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Presidenta de la fundación R.F. Kennedy: “Hay que acompañar más y criticar menos a la gente joven”

María Díaz de la Cebosa defiende en Bilbao una formación humanista frente a la polarización y la inteligencia artificial

Presidenta de la fundación R.F. Kennedy: “Hay que acompañar más y criticar menos a la gente joven”Pankra Nieto

Antes de la gala de los premios Bilbao Balioen Hiria, María Díaz de la Cebosa conversa con DEIA sobre educación, empatía y el papel de los jóvenes en una sociedad cada vez más acelerada.

La Fundación Robert F. Kennedy Human Rights Spain se incorpora este año a los premios. ¿Qué buscaban aportar a esta convocatoria?

–La colaboración surge a raíz del Alfiler de Oro que recibí de la Asociación Mujer Siglo XXI. Allí tuve la oportunidad de conocer al alcalde Juan Mari Aburto y empezamos a hablar. También vino Kerry Kennedy, la séptima hija de Robert Kennedy, para apoyar el trabajo que estábamos desarrollando.

Es una convocatoria que el Ayuntamiento lleva impulsando desde hace años y este año nosotros hemos querido aportar otro perfil al premio, con una mirada más internacional.

La convocatoria convierte a jóvenes de entre 14 y 30 años en narradores de historias ligadas a los derechos humanos. ¿Qué les han transmitido las obras presentadas?

–No puedo entrar en detalles, pero sí puedo decir que estamos impactados. Estamos contentos y muy orgullosos del nivel humano que hemos encontrado en los trabajos presentados. La gente joven detecta perfectamente lo auténtico y lo que no lo es.

A menudo se habla de una juventud desconectada o superficial. Sin embargo, usted transmite una visión muy distinta.

Totalmente. Habrá futuros Mandelas, futuras Malalas y muchísima gente maravillosa que ya está ayudando a transformar la sociedad. Y no siempre desde grandes movimientos. A veces es un chico joven que ayuda en su barrio o que se implica con las personas de su entorno. Tengo mucha esperanza puesta en ellos. Creo sinceramente que son quienes van a ayudar a que las cosas cambien para bien.

La relación entre Deusto y la familia Kennedy se mantiene viva décadas después. ¿Qué representa para ustedes ese vínculo?

–Es una historia muy bonita y muy emocionante. La Universidad de Deusto tiene una vinculación histórica con la familia Kennedy. En su día, Edward Kennedy donó un amplio lote de libros en agradecimiento por haber puesto el nombre de su hermano a una sección de la Biblioteca de la Universidad.

Además, existe una memoria muy importante de esa relación: los telegramas de pésame enviados desde Deusto o el funeral celebrado en la capilla. Hay una historia compartida muy profunda.

¿Qué vigencia conserva hoy el legado de la familia Kennedy?

–Representa compromiso social, libertad y empatía. Hay que recordar el contexto en el que comenzaron: una época de polarización y separación racial. Y aun así apostaron por la apertura, por la lucha y por dedicar sus vidas a determinadas causas. Ese legado sigue siendo muy necesario hoy.

Su trayectoria ha estado profundamente ligada a la educación. ¿Dónde sitúa hoy el principal reto educativo?

Para mí la educación siempre ha sido vocacional. Creo profundamente que es lo que realmente puede cambiar vidas.

Es, sin duda, la columna vertebral de cualquier país. Sin educación no hay desarrollo. Con el tiempo entendí que no bastaba solo con lo académico. Había que trabajar también desde la vivencia y desde una formación más integral del estudiante. Por eso, creamos distintas organizaciones dentro de la universidad (CIS University), entre ellas Cruzada por los Niños. El primer proyecto fue en los Balcanes.

La juventud actual crece entre algoritmos e inteligencia artificial. ¿Cómo observa ese escenario?

–Creo que no solo los jóvenes; todos estamos desconcertados. Vivimos una auténtica avalancha de información y con la inteligencia artificial todavía más. Pero precisamente por eso creo que hay que acompañar más y criticar menos a la gente joven. 

También ha advertido sobre el impacto del entorno digital en la salud mental y las relaciones humanas.

Nuestra generación podía tener problemas o incluso bullying, pero cuando llegabas a casa estabas a salvo. Hoy eso ya no existe. Con las redes sociales nunca estás a salvo. Y eso genera una carga constante que afecta muchísimo.

Además, el teléfono móvil se ha convertido casi en una tercera mano. Lo dejamos entrar en todo, incluso en los espacios más importantes de nuestra vida. Y eso nos está enfermando.

En un contexto tan dominado por la tecnología, ¿puede sobrevivir el humanismo?

–Sí, absolutamente. De hecho, cuando aparece el extremo del algoritmo, reaparece también el humanismo. El ser humano vuelve a reivindicar su espacio. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria para la investigación. El problema aparece cuando se confunden los límites. Por eso es tan importante educar desde edades tempranas: enseñar que la IA es una herramienta útil, pero sin perder nunca la capacidad crítica.

También alerta del riesgo de banalizar el discurso de los derechos humanos.

–El problema aparece cuando se utilizan como marketing. Detrás de cada artículo de los derechos humanos hay sufrimiento, guerras, sangre y sacrificio. Ningún derecho surgió de la nada. Y muchas veces olvidamos también que esos derechos implican obligaciones.

Puede existir cierta fatiga cuando algunas instituciones utilizan el lenguaje de los derechos humanos sin coherencia real. Pero cuando los jóvenes entienden lo que significan de verdad, conectan profundamente con ellos.

Vivimos un momento de fuerte polarización política y social. ¿Le preocupa?

–Los discursos políticos han sido muy polarizados durante los últimos años.

Pero creo que empieza a surgir una preocupación real sobre el rumbo que estamos tomando. Hay que parar, reflexionar y entender que no todo vale para conseguir votos. A corto plazo no creo que esa tensión desaparezca, pero sí pienso que estamos entrando en un cambio importante.

Después de décadas trabajando en educación y derechos humanos, ¿sigue teniendo esperanza?

–Toda. Cada persona es una esperanza. Y por eso sigo creyendo que lo más importante es la educación y la formación en derechos humanos.