Un 3-2 en un escenario tan ingrato como el Metropolitano resulta casi un consuelo. No siendo un desenlace positivo, se puede hasta tomar como aceptable dado que nadie se acuerda de la última vez en que el Athletic ganó allí en liga. Caer con un marcador ajustado al máximo y tras haber marcado dos goles sugiere un partido duro, equilibrado, emocionante. Y sí, fue todo eso, fue peleado, hubo alternativas, pero emoción pues, la verdad, es que no demasiada. Y calidad… Desde la óptica del Athletic lo de anoche deja el mismo regusto amargo que la inmensa mayoría de los desplazamientos. La diferencia respecto a los más recientes estuvo en que lo mejor se vio en el primer tiempo, período que suele ir directamente a la basura, y el apagón de luces vino en el segundo, cuando solo reinó la mediocridad. Simón fue fusilado dos veces en un santiamén, el valor del gol previo de Paredes quedó invalidado y en adelante asomó la clásica impotencia que suele ambientar los espectáculos lejos de casa.

Todo, lo propio y lo ajeno, se desarrolló en un tono gris. Defraudaron los equipos como colectivos y en el plano individual fueron minoría los que eludieron el suspenso. Con todo, el Athletic dispuso de una magnífica oportunidad para dar una alegría a su gente. Fue superior durante una parte, cobró ventaja y retrató las debilidades de un Atlético al que la campaña se le está haciendo larguísima. De antemano era impensable que pudiese verse a los de Ernesto Valverde cargando con el peso y el control de la batalla y retirándose al descanso sin un rasguño y con un gol como un sol. En efecto, no estaba previsto semejante guion y el sueño no tardó en desvanecerse.

Del intermedio salió otro Atlético, espoleado por el orgullo se supone y las ganas de agradar a su gente. No necesitó virguerías, se quedó con el balón, percutió y enfrente nadie replicó, hubo un repliegue exagerado y ninguno entró en contacto con el cuero hasta que Simón tuvo que recogerlo en dos ocasiones de su red. Los que antes fueron protagonistas desaparecieron de escena, lo hecho previamente pasó al olvido, el Athletic no volvió a levantar cabeza y fin de la historia. Fue algo así como un amago que no dio de sí para sacar algo en limpio. Otra ración de quiero y no puedo, la enésima.

Once con novedades

Todo apuntaba a un encuentro muy distinto. De entrada, nítida declaración de intenciones de Simeone, llevando la contraria a quienes esperaban una formación de circunstancias porque el miércoles afronta la ida de la semifinal de Champions. Quería asegurar una victoria en su estadio antes de recibir al Arsenal, recuperar sensaciones y enganchar a una afición que en las últimas semanas ha acumulado excesivos reveses, final de Copa incluida. Salvo Julián Álvarez y el tocado Lookman, eligió un once con la vitola de titular para recibir a un Athletic con varias novedades, sin el sancionado Jauregizar y gente como Laporte, Yeray, Sancet o Berenguer en el banquillo.

Bueno, pues deseo y realidad no fueron de la mano para el técnico local. Su equipo estuvo horroroso, algo que el Athletic, con un planteamiento prudente y una correcta actitud, rentabilizó. El partido arrancó monótono, previsible, nadie salvo Galarreta estuvo inspirado. Ritmo bajo, con ambos bloques replegándose para defender, nada de morder arriba, nada de presionar la salida ajena. Así les fue mejor a los de Valverde, que bien ordenados y agresivos en los duelos provocaban muchos errores, recuperaban rápido, incluso en situación propicia para contragolpear. 

Primer tiempo insulso

Dos datos para entender lo que dio de sí el primer acto: Griezmann ni la tocó y Unai Simón solo intervino en un par de lances, uno para palmear hacia atrás un córner que acabó despejando Gorosabel, de nuevo destacado, y otro en que embolsó fácilmente lo que parecía un prometedor cabezazo de Sorloth. Por lo demás ejerció de espectador, algo no aplicable a Oblak, quien en el segundo minuto tuvo que desviar un empalme a bocajarro de Guruzeta, a centro de Galarreta, con la zaga estática. El gol de Paredes fue otro ejemplo de parsimonia, el goleador se anticipó a Lenglet, Llorente y Pubill para estampar la pelota en la red a la salida de un córner del director de las maniobras del Athletic.

Pese al suministro de Galarreta, con inteligentes apoyos de Guruzeta, que se descolgaba, mientras Unai trataba de explotar los espacios, tampoco la producción en ataque fue para echar cohetes. La aportación de los Williams fue casi nula. Hasta el punto de que luego, cuando tocaba ir a por la remontada fueron suplidos. Significativo. Sin embargo, lo importante radicó en que el Athletic funcionó bastante correctamente para lo que ha venido haciendo a domicilio y se impuso como bloque al adversario en cada faceta del juego.

Minutos finales

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No fue necesario alarde alguno, bastó con mantener la seriedad en lo más básico de este juego, de ahí que sea más incomprensible todavía el súbito desinflamiento del equipo. Se parapetó cerca del área y permitió que el Atlético se creciese, que surgiese de la nada Griezmann, que Baena se erigiese en el asistente ideal. Los dos goles en un lapso de cinco minutos, casi calcados en su culminación, no en su génesis, pues el segundo nació en un robo a Galarreta y una contra de cinco contra tres defensores.

Los colchoneros acusaron la lesión de Barrios y los entrenadores tiraron el banquillo por la ventana: en siete minutos, nueve sustituciones. Trató el Athletic de volver a la dinámica del comienzo y abrió una serie de remates, a cada cual más inofensivo, salvo uno de Guruzeta que lamió la madera. Oblak no hizo una sola parada, tampoco Simón amenazado de nuevo por Sorloth. En el añadido, el noruego se coronó con una carrera en perpendicular a pase de Molina, con el Athletic al garete. Tercer golpe al hígado y fin a cualquier esperanza, si es que alguien la albergaba para entonces. El gol de Guruzeta fue el preludio del pitido final del árbitro.