El deportista de las antípodas
El neozelandés Dan Snee ha descubierto en Getxo los encantos desconocidos de Euskadi
LAS dudas le asaltaban y la incertidumbre le envolvía en la bruma de la desorientación. Se disponía a desplazarse al otro lado del planeta y ni siquiera podía agarrarse al socorrido referente del Guggenheim. "Conocía vagamente el nombre, pero nada más", confiesa. Dan Snee, neozelandés trotamundos del rugby, todavía desconocía que Getxo le depararía un destino inolvidable.
Un año y medio después de su llegada las incertidumbres se han disipado y Dan se adapta a marchas forzadas como un nuevo getxotarra. Ha pasado de no hablar ni una palabra de castellano a defenderse aceptablemente en la lengua de Cervantes y atreverse con las primeras palabras en euskera como "Zer moduz?".
Este neozelandés disfruta de su nueva residencia y se dispone a prolongarla hasta que el cuerpo aguante. El jugador, uno de los pilares del Getxo Rugby, se plantea mantenerse en el equipo siete temporadas más con 34 años, cuando la dureza de la competición aceche a su cuerpo.
Dan ha dejado atrás su plan inicial que le situaba en Francia. En su hoja de ruta Getxo era una simple escala hacia uno de las zonas de rugby de mayor prestigio europeo. "¿Cómo juegas esa liga española?", le preguntaba sorprendido su entorno. Tampoco le ayudaba su desconocimiento de la zona. "No sabía qué era Euskadi, preguntaba si era una provincia", recuerda.
Dan maldijo su suerte, la desidia de su representante a la hora de buscarle un equipo francés, y se entregó como mal menor a un contacto del pasado, Bryce Bevin, entrenador del Getxo Rugby. Cuando jugaba en Japón, el jugador contactó con su compatriota, al que conocía de una gira asiática. Y Dan se lanzó a la aventura de una tierra remota para él en compañía de su novia neozelandesa, Kate. Esta licenciada en educación física se ha buscado sus propios medios de ingreso como profesora de inglés.
Las malas sensaciones se han borrado y Dan disfruta de su nueva vida hasta el punto de renunciar al atractivo deportivo y económico de las competiciones galas. "Estoy abierto a ganar más dinero, pero me gusta la vida aquí por su gente. Estoy contento", destaca. Desde el club se ha hecho un esfuerzo importante para mantener al trío de neozelandeses que forman la columna vertebral del equipo.
Durante la temporada, su ficha mensual se eleva a 2.000 euros incluyendo el coche y el apartamento. En verano, el jugador sigue los pasos de su pareja e imparte clases de inglés en las escuelas de idiomas locales. "Es una oportunidad porque mucha gente quiere aprender", señala.
Euskadi parecida a Nueva Zelanda Este deportista percibe un cierto paralelismo entre Euskadi y Nueva Zelanda por su paisaje verde y montañoso y el origen milenario de sus poblaciones autóctonas. "El pueblo vasco me recuerda a los maorís por su gran historia", resalta.
A favor de Euskadi destaca su privilegiada ubicación al norte de la península, algo nada desdeñable para un país tan aislado como Nueva Zelanda. "En avión solo nos queda cerca Australia. Para el resto de Asia tenemos un vuelo de 10 horas", señala.
El neozelandés ha hecho de anfitrión en las visitas de familiares y amigos, que ya no se extrañan de su elección. "Cuando vienen se dan cuenta por qué nos divertimos tanto", desvela. Este deportista se integra con satisfacción en Getxo por su belleza por enclaves con tanto encanto como el faro.
"Bilbao no me gusta tanto. Todo lo que necesito lo tengo en Getxo", apunta. No obstante, su estancia en nuestra tierra le ha permitido degustar tradiciones sorprendentes, como Santo Tomás, y saborear los encantos de la mesa vasca. "Me encantan los chipirones en su tinta y la tortilla está genial. Me extraña ver que la gente conserva su línea con lo ricos que están los pintxos", destaca.
Dan lleva una vida tranquila en sintonía con la imagen de chico santo que proyecta. Este jugador disfruta de la fortaleza necesaria para competir en el rugby con una constitución de 94 kilos de puro músculo. Por encima de las características físicas, encaja como un guante en los valores del rugby en los que prevalece la integridad de las personas.
Él mismo relata la esencia de este pariente del fútbol con la síntesis de este deporte grabado a fuego a modo de mandato para sus practicantes: "Es un juego de pendencieros jugado como caballeros". Dan ha crecido en la cultura del rugby como cualquier otro niño de su generación en Nueva Zelanda que a los 2 años tenían un balón ovalado por peluche.
Por este motivo, valora el interés colectivo frente al triunfo individual. "Puedes ser el mejor jugador del mundo, pero sin valores no eres nada porque no puedes jugar solo", apunta. En Nueva Zelanda, sus equipos iban mucho más lejos del grupo de jugadores para convertirse en familias. "Éramos hermanos, vivíamos juntos y ganábamos", recuerda.
Ahora quiere transmitir en Getxo estas esencias en los talleres de rugby que imparte en los centros escolares y en las sesiones de entrenamiento al frente del equipo juvenil del club. "Es la primera vez que entreno, algo que siempre he querido hacer", señala. Dan se muestra esperanzado con el desarrollo del club que basa su futuro en la cantera. "Es un momento excitante para formar parte de este club", destaca.