Alguien que en nuestros días pronuncia la palabra “clepsidra” ha de dedicarse, forzosamente, a la escritura. Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) la verbalizó ayer tarde en Bidebarrieta Kulturgunea, un salón cuya belleza nunca deja de sorprender. Lo hizo muy a posta, porque, aunque no lo expresó explícitamente, su última novela, la que presentaba, viene a ser eso: una clepsidra.

Por otra parte, conviene subrayar que a Gómez Bárcena se le nota que es escritor de cuerpo entero. Y no porque use algún tipo de peculiar sombrero, se envuelva en fulares orientales, gaste gafas de carey en el pelo, fume en pipa o se presente con una ponchera de kombucha. Nada de eso. Vestía un discreto jersey de cuello redondo color arena y unos tejanos negros. Pero a quien le ve, le queda claro que se encuentra ante alguien que se dedica a escribir. Un buen escritor. Quizá la manera de estar. El porte. Algo intangible aunque palpable. 

Además, los datos lo corroboran. No solo lo sopló en la puerta el veterano Pedro San Sebastián, de la Librería Universitaria, con un “lo estamos vendiendo muy bien”. Si no que el de las barbas y el tejano negro se licenció en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Historia y Filosofía. Ahí es nada. 

Y guarda en su casa de Madrid el Premio Ojo Crítico de Narrativa (2014) por El cielo de Lima, el Premio Ciudad de Barcelona (2023) por Lo demás es aire, y el Premio de la Crítica de Madrid (2025) por Mapa de soledades. Ha publicado también Los que duermen (2012), Kanada (2017), Ni siquiera los muertos (2020) o Lo demás es aire (2022). Ayer fue el turno de poner de largo Abril o nunca

“Estoy muy feliz de estar aquí, en este salón al que he venido cuatro veces antes, ya es como mi casa”, dijo el autor tras ser presentado por otra extraordinaria escritora, la gasteiztarra Karmele Jaio. La Premio Euskadi de Literatura, breve en la introducción y concisa en las preguntas, alabó sinceramente a su colega, recomendó la lectura de la obra, que se apreciaba que le había entusiasmado, y ni por asomo cayó en la tentación de robar siquiera una pizca de protagonismo. 

Gomez Bárcena se centró en la novela. Resulta reseñable porque, a menudo, quien se sienta en un estrado ante un micrófono y con público delante es devorado por ese demonio que obliga a hablar de sí mismo. Algo que no tiene por qué resultar interesante más allá de la propia familia. Y no siempre.

  “Esta ha sido una novela que he escrito de manera mucho más emocional, más visceral, más intuitiva que el resto. No sé si el resultado es mejor o no, pero así ha sido el camino.Y en este caso, lo primero que vi fue una imagen: una cala desierta, paradisíaca, el mar, y un hombre de mediana edad con su hija”, describió el novelista. 

Resulta que el hombre es buceador, la niña se ahoga y ese tremendo trauma lleva al protagonista a analizar el tiempo. El mar como símbolo. El buceo como metáfora del viaje al pasado. Por eso, la novela, lo que plantea, recuerda a un reloj de agua, es decir, una clepsidra. 

Tiempo y agua. Vida y muerte. El dolor por una pérdida irreparable. La percepción del paso de los días. El deseo de revertirlos. Nada más humano. Nada más literario. 

Se acercaron ayer a disfrutar de la presentación de Abril o nunca, y de la interesantísima conversación que hilvanaron Gómez Barcena y Jaio, entre otras personas, Carmen Aguirre, Josune Totorikaguena, Euken Azaña, Inma Uriguen, Juan Ballesteros, Itziar Araico y Blanca Ruiz.  

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No se perdieron la cita, y seguro que se quedaron con ganas de bucear entre las páginas de Abril o nunca Coro Artola, Lourdes Martínez, Alicia Leibar, Begoña Etxebarria, David Recio, Carlos Atxa o Idoia Beitia.

Ocuparon sus asientos en Bidebarrieta Kulturgunea, Francisco Luna, Araceli Angulo, Javier Axpe, Verónica Tranque, Ana Gómez, Ricardo Borrego, Alfonso García de Cortazar, Itziar Marquiegui, Marga Monteoliva, Jon López de Dicastillo o Rocío Ramos.