Una temporada como esta se hace larga, las decepciones pesan en el ánimo. Por lógica y por necesidad, se intenta detectar y señalar las claves del bajón del equipo, de su imagen, resultados y estadísticas. Una rutina desagradable, máxime siendo de signo opuesto los balances previos (2023-24 y 2024-25). El Athletic había devuelto la alegría a su gente con un fútbol eficaz, convincente, se expresaba como un grupo muy competitivo y de ello se valió para ganar una Copa que no había catado en cuatro décadas y dos billetes a Europa tras seis años sin hacerlo. A falta de siete fechas para finalizar la temporada, el Athletic no ha asegurado la permanencia. Además de incredulidad y enfado, de toda la gama de sensaciones propias de una crisis, en la calle se palpa inquietud. Y nervios en una plantilla no muy distinta de la que tan buenos resultados brindaba.
De hecho, en septiembre, los rectores del club transmitían sus buenas expectativas. Ni siquiera dieron excesivo valor a las bajas de larga duración que ya se conocían: Yeray, Prados y Egiluz. No pasaba nada, se sumaban a la causa Laporte, Areso y Navarro, y volvía Padilla para subsanar la cesión de Agirrezabala. “En el mercado ha habido más movimientos de lo habitual, señal de que la salud del Athletic es buena. Estamos muy satisfechos con la plantilla, se ha revalorizado. Es larga, son 27 jugadores y además está el Bilbao Athletic”. Tal fue el criterio expuesto por Mikel González, con el asentimiento de Jon Uriarte.
En febrero, el presidente soltó que el objetivo prioritario no era otro que sumar 42 puntos cuanto antes. El temor había penetrado en la entidad. A mediados de abril, dicha meta sigue pendiente, el Athletic posee 38 puntos, ha ganado una de sus últimas cinco citas y mira con recelo al derbi con Osasuna. Sin embargo, hace un mes en Montilivi, González tuvo a bien afirmar: “Estamos a tiempo de hacer un gran año”. Se quedó tan ancho.
Dos horas más tarde, el Athletic dejaba Girona con las orejas gachas, vapuleado (3-0). Defraudó a la afición que una semana antes asistió a una dura batalla con el Barça. El enésimo espejismo. La esperanza descendía a cotas mínimas, al igual que tras caer ante Getafe y Villarreal o tras la tristísima semifinal copera contra la Real, sin hacerle ni un rasguño. “Gran año”.
A todo esto, Valverde anunciaba su adiós a mediados de marzo y eso que González acababa de decir que se reunirían en breve para tratar su contrato, que estaban tranquilos gracias a su excelente sintonía con el técnico. Visto este último exponente de confianza mutua, la cuestión estribaría en establecer la fecha de vencimiento de semejante clima de complicidad.
No es fácil situar el origen del distanciamiento. Viendo el proceso con perspectiva, todo apunta a que Valverde no midió bien al rubricar su tercera renovación y ello le habría impedido hacer su trabajo con el talante preciso, el que aplicó para extraer el máximo jugo de los jugadores. ¿Cansancio? Es probable, son cuatro años, pero cómo obviar que el club ha acertado muy poco en las gestiones destinadas a apuntalar el equipo y en otras que afectan a piezas, en teoría, de mucho peso específico en el equipo.
Podría aludirse a varios casos que explican la paulatina merma del potencial del grupo mientras se vendía justo lo contrario. El ejemplo más obvio sería Djaló: costó 20 kilos, tal como el jugador afirmó al declarar que volvería para demostrar que vale lo que pagaron por él. Completó un rotundo fracaso en su año de estreno y se le buscó una salida urgente y lejos, a Catar, una liga de nivel bajo donde tampoco ha lucido (dos goles y dos pases de gol).
Djaló vuelve en julio a Lezama. Qué será de él constituye una incógnita, pero fue reclutado en su día básicamente por la amenaza que representaba el incierto destino de Nico Williams. No parece que vaya a funcionar como relevo de este, pero ya tiene tela que fuese cedido a sabiendas de que Nico tenía el pubis afectado y que, como se ha visto, no está apto para dar la talla ni por asomo. Eso sí, no se opera porque “podría perder velocidad”, según González, pero cobra una ficha prohibitiva y ha pasado el año de tratamiento en tratamiento.
Cierto que en verano vino Navarro, opción para tres puestos. Pese a su irregularidad, es el segundo mejor rematador y ha contado menos que Nico y mucho menos que Iñaki, Sancet o Berenguer. El motivo lo conoce Valverde, que ha insistido con sus preferidos sin importar que no aportasen ni la mitad de lo que deberían. Y conste que Berenguer ha jugado por demás con un dedo en mal estado e infiltrado. Navarro, otro refuerzo que no le transmite.
Dónde queda la conexión entre el responsable del fútbol y Valverde, dónde cuando este ha de esperar a finales de septiembre para poner y con prisas a Laporte, que no estaba en la mejor condición física (luego se lesionó), y negocia con solo dos centrales los cinco primeros partidos del año. Menos mal que lo de Yeray estaba cantado desde principios de verano y que Egiluz cayó en plena pretemporada.
Dónde cuando se confirma una lesión de rodilla de Prados, de la que hubo indicios con antelación, y su baja, única en la media, genera un gravísimo déficit en el equilibrio defensa-ataque del equipo. “Hay diferentes opciones en la plantilla y en el filial hasta enero”, soltó González, “en enero ya veremos, pero no queremos interrumpir procesos de crecimiento de los cedidos”. Estupendo: Jauregizar reventado, Galarreta apurado para sumar más de una hora, Rego como parche y Vesga aparcado, mientras Gerenabarrena y Canales triunfan en Segunda y nadie sube del filial. Lo de Selton fueron dos rabonas. Más cosas: Adama, como Rego, apenas ejerce cuando es obligado; Maroan no ha dado visos de tener el nivel; y lo de Areso, pues qué decir, doce millones y seis años de contrato. Demasiados frentes abiertos para cosa buena.