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La DYA: 60 años en 6 historias

"Una de las mayores dificultades de este trabajo es mantener la serenidad": Pili Martínez, una vida destinada a escuchar y gestionar

Durante décadas, miles de personas encontraron en una voz desconocida el primer apoyo en uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Esa voz era la de esta histórica operadora de la DYA

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"Una de las mayores dificultades de este trabajo es mantener la serenidad": Pili Martínez, una vida destinada a escuchar

Antes de que llegaran los móviles, las aplicaciones y los sistemas de geolocalización, las emergencias dependían de algo mucho más sencillo: una llamada y una voz al otro lado. Durante décadas, esa voz fue la de Pili Martínez. Con serenidad, experiencia y una enorme capacidad para mantener la calma cuando todo parecía desmoronarse, atendió miles de avisos desde la central de la DYA. Historias de accidentes, rescates, sustos y también tragedias que fueron conformando la trayectoria de una mujer que hizo de la ayuda a los demás una forma de entender la vida.

En todos esos años, Pili Martínez desarrolló una de esas labores discretas pero imprescindibles: estar al otro lado del teléfono cuando alguien necesitaba ayuda urgente.

“Mi historia comenzó en la clínica Usparicha, donde trabajé antes de incorporarme a la DYA a finales de los años setenta. Allí encontré una vocación que me acabaría acompañando durante prácticamente toda mi vida”, nos cuenta. Días, llamadas e historias que pasaron por unos auriculares desde los que aprendió que, en una emergencia, una voz puede ser tan importante como una ambulancia.

Al otro lado, una voz necesaria

Pili fue operadora durante algunos de los episodios más difíciles que ha vivido Euskadi. Entre ellos, las inundaciones de Bilbao o la tragedia del colegio de Ortuella. Son recuerdos que siguen presentes. "No entramos mucho en materia porque bastante pasamos en ese momento", suele decir. 

Desde la central de coordinación aprendió a interpretar el caos que suele acompañar a las primeras llamadas. “Quienes llaman a un servicio de emergencias no siempre lo hacen con calma. A veces hay nervios, miedo, desesperación e incluso enfado. Por eso una de las mayores dificultades de este trabajo es mantener la serenidad. Había que controlar los propios nervios, transmitir confianza, cercanía y familiaridad a una persona que probablemente estaba viviendo uno de los peores momentos de su vida”, rememora Pili Martínez sobre aquellas llamadas a partir de las cuales comenzaba una carrera contrarreloj.

La prioridad ha sido y es siempre la misma: conseguir la máxima información posible y hacer que la ayuda estuviera en camino cuanto antes. Para Pili, el objetivo era claro: que en apenas un minuto desde el inicio de la llamada ya hubiera recursos movilizados hacia el lugar de la emergencia.

Pero eso no significa que fuera de piedra. Al contrario. Muchas veces la emoción llegaba después. Cuando la llamada terminaba y el silencio regresaba a la central era cuando afloraba el peso de algunas historias. Porque detrás de cada aviso había personas, familias y situaciones que dejaban huella.

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Tras tantos años contestando llamadas, Pili reconoce que nunca se desconecta del todo. “Todavía hoy paso por algunas calles y recuerdo emergencias que gestioné en aquel mismo lugar. Son recuerdos que forman parte de una vida dedicada al servicio de los demás”, enfatiza con melancolía ahora ya jubilada, aunque sigue colaborando con la DYA como voluntaria.

Y es que, si hay algo que explica su trayectoria es la motivación que siempre encontró en la satisfacción de saber que estaba ayudando a alguien. Aunque fuera únicamente a través de una voz. Porque en la DYA aprendió que ayudar no siempre significa estar físicamente presente. A veces basta con escuchar, coordinar y acompañar.