptero y se recuperó posteriormente en un hospital. Fue un milagro. Ayer, tercera etapa del Giro, un viaje vertiginoso y serpenteante hasta Rapallo, los ruegos, las súplicas, los rezos y los deseos acabaron arrojados al Mediterráneo inútilmente, en un botellín ciclista náufrago que partió de la desesperación, la congoja y la alarma general al ver el cuerpo de un ciclista tendido sobre el gris asfalto del largo descenso del Passo del Bocco. El pensamiento general se expresó en un silencio. El silencio se tradujo en un pensamiento único, común y fatal: alguien mencionó al fantasma de la muerte. Se confirmó mucho después, tras una espera insoportable. Minutos antes de las 17.30 horas, el Giro informó de que Wouter Weylandt, belga de 26 años que corría en el Leopard, había fallecido.

Nadie lo habría imaginado. Las cosas ocurren, sin más. Weylandt, un toro, 1,84 de estatura y 72 kilos, sano y fuerte, antiguo lanzador de Tom Boonen en el Quick Step, salió de Reggio Emilia como cualquier otro día, como cualquier otro ciclista, a ganarse el pan. No debía estar allí. No tenía el Giro en su programa, pero ocurrió que Daniele Benatti, el esprinter italiano del Leopard, se cayó unos días antes y su inesperada baja la tuvo que ocupar él, que ya sabía lo que era la carrera rosa en la que debutó el año pasado y en la que ganó una etapa. Fue, casualidad macabra, la misma que ayer, la tercera. La de Rapallo. No llegó allí.

Se quedó para siempre a unos 25 kilómetros, en la bajada del Bocco que estaba resultando ser un campo de minas. Cada pocos metros había una caída. La de Weylandt fue a toda velocidad. Trazaba una curva a la izquierda a más de 70 kilómetros por hora y giró la cabeza hacia atrás para comprobar si le seguía alguien más. No pudo ver que la bicicleta se le escoraba hacia la parte cerrada de la curva. Ni que se acercaba peligrosamente a un pequeño muro de piedra que arrolló con el pedal y le hizo salir catapultado. Cayó de cabeza al duro asfalto que le reventó la frente. El golpe fue seco, rotundo, mortal.

Giovanni Tredici, jefe médico del Giro, tardó apenas 20 segundos en llegar hasta el cuerpo inmóvil de Weylandt. Rapidísimo. Pero tarde. Ya no respiraba y su corazón había dejado de latir súbitamente. "La situación era gravísima", reconoció después Tredici con la voz encogida. "No había ninguna posibilidad de reanimación", abundó en el lamento. El protocolo del masaje cardiaco y la insulina se mantuvo durante 45 minutos en el mismo lugar en el que se había quedado el ciclista pese a que la unidad móvil de reanimación no había tardado más de cinco minutos en llegar. "Tuvimos que hacerlo así porque la situación exigía una intervención inmediata e intensa. Era todo dramático y desesperado", dijo el doctor, que recibió la ayuda del médico del Garmin, Shoun Sovndal, un experto en reanimación que tampoco pudo devolver a la vida Weylandt, que murió por una fractura en la base del cráneo. Un helicóptero medicalizado sobrevoló el lugar del accidente, prácticamente inaccesible por la frondosidad del bosque, lo estrecho del asfalto y la irregularidad del terreno. Tampoco le fue posible arrojar el cable para llevarse a Weylandt urgentemente como ocurrió con Horrillo hace ahora dos años. "Nos imaginamos lo peor", contó después Gianni Savio, enormemente triste pese a que Ángel Vicioso le había dado a su equipo, el Androni, un triunfo impresionante. "Ángel, que no sabía nada de lo que estaba pasando, nos gritaba por la radio: he ganado, he ganado, y nosotros apenas lo celebramos. Acabábamos de pasar por donde estaba Weylandt y le habíamos visto la cara. La tenía arruinada". Jorge Azanza, el navarro de Euskaltel, bajaba rezagado y magullado tras caerse unos momentos antes, pasó por el lugar donde yacía, ya muerto, el belga y apenas pudo echar un vistazo que le bastó para ver un rostro envuelto en sangre. Hubo ciclistas que, desde el dolor, hablaron de la peligrosidad del descenso, de que no estaban bien señaladas las curvas más propicias para una tragedia, pese a que el asfalto del puerto estaba liso, impecable.

De Weylandt, lanzador de Boonen en el Quick Step hasta que este año pasó al Leopard, hablan compañeros del pelotón como un tipo simpático y jovial al que auguraban un espléndido futuro. Con 26 años, su palmarés reflejaba 16 victorias, dos de ellas tan enormes como una etapa en la Vuelta de 2008 y la tercera del Giro que ganó hace hoy, 10 de mayo, un año. Estaba casado. Con Anne Sofie, que aterrizó ayer a las 22.30 horas de la noche en el aeropuerto de Malpensa en Milán, después de que el propio Angelo Zomegnan le telefoneará para darle la trágica noticia. La pareja esperaba un niño para septiembre. Incluso Weylandt, futuro padre orgulloso, había colgado la ecografía del bebé en su twitter.

Quizás por eso, por el delicado estado de Sofie, la confirmación de la muerte del ciclista se retrasó hasta casi las 17.30 horas, pese a que la hora de la muerte quedó fijada en las 16.15, al minuto de producirse el choque. "Queríamos ser nosotros los que comunicaran a Sofie en su casa lo sucedido", explicó Zomegnan. "Pero ella estaba conduciendo y no queríamos que se enterase por la radio".