Fue a la medianoche de aquel 5 de octubre de 2021 cuando la vida cambió para los familiares de J.I.M., quien no había respondido ni a llamadas ni a mensajes. Y eso que todos los días, entre las nueve y las diez de la noche, conversaba con su madre, C.M.M.. Lo hacía también por la mañana. Con ella y con amistades. Fue ella, preocupada, quién alertó a su hija, A.I.G.M. de que “algo no iba bien”. Se dieron un tiempo. Podía estar cenando, en el teatro… Pero a medianoche, ante la persistencia del silencio, decidieron acudir al piso en la calle Gabriel Aresti, en Bilbao. Primero llamaron al timbre. Con insistencia. Y tras otra tensa espera, se lanzaron a abrir.
La puerta no tenía el pestillo de seguridad. Estaba cerrada de golpe. Y dentro, las luces encendidas… Volvieron a cerrar. Esa primera reacción, de prevención y respeto a la intimidad, se fue transformando en inquietud y ansiedad cuando nadie respondía a las llamadas. Finalmente, el hijo de A.I.G.M. -que acompañó a su madre y abuela dado el estado de nerviosismo de ambas- accedió al interior. Vio unos pies descalzos y a su tío en el tresillo. Sin vida. Salió al rellano, comunicó la trágica noticia y avisaron a Emergencias.
Una patrulla de Seguridad Ciudadana y una ambulancia se personaron en el lugar. Ellos, los familiares, esperaron en la cocina. Aquella primera inspección ocular derivó en un informe fotográfico de los agentes de la Ertzaintza. Sin embargo, el médico que acudió al aviso comunicó que no se atrevía a certificar las causas de la muerte, según ha declarado un agente presente aquel día. Acto seguido se activó el protocolo para que un médico forense y la Unidad Científica se acercaran hasta el domicilio de J.I.M.. Eran alrededor de las dos de la madrugada.
Y una denuncia en octubre
Los acontecimientos que siguieron a esta reconstrucción de los hechos volvieron a poner en estado de alerta a las familias. Detectaron dos transferencias por importe de 3.000 euros realizadas desde el teléfono de J.I.M. pocos minutos después de la hora de fallecimiento determinada por la autopsia. A las 21.00 la primera y a las 21.02 la segunda. A un destinatario al que no conocían y que tampoco aparecía en los extractos bancarios del último año.
Ese mismo mes de octubre interpusieron la primera denuncia. “Para nosotros no era muerte natural”, ha resumido su sobrina, A.I.G.M. durante la segunda sesión del juicio que se sigue contra N.D.M.B., acusado de la muerte de J.I.M.. Fue en abril cuando recibieron una llamada telefónica de la Ertzaintza para informales que la muerte de su tío podría estar relacionada con “otras muertes de la misma índole”. “Si se hubiera actuado desde el primer momento igual se hubieran librado otras víctimas”, ha lamentado la mujer.
Su testimonio no ha sido el único que se ha podido escuchar en la sala de vistas número 3 de la Audiencia de Bizkaia. Una decena de personas -allegados y amigos del fallecido, agentes de la Ertzaintza y la ex pareja sentimental del acusado- han respondido a las preguntas de las partes para tratar de esclarecer lo ocurrido: siempre echaba los dos cerrojos, empleaba la aplicación Wapo -y otras- para contactar con otros hombres, había dejado las llaves a algún amigo al que se las quitó tras un enfado, una última analítica correcta -a pesar de las comidas preparadas- y su carácter sociable y familiar salieron a colación durante los interrogatorios practicados.
Ni rastro de los tres 'pelaos'
Casi al final de la sesión ha declarado A.S.E., quien por aquella época mantenía una relación sentimental a distancia (vivía en Murcia) con N.D.M.B.. Ha dicho que su expareja también era muy sociable. “Hacía amigos donde iba”, ha resumido. Sin embargo, no recuerda haber oído hablar de los tres ‘pelaos’ -Marachucho, Anthony y JJ- con los que el acusado tenía, presuntamente, tratos fuera de la ley como ‘tarjetero’, tal y como N.D.M.B. ha mantenido en este y en los dos casos previos por delitos contra la vida y por los que ha sido condenado a 38 años de cárcel. “Yo no tengo palabras malas para él”, ha rematado la joven.