Zure Zain no nace de una idea premeditada, sino de un sueño que se le quedó agarrado al pecho. En él, la bisabuela de Maren le decía, con una serenidad casi cotidiana, que ya no hablaban, que ella seguía allí mientras la vida avanzaba sin detenerse. Al despertar, la imagen persistió. Podía olvidarla o convertirla en canción; eligió lo segundo. Así surgió un tema íntimo y delicado, construido desde la memoria y la ausencia, que hoy ocupa un lugar central en su discografía y marca un punto de inflexión en su camino creativo.

Ese gesto resume bien la manera en que Maren ha crecido como artista. Empezó a escribir canciones siendo apenas una niña en Gernika-Lumo, a donde se trasladó a vivir desde su Gallarta natal, sin pensar en escenarios ni en carreras profesionales. Era un modo natural de ordenar lo que sentía, un lenguaje propio antes de saber que lo era. Con catorce años publicó su primer EP, Alguien Sin Vergüenza, y comenzó a ofrecer conciertos acústicos solo para compartir lo que hacía. Con el tiempo, aquella espontaneidad fue tomando forma.

El primer gran salto llegó en 2021 con Margaritas y Lavanda, un disco íntimo que abordaba el miedo, la contradicción y el paso del tiempo sin artificios. Aquellas canciones la situaron en el mapa estatal y confirmaron una voz que, pese a la juventud, hablaba desde un lugar propio. En paralelo, Begixek la llevó de vuelta al euskera, su lengua materna, que siente más visceral y poética. Y el castellano le ha servido para desarrollar un estilo distinto, mientras que el inglés formó parte de sus primeros pasos.

Pero si hay un espacio que Maren reivindica por encima de todo, es el directo. Allí es donde las canciones muestran su verdadera fuerza. El estudio le ofrece control y precisión; el escenario, riesgo y vida. En salas pequeñas puede detenerse, hablar, explicar; en festivales cambia el código, apuesta por la energía y las canciones más potentes. En ambos contextos se siente en casa, pero reconoce que tocar en Euskal Herria ha tenido un significado especial. Durante años lo vivió como una asignatura pendiente: ser de aquí y no haber encontrado todavía su lugar. Ahora siente que esa raíz está plenamente integrada en su proyecto.

Esa relación con el público ha crecido también en redes, donde conserva una comunidad amplia y respetuosa, en gran parte formada por personas que han madurado a la vez que ella. Ese acompañamiento continuo ha sido fundamental en un recorrido que empezó muy pronto: sus primeros conciertos llegaron a los trece años y, aunque confiesa que a veces el camino se le ha hecho largo, se considera afortunada por poder vivir de lo que hace. Ha habido momentos duros, pero el vínculo con quienes la escuchan y el apoyo del equipo que la rodea han sostenido un avance cada vez más consciente y estructurado.

En 2024 publicó Qué Lástima, su segundo álbum largo, que inaugura una etapa más madura y decidida. Un trabajo que refleja años de introspección y que apunta con claridad hacia el tipo de artista que quiere ser. En ese contexto aparece Zure Zain, una canción que no solo funciona como homenaje a su bisabuela Mari —fallecida a los 99 años y figura clave en su vida—, sino como síntesis de su proceso creativo reciente. Tardó años en escribirla, quizá porque algunas canciones no se fuerzan: llegan cuando tienen que llegar.

Para quien todavía no haya escuchado a Maren, Zure Zain puede ser una puerta de entrada. No porque busque grandes proclamaciones, sino porque contiene algo reconocible para cualquiera que haya sentido la distancia, el recuerdo o la necesidad de aferrarse a lo que permanece. Esa es, en definitiva, la apuesta de Maren: convertir lo íntimo en un lugar donde otros puedan verse reflejados. Si eso ocurre, dice, ya merece la pena.