Begoña Seijo Obieta, una de las escasas últimas supervivientes del bombardeo fascista contra Gernika y los pueblos aledaños del 26 de abril de 1937, falleció el pasado lunes 22 de junio a los 91 años. El destino quiso que muriera apenas dos días antes de cumplir los 92. La coincidencia llevó a su prima Itziar Rodríguez, residente en Caracas y también superviviente de aquella tragedia, a establecer un doloroso paralelismo. «De hecho, Bego iba a cumplir 92 años dos días después, precisamente el día que sufrimos aquí el terremoto», recordaba desde Venezuela, en una jornada en la, por si fuera poco, familiares, amistades y vecinos le daban el último adiós durante el funeral oficiado en la iglesia parroquial de Andra Maria de Gernika. Es decir, su funeral coincidió con el día de su cumpleaños.
Su familia, en la villa foral donde Begoña residía, la despidió con uno de los más bellos bertsos de Xabier Lete en la popular Seaska kanta: «Jarrai zure bidetik, hobe da horrela, gauza denen gainetik, haizea bezala», una invitación a “seguir el propio camino, porque así es mejor, por encima de todas las cosas, como el viento”.
Con su fallecimiento desaparece una de las voces que aún mantenían un vínculo directo con la mayor tragedia de la historia contemporánea de Gernika-lumo. Aunque tenía solo dos años cuando las bombas de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, con el beneplácito de los militares golpistas españoles, redujeron la villa a escombros y cenizas, Begoña llevó toda su vida el peso de aquella herida. Lo hizo a través de los relatos de su familia, de los silencios compartidos y de las consecuencias que la guerra dejó impresas en varias generaciones.
Mostrar sentimientos
Hace apenas un año aceptó, por primera vez, narrar públicamente su historia en una entrevista concedida a DEIA. Quienes la conocían llevaban mucho tiempo esperando ese momento. «¡Por fin! Era importante que mi queridísima prima hablara en un periódico, que lo hiciera por primera vez. Es necesario que saque para fuera de sí lo que siente y sufrió durante el bombardeo de Gernika y la guerra. Ella, que es tremendamente nacionalista», defendía entonces Itziar Rodríguez desde la hoy temblorosa Caracas.
Lo argumentaba Begoña Seijo: «Nunca he querido contarlo a los periodistas. Yo tenía dos años y no recuerdo nada: ni el ruido de los aviones ni de las bombas ni nada», confesaba la superviviente con la serenidad de quien había convivido durante décadas con una memoria heredada más que vivida. Sin embargo, esa ausencia de recuerdos conscientes nunca la liberó del dolor. «Mis primeros recuerdos de Gernika son flashes que me vienen a la mente con todo el pueblo destruido. ¡Fue terrible, maitia! Ahora, cuando veo lo que la gente está sufriendo en Gaza o en Ucrania, pienso que nosotros anduvimos igual. Igual. Lo paso mal viendo cómo tratan los israelíes a los palestinos, por ejemplo. Para mí es una tristeza tremenda cuando llega el 26 de abril porque aquello fue una matanza como la que vivimos aquí en Gernika», afirmaba.
Había nacido el 24 de junio de 1934. Era la segunda hija del matrimonio formado por Cruz Obieta Aboitiz, ama de casa, y Teodoro Seijo Endeiza, sastre. Su padre, como varios de sus hermanos, se incorporó al batallón Olabarri de Acción Nacionalista Vasca (ANV), donde ejerció como camillero. Su abuelo Gabino Seijo fue una figura destacada de la vida económica y política de la Gernika de la época: presidente de la Cámara de Comercio y del Comité Nacional de ANV desde 1932. La guerra golpeó con dureza a toda la familia. Varios de sus miembros combatieron como gudaris, conocieron las cárceles franquistas e incluso, como ocurrió con su tío Paul Seijo Endeiza, sufrieron una condena de muerte antes de recuperar la libertad años después.
El bombardeo
El bombardeo también acabó con el patrimonio familiar. La vivienda donde había nacido quedó completamente destruida. Se levantaba en el mismo solar donde posteriormente se construiría el actual Ayuntamiento de Gernika-Lumo. Las llamas también devoraron la sastrería que Teodoro había inaugurado apenas cinco años antes en la calle Adolfo Urioste, un negocio para el que incluso había viajado a París a formarse gracias al empeño de su padre.
Aquel lunes de mercado del 26 de abril de 1937, una joven llamada Jesusa Llona cuidaba de Mila y Begoña, las dos hijas del matrimonio. Fue ella quien consiguió sacarlas de la villa en llamas rumbo a Forua, donde las esperaba su madre. «Me contaron que íbamos de árbol en árbol, que nos escondíamos entre plantas de habas cuando aparecían los cazas ametrallando. Yo no recuerdo nada. Mi madre decía que veía cómo nos acercábamos», agregaba.
La familia inició entonces un largo peregrinaje por Forua, Bermeo —San Pelaio—, Bilbao y Gordexola mientras los hombres combatían en el frente. Clavados cinco meses después del bombardeo, cuando Gernika seguía prácticamente arrasada, nació su hermana María Jesús, el 26 de septiembre de 1937, en una de las escasas casas que habían permanecido en pie, una vivienda cedida por unos amigos de la familia. «Mi madre estaba embarazada durante el bombardeo. Se habían casado solo unos meses antes», recordaba.
De aquellos años conservó también historias que explicaban mejor que cualquier tratado las secuelas invisibles de la guerra. Su tío Paul, tras pasar seis años entre las cárceles de Bilbao y Burgos, nunca volvió a dormir completamente a oscuras. «Llegamos una noche a su casa de Lekeitio y vimos la luz de la cocina encendida. Al día siguiente nos explicaron que desde que salió de la cárcel siempre dormía con esa luz prendida. ¡Hay que ver lo que hace la guerra!», contaba con una mezcla de ternura y tristeza.
"Mi bombardeo contado por primera vez"
Otra escena quedó grabada en la memoria familiar. Durante la huida, su hermana mayor enfermó de escarlatina y su madre tuvo que bajar de noche hasta el hospital de urgencia habilitado en el convento de los Agustinos para conseguir alcohol con el que intentar reducir la fiebre. Acababan de perder la casa, el negocio y prácticamente todas sus pertenencias, pero seguían aferrándose a salvar la vida de los suyos.
Con el paso del tiempo fueron un total de cuatro hermanos. Al conceder aquella entrevista solo seguían vivas ella y Marije. «Según me contó la cuidadora, yo estaba echando la siesta cuando empezó el bombardeo. Por suerte salimos todos ilesos y, mira, 88 años después sigo aquí. En junio cumplo 91 años», decía entonces. Ahora hubiera cumplido 92.
Aquella conversación fue, como ella misma la definió, «mi bombardeo contado por primera vez». No hablaba desde el resentimiento, sino desde la convicción de que el olvido nunca puede ser una respuesta frente a la barbarie.
Hoy, apenas un año después de que decidiera romper un silencio de casi nueve décadas, su voz adquiere el valor de un legado. Porque con la muerte de Begoña Seijo desaparece otra testigo de una tragedia que marcó la historia de Euskadi y de Europa, pero permanece su testimonio. Un relato construido a partir de los recuerdos heredados y del dolor compartido por toda una familia, que ya forma parte de la memoria colectiva de Gernika. Como continuaba Lete, Begoña sigue ya su camino, libre, por encima de todas las cosas, como el viento.