La belleza de hacer las cosas bien
Arranca la primera edición del premio Javier Echenique a la Excelencia Académica, que coordina la Fundación Novia Salcedo
Iban ligeras, como quien no quiere aún despertar del todo de un sueño que ha costado años de desvelos. Cada una llevaba bajo el brazo un título doble, pero no como quien porta dos llaves sino como quien carga con dos destinos posibles, abiertos como persianas recién subidas. La Fundación Novia Salcedo que preside Maite Aranzabal había dispuesto el salón con ese orden silencioso que solo adoptan los lugares donde va a hablar la excelencia. Estaba de estreno el premio Javier Echenique. Allí se mezclaba la juventud con el olor a madera noble, como si el futuro se hubiera sentado a conversar con la tradición mientras sonaban los primeros saludos.
Las tres chicas –aunque ya mujeres, el diminutivo se lo imponía su frescura...– habían llegado puntuales. Una, Natalia Sebastián, estudiaba ingeniería informática y otras dos, Cristina Rodríguez y Sara Cabot, ADE y Derecho. Doble grado, doble mirada sobre el mundo, doble vértigo. En ellas se notaba esa luz particular de quienes han comprendido demasiado pronto que la vida no concede treguas, pero sí recompensas a quienes la persiguen sin miedo.
Cuando pronunciaron sus nombres, un murmullo atravesó la sala como una ráfaga que levanta las cenizas del día anterior. Cada una avanzó hacia el estrado con una mezcla de pudor y orgullo, como si temieran que tanto esfuerzo expuesto pudiera romperse con el primer aplauso. Pero los aplausos no rompen: sostienen. Y allí quedaron sostenidas, por un instante, ante la mirada de todos, convertidas en símbolo de algo que pocas veces ponemos en palabras: la belleza de hacer las cosas bien.
Cada una de las mujeres premiadas ha recibido una beca de 3.000 euros y visto sus planes de futuro parece claro dónde invertirán ese combustible para su formación. Natalia Sebastián trabaja actualmente como ingeniera de software en Microsoft, pero dado su afán de aprendizaje sigue explorando la aportación matemática y su deseo es poder vincularlo al sector financiero. Cristina Rodríguez se define a sí misma como una eterna estudiante con debilidad por los números y la materia tributaria, y oposita a Inspección de Hacienda del Estado. Y Sara Cabot, quien tiene una enorme facilidad con los idiomas (habla catalán, euskera, inglés, francés e italiano), está preparando las oposiciones a la carrera judicial. Cuando uno de los patrones de la Fundación, Javier Ormazabal, presidente del Grupo Velatia, le entregó su recompensa no evitó hacer el comentario. “Tal y como está las cosa hoy en día, no está de más que se incorpore a la judicatura alguien con tu formación y tus valores”, le dijo.
Testigos de todo cuanto les cuento fueron, además de la gente ya citada, fueron la vicepresidenta de la Fundación, Ana Andueza; la directora de reciente nombramiento, Isabel Urbano; un hijo del propio Javier Echenique, Paul Echenique, Javier Chalbaud, Luis Cañada, Luis Ramón Arrieta, Paula Eizagirre, Eduardo Tolosa, “un viejo soldado”, según el mismo confesó; Iratxe Herboso, Mónica Muñoz, María Jesús Novo, Merce Capella, Gonzalo Vilallonga, Maitane Etxenike, Asier Navío y un buen puñado de familiares de las premiadas y del propio Javier y de trabajadores de la Fundación. También aplaudieron la designación de las becas otros patronos, además de los citados, de la talla de Antón Pérez-Iriondo Murgoitio, Víctor Viguri Flores, Ane Agirre Romarate, Aletxu Echevarría Estivariz; el rector de la EHU, Joxerramon Bengoetxea Caballero, María García Nielsen, Manuel Escudero Zamora, Krista Walochik, Jose Galíndez, y Begoña Etxebarria y un buen número de personas que recuerdan, con aprecio, al propio Javier Echenique que, según se comentó en la entrega anduvo en pos de una fórmula para fortalecer la economía vasca. Todo un reto.
