Cinco años después de que la pandemia cambiara el mundo, la covid persistente sigue afectando a miles de personas. Aunque el debate público se ha desplazado, quienes conviven con esta enfermedad arrastran síntomas prolongados y cambiantes que impactan su salud física, emocional y social.
El profesor José Vicente Lafuente, al frente del grupo LaNCE-Neuropharm de la Universidad del País Vasco, estudia desde hace años condiciones de fatiga crónica y alteraciones cognitivas. Con el Covid-19, notaron pacientes con síntomas similares. “No hay consenso, y ni siquiera la definición de la enfermedad está clara”, apunta Lafuente. La falta de pruebas objetivas convierte el diagnóstico en un proceso largo y frustrante.
10% no recupera la normalidad
Se estima que un 10 % de los infectados no recupera su normalidad tras la fase aguda. Los síntomas más frecuentes incluyen fatiga, dificultad respiratoria, problemas de memoria y concentración, trastornos del sueño y dolores musculares o articulares. “La calidad de vida se deteriora hasta afectar la vida familiar, laboral y social”, advierte Lafuente. Además, el 80 % de los afectados son mujeres, con una edad media de 43 años.
El grupo participa en el proyecto estatal REICOP, que desarrolla un registro nacional de pacientes y estudia biomarcadores, factores de riesgo y herramientas para evaluar la evolución de la enfermedad. “Comprender por qué falla la memoria o la fatiga es clave para diagnosticar y atender a los pacientes”, concluye Lafuente.
Cansancio colectivo
Desde el ámbito educativo, Nahia Idoiaga, investigadora de la Facultad de Educación de Bilbao, señala cómo las enfermedades invisibles afectan el aprendizaje y la igualdad de oportunidades. “Existe un cansancio colectivo respecto al covid que hace que se perciba como algo superado”, explica. La falta de reconocimiento genera absentismo, dificultades de concentración y ansiedad entre estudiantes y docentes afectados.
La dimensión emocional también es crítica. Karmele Salaberria, profesora de Psicología Clínica de la EHU, advierte que la convivencia prolongada con síntomas sin diagnóstico genera ansiedad, depresión, problemas de sueño y dificultades cognitivas. “Escuchar, acompañar y validar el sufrimiento es fundamental”, subraya, recordando que la experiencia es similar en otras enfermedades invisibles como fibromialgia o dolor crónico.