El Athletic vuelve a protagonizar un chasco
Salvo un rato en la segunda mitad, el Girona fue superior y lo plasmó con tres goles sin respuesta de los rojiblancos, para mayor escarnio el primero a cargo de Hugo Rincón
Esta nueva derrota constituye la enésima prueba de que no merece la pena esperar que el Athletic vaya a remontar el vuelo y compense, en una medida satisfactoria, una temporada ciertamente pobre. El margen que le queda para recuperar las señas de identidad extraviadas allá por el inicio del curso es reducido; restan una decena de jornadas y continúa sin emitir señales que inviten a creer o confiar en sus posibilidades. En teoría, sobre todo para los optimistas irredentos, especie que abunda en el entorno del club, así como en su seno, era la de este sábado una gran oportunidad. Un momento ideal para ir apuntalando la candidatura europea a costa del Girona justo tras haber tuteado al Barcelona. Pero sucedió lo que tantas veces: salieron a relucir las debilidades, la ausencia de un patrón de juego consistente e hincó la rodilla frente a un adversario mucho más asequible que el líder. Lo peor fue que, además de soportar la impotencia para discutir los puntos en juego, la tarde acabó desembocando en goleada.
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Resultó complicada la digestión de un partido donde solo a ratos, ya en la segunda mitad, asomó un Athletic incisivo, que puso a trabajar a Gazzaniga y opositó a neutralizar la ventaja local en el marcador. El problema radica en la nula fiabilidad del bloque para gestionar un partido completo. Dio igual que Ernesto Valverde pudiese alinear a un once casi de gala porque, en sintonía con una versión convertida en moneda de uso corriente, compareció un grupo frágil, en absoluto compacto en tareas defensivas e inofensivo con pelota. En síntesis, anodino, sin jerarquía para explotar las deficiencias ajenas, con un repertorio a menudo desesperante.
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Montilivi, tierra hostil
Aparte de perder casi siempre allí, parece que Montilivi es un destino propicio para que ocurran cosas raras. Esta vez lo que le sentó como un tiro al Athletic no fue el desperdicio de penaltis; no, este sábado el factor desestabilizador llevó impreso el nombre de Hugo Rincón. El lateral derecho cedido al Girona para hacerle hueco en la plantilla a Jesús Areso, previo abono de doce millones a Osasuna y un asiduo en la pizarra de Míchel, fue el encargado de poner el primer clavo en la tumba del Athletic. A modo de mal augurio, ese tanto no dejó de flotar en el ambiente hasta la misma conclusión.
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El encuentro apenas había comenzado y el cuadro local armó un avance limpio, que incluyó media docena de pases, el último de Tsygankov, una apertura a banda a un espacio vacío donde irrumpió Rincón para empalmar con el empeine un remate cruzado, raso, imposible para Simón. Con ser negativa la acción en sí misma para los intereses de un Athletic sorprendido, lo peor con diferencia fue que no provocó reacción alguna entre los de Valverde. Tras el saque de centro, durante un rato, pudo el Girona continuar con su fútbol de toquecitos con apoyos cercanos para ir avanzando metros y poner en evidencia a un rival sonado o indolente, ya no es fácil catalogar este tipo de observaciones. La cosa es que no se apreciaron señales de inconformismo, su famosa presión ni asomaba.
Falta de verticalidad
Consumido un cuarto de hora, por fin la pelota entró en el área catalana, Iñaki Williams buscó postura para rematar y Blind, lento pero seguro, se le fue encima para impedirlo. El ariete ni siquiera llegó a rematar en la única ocasión en que asomó. No obstante, la novedad pareció tener un influjo beneficioso y se asistió a una fase de iniciativa visitante. Nada inquietante para el Girona, que se replegaba en su terreno y con eso le bastaba para eludir apuros. El Athletic mostró una falta de intención y verticalidad alarmante, fue un grupo inofensivo, un chollo para un adversario que tampoco se distingue por su nervio y poderío en las disputas, pero es que no le hizo falta emplear ese tipo de armas para que el tiempo discurriese a su gusto.
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Y claro, cuando un equipo no genera nada de fuste, el de enfrente resurge. Más combinaciones del anfitrión, sin profundidad, pero demostrativas de la pobreza de argumentos del bando que iba rezagado en el marcador. El citado Blind y Witsel, dos viejas glorias, dinamizaban saliendo de atrás sin obstáculos y el tiempo iba pasando, con Gazzaniga ejerciendo de espectador desde la distancia. Simón impidió el 2-0 de Vanat en el 40. Valverde estaba obligado a remover algo y retiró a Navarro, que no había rascado bola, y a Gorosabel; el capitán se escoró a la banda derecha, mejor para él. Y puso el primer servicio con picante en el área de la reanudación.
El Athletic rozó el empate
Fue como toque de corneta: el Athletic estuvo en otra onda, más agresivo, ganaba la posesión con celeridad y se proyectaba en ataque. Guruzeta, a bocajarro, acarició el empate enseguida, y luego fue Laporte quien dispuso de un mano a mano con el portero argentino, pero este solucionó ambos lances con enorme acierto. En medio, un par de chuts lejanos de Ounahi, quien ya armó el taco a su paso por San Mamés. Pero la pelea era de otro signo, la insistencia le había otorgado el mando al Athletic y Guruzeta, de cabeza, no tardó en forzar al máximo a Gazzaniga.
Se mascaba el empate cuando Míchel refrescó su bloque y acertó de pleno. El Girona dejó de sufrir y de repente montó una contra culminada por Ounahi, el lanzador de la jugada, y después de que Simón frenase a Echeverri y este con una chilena asistiese al marroquí. Visto para sentencia. Delante de la portería Tsygankov malgastó un despeje horrible de Areso y poco después Echeverri se benefició de un inteligente pase del ucranio en el área. La pasividad de los zagueros en ambos goles fue sintomática. El Athletic estaba desbordado. Antes logró despertar e incordió durante un rato, quizás entonces mereció un premio parcial, pero en el cómputo global del encuentro quedó muy por debajo del Girona.
