La vida sigue y nos pilla dándole vueltas a un alarde de entusiasmo y constancia inesperado (en realidad, más bien inexplicable) que enardeció al pueblo y, sin embargo, dejó un postpartido de regusto agridulce por culpa del marcador. Según para quién más dulce que amargo o al revés. Pero esto ya no tiene remedio, por lo que la reflexión debe girar en torno a lo venidero.

Para conocer si la reacción presenciada con motivo de la visita del Barcelona favorecerá un salto cualitativo en el rendimiento del Athletic, no queda otra que remitirse a los siguientes partidos. Ese sentimiento, mezcla de deseo y de necesidad, tan común en el entorno, alimento básico de su esperanza (o su inagotable optimismo), no constituye una novedad en la presente campaña. Conviene tenerlo en cuenta: cada vez que se ha producido un buen partido o un marcador que contradice el pronóstico adverso, el ansiado resurgimiento no ha cristalizado.

Sacudidas como esta última frente al líder o antes contra el Atlético de Madrid, el Paris Saint-Germain o la Atalanta, rivales todos de primera categoría, no rescataron al Athletic de la mediocridad. Después de estas alegrías, su fútbol y, más en concreto, su manera de competir siguió siendo decepcionante. Que este sube y baja anárquico se repita cual fenómeno inevitable es lo realmente preocupante. Porque, ¿cómo se come que en tantísimos partidos fallen cuestiones elementales en el funcionamiento del equipo y, de repente, en el peor escenario, la respuesta sea satisfactoria?

La pregunta viene a cuento del encomiable trabajo coral en la contención desplegado el sábado por los chicos de Valverde; encima, sin renunciar a picotear arriba. Hablamos de una labor ininterrumpida del 1 al 90. Si es posible hacer esto, como en su día lo fue contra los colchoneros o la tropa de Luis Enrique o el Arsenal durante una hora larga, a qué obedece entonces el descontrol y la fragilidad, taras que no se corresponden con la personalidad del equipo, pero han afeado un elevado número de sus compromisos.

Por supuesto que la poca pegada de los rojiblancos tiene una influencia directa en su trayectoria, pero debe recordarse que siendo el déficit de puntería una realidad en el curso anterior, no impidió redondear una campaña notable. El secreto radicó en el gran balance defensivo.

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El actual Athletic se ha vuelto más permeable, más accesible para los rivales, ha perdido orden, contundencia, equilibrio. A menudo tiende a dejar sus costuras al aire y se insiste en acudir a la estadística para confirmarlo: demasiados encuentros concediendo goles. Es la triste conclusión. Pero existen datos de fácil acceso que no se emplean y permiten descubrir la crisis de juego en toda su dimensión. De paso, invitan a ser prudentes de cara a lo que está por venir. Hoy, el Athletic posee 35 puntos y se dirá que entra dentro de lo normal que termine sumando esos 42 que garantizan la permanencia porque restan once jornadas. Ahora bien, con 33 puntos por disputarse y si pretende repetir en Europa, deberá apretar el paso, pues le harán falta más de 50. Y aquí surge una duda razonable si se repasa el itinerario que ha recorrido el equipo en liga.

La cosa tiene tela: 19 de los 35 puntos que acumula, más de la mitad, son el fruto de los cruces con Oviedo, Levante, Mallorca y Elche, justo el cuarteto que cierra la clasificación. Esto significa que los 16 puntos restantes que aparecen en su casillero proceden de los 19 partidos que ha jugado contra los demás participantes de la categoría, frente a los cuales la ganancia no alcanza siquiera el punto por partido. Bueno, pues en las once jornadas pendientes va a encontrarse con siete equipos que le anteceden en la tabla y los dos que le persiguen más de cerca. O espabila o acaba en tierra de nadie.